Contra la arquitectura

Contra la arquitectura

Publicado en Italia en 2008, “Contro l’Archittetura”, escrito por Franco La Cecla - colaborador del arquitecto Renzo Piano-, es un conjunto de siete ensayos sobre el oficio del arquitecto y sus consecuencias en la ciudad. Expone las aberraciones de un medio que conoce a la perfección y las razones por las que considera que la profesión no puede continuar ejerciéndose tal y como se hace hoy en día.

Fueron las novelas de Orhan Pamuk, quien alguna vez deseó convertirse en arquitecto, las que ofrecieron a La Cecla otra posibilidad de abordar su profesión. “La arquitectura ignora todo de la esencia inminentemente narrativa de los espacios.”, declara el autor italiano, “La escritura es la forma más íntegra de abordar la ciudad y el espacio porque respeta la naturaleza magmática del presente y no pretende inventarlo ni agotarlo (…) Se debe renunciar a la arquitectura porque nada tiene que ver con la geografía del presente”. 

El espíritu y el ejercicio del diseño y de la construcción han cambiado de forma radical desde el inicio de la década de los ochenta. La Cecla estima, luego de constatar los rotundos fracasos de las ideologías que se materializaron en proyectos (como los suburbios de las capitales europeas), que la suya es un área obsoleta del pensamiento humano. Si bien el arquitecto de la posguerra pretendía ser un “reformador social”, un “restaurador de almas urbanas”, el arquitecto actual ha renunciado a participar en la construcción del tejido social.

Este universo se ha transformado en la práctica de un juego formal que, lejos de responder a las necesidades reales, pretende satisfacer al mercado inmobiliario y ha perdido de vista el bienestar de sus habitantes. A lo largo de la historia, todos los periodos se han caracterizado por la realización de construcciones emblemáticas que responden a los pedidos del poder en turno y que satisfacen las necesidades exclusivas de una élite. Aquéllos que se han preocupado por la condición de los espacios y los habitantes de una ciudad son escasos, así como los que concretizan sus teorías en tres dimensiones. La vida real ha sido la oveja negra en una profesión que se destaca, ahora más que nunca, por su falta de responsabilidad social.

La arquitectura, como instrumento de mercadotecnia, ha generado magníficos edificios que bien podrían ser interpretados como una distracción estética, un “entertainment” urbano. Mientras el proceso de aprendizaje y de ejercicio no cambie, tanto su manera de crear como de intervenir, la ciudad no podrá transformarse. En los próximos veinte años, 50% de los habitantes pobres del planeta serán citadinos y su calidad de vida empeorará, al igual que todos los males urbanos diagnosticados en la actualidad. Los caprichos de la moda y las geniales ocurrencias de los “archistars”, rodeados de seguidores en todo el mundo, han impedido un acercamiento a la narración de los espacios. Ninguno de los grandes proyectos urbanos o en sitios de referencia mundial tiene relación alguna con la vida metropolitana. Se trata de un prêt-à-porter arquitectónico, de una constelación de objetos de consumo inmediato cuyo único debate gira en torno a las fachadas y plantas. El carácter totalmente antisocial de esta nueva arquitectura y de su concepción urbana comercial no ha logrado establecer una relación con la realidad ni con la ciudad, quien lejos de ser solamente un territorio de construcciones, es sobre todo un organismo vivo y complejo. La importancia de una capital parece ser determinada hoy en día por la cantidad de insignias de las marcas internacionales que permiten convertirla en referencia comercial, otorgándole así la “ilusión de una posmodernidad asumida”. El “shopping” es, según la idea de Rem Koolhaas y subrayada por La Cecla, el último espacio público en el que el ciudadano puede ejercer la democracia a través de su poder adquisitivo. La clase media tiende a desaparecer, la vida cotidiana se plastifica a través de las vitrinas y los poderes han logrado disuadir al habitante de apropiarse de la calle. Dado esto, La Cecla considera que los arquitectos deberían dejar de ser los cómplices de la privatización de las áreas sobre-vigiladas para convertirse en la voz de la consciencia del mercado inmobiliario y de los proyectos político-corporativistas. Los nuevos arquitectos deberán asumir que la degradación del tejido social no es sólo un asunto político y económico: la discriminación social por el proyecto arquitectónico y urbano es una realidad. El centro y la periferia son los conceptos más representativos de este caso.

Si el objetivo principal de esta nueva arquitectura es la distracción y la velocidad, no es sorprendente que una gran parte del mundo sufra de la indiferencia. Tomar en cuenta el latente desastre urbano, proponer alternativas a la degradación de la vivienda, considerar el desarrollo sustentable –no sólo como un concepto de moda sino como una posibilidad al agotamiento de las reservas naturales- deberían formar parte del pensamiento del arquitecto contemporáneo. Su verdadero papel consistiría en aplicar esta pluridisciplinaridad para evitar que la ciudad se convierta en una selva de confrontación de etnias, bandas y poderes oficiales. Ahora, más que nunca, el arquitecto debe participar a la preservación del sentido de comunidad en un universo urbano que se ha tornado violento e intolerante. 

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