El rascacielos, expresión urbana de la abundancia y del poder por excelencia, no es sólo un objeto o un símbolo. Es una fuerza activa en la construcción de la vida cotidiana dentro del marco de la experiencia metropolitana. Ha sido una poderosa herramienta política porque la sociedad proyecta en él todos sus sueños, deseos y ansiedades. El final de la presencia física de las Torres Gemelas ha sido, en el mundo de la arquitectura, una llamada a la reflexión y al estudio de la historia e impacto del rascacielos en el paisaje. Construir no significa lo mismo que dar sentido urbano.
La realización del World Trade Center fue un desafío en su época, no sólo por el tamaño del edificio, sino por el peso simbólico del proyecto. Asimismo, reconstruir sobre el agujero del 9/11 representó, en términos del lenguaje mitológico empleado, conservar “suelo sagrado”. Un coro de voces se alzó para decir que la reconstrucción debía ser algo más que un mero “edificio alto”. Un rascacielos más alto y más sólido no era suficiente. El proyecto debía simbolizar la victoria heroica sobre el enemigo: la arquitectura al servicio de la política. Dentro de la retícula de Manhattan nunca se había visto un proyecto de tales magnitudes. La confusión que existió entre arquitectos, políticos y promotores inmobiliarios de los años 50-70, permaneció durante la década posterior al ataque del 9/11. Reconciliar los argumentos y la mitología con la realidad ha sido el desafío permanente de esta isla: A lo largo de su historia, Manhattan no ha renacido de sus cenizas sino de sus escombros.
El comercio internacional ha sido una fuerza esencial en la configuración de la ciudad. El ataque del 11 de septiembre fue una manera de recordar que el barrio de Lower Manhattan ha sido determinado por la violencia que ha derivado de este comercio. Después de expulsar a los indios, el tráfico de esclavos africanos, durante los siglos XVII y XVIII, fue lo que permitió a la isla de Nueva York alcanzar una posición dominante en el mundo. Las manifestaciones de estos esclavos fueron características del siglo XIX y veinte mil fueron enterrados a unas cuadras de la calle Liberty. En 1920, una explosión en Wall Street marcó el inicio de una lista de atentados neoyorquinos. “Radio Row” o “el centro de la electrónica de la costa oeste” fue arrasado a mediados del siglo XX para construir las Torres Gemelas. Desde el lanzamiento de esta “renovación urbana”, los habitantes y pequeños comerciantes constataron que el nuevo sector financiero beneficiaría solamente a banqueros, aseguradoras y promotores inmobiliarios. Si bien Rockefeller padre había convertido el Midtown en referencia comercial al construir el edificio que lleva su nombre, Rockefeller hijo estimó que impulsar el sector olvidado de Lower Manhattan ayudaría a los intereses de su banco y a sus nuevas oficinas en la zona. La élite política y económica de NY encargó la realización del WTC, disfrazando sus intereses personales y las evocaciones populares -repletas de referencias a la muerte, a la destrucción y a los fantasmas-, con un discurso urbano y arquitectónico prefabricado. Discurso también empleado por el arquitecto nipón Minoru Yamasaki quien definía su propuesta como un proyecto” respetuoso de su entorno”, a escala “humana y amigable”. Las fuerzas –nada democráticas- del comercio y las finanzas determinaron el futuro del sector, de la misma forma que lo han hecho con el agujero del 11 de septiembre 2001. Es entonces curioso observar cómo, a pesar de la historia del barrio, los términos de “Democracia” y “Libertad” fueron asociados de inmediato a las Torres Gemelas desaparecidas y al inoportunamente denominado “Ground Zero”. Inoportuno porque la destrucción por bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki y sus consecuencias en la población japonesa, no se compara con la pérdida material de 16 hectáreas por un atentado aéreo. Para renovar los mitos también es importante proponer nuevos términos. Dentro de esas claras contradicciones, un elemento arquitectónico antes detestado y adorado se convirtió de inmediato en generador de un lenguaje propio a la mitología americana. Indispensables, no sólo para definir los contornos del pasado, los mitos funcionan para definir las acciones del futuro -en este caso serían “heroicamente bélicas”-. A punta de discursos e íconos, la controversial y violenta historia de Lower Manhattan y de las Torres Gemelas fue apartada de la memoria colectiva: Lo que en 1966 había sido llamado un” espantoso instrumento de urbicidio” fue alabado como un “poderoso símbolo de humanidad”.
El WTC fue un eslabón dentro del sistema de valores de la conciencia social norteamericana: es una de sus tantas materializaciones espaciales. Fue construido con base en una arquitectura que supuestamente debía contribuir al proyecto de progreso y de emancipación social, en una sociedad que ya no estaba basada en los mecanismos de la explotación ni de la exclusión. Minoru Yamasaki experimentó en carne propia los prejuicios y racismo de una sociedad americana fragmentada, incapaz de asimilar la diferencia racial. Sus deseos de transmitir paz y espiritualidad a través de su arquitectura fracasaron. Conrad Hilton, Presidente Fundador de la cadena de hoteles, declaró que la arquitectura Moderna era un arma americana contra el comunismo. De la misma forma, la identidad americana continuará su construcción basándose en la idea que la arquitectura del Memorial y de los edificios colindantes es parte del arsenal contra el terrorismo. Dado que las demandas arquitectónicas y urbanas de todos los proyectos del mundo cambiaron tras el 9/11, exigiendo en cada uno medidas de seguridad nunca antes solicitadas, la “catedral del comercio y del dinero” no desapareció por completo, física o ideológicamente. Adoptando una nueva forma arquitectónica se ha transformado. Ese el efecto continuo de la arquitectura norteamericana: La imagen permanece incluso cuando no estás mirando.