¿Habría que ahorcar a los arquitectos?

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En los años ochenta,  el presidente francés François Mitterand comisionó el diseño y la construcción de los “Grandes Proyectos Parisinos”. Más de una docena de construcciones faraónicas tenían como propósito albergar a la cultura de élite y a la administración pública de alto nivel. Al igual que sus predecesores, quienes dotaron a la capital francesa de una construcción emblemática, Mitterand aprovechó su reelección (catorce años en total) para dotar al país galo de íconos arquitectónicos que le otorgarían un renombre internacional al entonces obsoleto diseño francés. Desde entonces, la arquitectura ha sido tema de interés de los ciudadanos así como de la prensa popular. Si bien los franceses carecen en su educación básica de una iniciación a la arquitectura –en detrimento de una fuerte formación literaria o pictórica- , los ciudadanos aprovechan cada oportunidad para manifestar su punto de vista. La combinación del desconocimiento del mundo de la arquitectura y de las corrientes estéticas, y de la ignorancia en cuestiones formales, no ha contribuido a la buena percepción del oficio. El arquitecto es, según el ciudadano promedio, el culpable de todos los males de la ciudad actual. En el imaginario colectivo, el arquitecto es un ser arrogante, un artista incomprendido que traiciona a los ciudadanos en su ética profesional al estrechar sus relaciones con los políticos y los hombres al poder.

 

Para este ciudadano promedio es natural odiar a la arquitectura moderna y todo lo que deriva de ella a nivel urbano. Existen razones de peso para justificar los insultos personales y los juicios subjetivos a los que se ven confrontados los arquitectos  y sus construcciones. En su libro “¿ Hay que ahorcar a los arquitectos ?”, publicado en 2001 y reeditado a fines del 2011, Philippe Trétiack hace una disección del universo de la arquitectura, de la construcción y de su estrecha relación con la política local. Cabe mencionar que nada de lo que menciona a lo largo de las doscientas páginas de su manifiesto ha cambiado en una década.

 

Trétiack se expresó con declaraciones incendiarias. Tomó partido del ciudadano al hacer mofa de los edificios emblemáticos que se han realizado a lo largo de las décadas de los ochenta y noventa, tanto en París como en las principales ciudades de Francia. En un tono arrogante y pretencioso, con la autoridad del arquitecto, urbanista, crítico y cronista que ha sido desde hace más de veinte años para la prensa, tanto popular como especializada, Trétiack no escatimó en nombres de proyectos malogrados y de sus autores de renombre internacional. En un tono provocativo, no hizo concesiones para el clan al que pertenece y el cual siempre lo disuadió de publicar las fracturas, la hipocresía, la corrupción y las fallas del oficio. 

 

A lo largo de su manifiesto a favor de una arquitectura más honesta, Trétiack manipula al lector con sus argumentos hasta tornar las burlas en alabanzas. Caricaturizó los proyectos, admiró la osadía y finalmente, halagó el talento de un reducido grupo de arquitectos, excelentes representantes de la originalidad gala. Realizó un catálogo de “estrellas de la arquitectura” y los dotó de etiquetas para entonces jactarse de la riqueza y de la variedad de estilos y corrientes que hay en su país. La casta de celebridades a la que hace referencia nada tiene que ver con el común de los arquitectos franceses quienes, frustrados de no construir lo que quisieran, desfiguran la calidad de la producción nacional. 

 

Son ellos quienes, sometidos a una serie de leyes imprecisas desde 1977, luchan contra los ingenieros y las constructoras que diseñan y siguen la obra sin necesidad de contratar a un arquitecto. Son ellos quienes aceptan las decisiones que les ha impuesto el Estado, las empresas que cotizaron el mejor y más bajo costo, y las asociaciones de barrio que no carecen de opiniones viscerales. La descentralización (política y cultural) aplicada de forma aleatoria, el estilo arquitectónico Estatal repetitivo y el sector privado irresponsable de la calidad de sus obras son las causas nacionales que impiden una producción sana y constante. A la cabeza de este engranaje nocivo se ubican los concursos : Magníficos proyectos que nunca se construyen por falta de presupuesto, por cambio de partido político o por favoritismo a otro clan arquitectónico. La intrusión política dentro de los debates arquitectónicos, caracterizada por el uso y abuso de privilegios ancestrales de los políticos de mayor rango, es una permanente llaga abierta.

 

En un país en el que la educación y formación arquitectónica sostiene la igualdad socialista pero conserva en todo su sistema rasgos de monarquía, el oficio tiene tintes de contradicción. Desde los locales obsoletos de las escuelas de arquitectura, carentes de presupuesto estatal, y desde las instituciones abiertas al público que funcionan como vitrinas Estatales, la buena arquitectura francesa es un oximorôn. (La Ciudad de la Arquitectura y del Patrimonio , que ha absorbido entre sus muros a otras instituciones,  el Pabellón del Arsenal, que permanece como un satélite indispensable, y un par de galerías son las referencias para todo el país galo).

 

En 2001, Trétiack tenía treinta años. Con el imparable dinamismo del disidente escribió éste, su primer libro de arquitectura, digno manifiesto de resistencia en contra de un oficio anquilosado. Pero en el epílogo de la edición del 2011, el autor se expresa con decepción al constatar que la cadena de disfuncionamientos no ha cambiado en absoluto. El humor negro de los primeros capítulos desaparece para dejar el lugar al sarcasmo y al cinismo exacerbados. La ironía de un oficio que era teórico en la década de los sesenta es que la moda es quien ha jalado a la arquitectura hacia la industria del lujo. Trabajar con ella fue necesario para alcanzar el éxito en la década pasada (Zaha Hadid y su reciente Mobile Art o “Pabellón Chanel” lo comprueban, así como la estrecha relación entre Rem Koolhaas y Prada). 

 

Para que la relación entre Francia y su arquitectura cambien, se requieren modificaciones radicales : reconciliar la tecnología con la cultura, replantear la educación básica y superior, cesar las batallas entre ministerios y reformular las normas de distribución del proyecto entre arquitectos/ingenieros/constructores. ¿ Les suena familiar? Así pues, antes de ahorcar a los arquitectos, podemos informarnos sobre el devenir de nuestras ciudades, continuar el debate y exigir la participación democrática en cada uno de los proyectos que incumba a nuestra ciudad. 

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