La invitación para escribir un texto sobre Pearl Jam llegó como muchas buenas cosas en la vida: en forma de reto en el momento preciso. Probablemente debería empezar por decir que no soy una admiradora de corazón. No los he visto en vivo y no puedo nombrar todos sus discos. Si bien siempre me han gustado las letras de Eddie Vedder, sus melodías muy rara vez resuena en mí. Al menos así fue hasta que un algoritmo de mi iTunes llamado Genius encontró Parachutes, una canción con acordes profundos.
En las letras de Vedder uno encuentra el tipo de lucha interna que resulta de un trauma psicológico y físico. El suicidio, la depresión y el enojo son temas recurrentes en sus canciones, las cuales comparten también un sentido de pérdida. La pérdida de una familia apareció en Alive, la pérdida de la seguridad física en Daughter y la pérdida de una pareja y su correspondiente intimidad y esperanza en Parachutes. Sus melodías cargadas de confusion y la melancolia reflejada en su poesía invitan al escucha a lugares de profunda nostalgia; probablemente esa sea la razón por la cual la música de Pearl Jam ha marcado a tantas personas desde el inicio de los 90´s. Ese lugar de afecto hacia el pasado es donde quisiera llevarlos en este texto, aunque, a diferencia de otras ocasiones, iremos fuera de las actividades de la mente y miraremos hacia la bioquímica detrás del dolor, la ansiedad, el deseo de conectarnos con otros y nuestra capacidad de amar. Aunque no puedo garantizar resultados, espero convencerlos de que la nostalgia es más importante de lo que pensaban. Antes de continuar, pensemos unos momentos en qué provoca la nostalgia en el amor.
“And love...wish the world could go again with love
One can’t seem to have enough”
Es riesgoso intentar disectar una experiencia como el amor para estudiarla, porque uno puede verse tentado a explicar la complejidad del comportamiento humano sencillamente relacionándolo con los sistemas neurobiológicos en nuestro cuerpo. Les pido que por favor tengan eso en cuenta al leer este texto. Nuestro conocimiento sobre el papel de la neurobiología en el amor es aún precario, aunque algunas relaciones interesantes entre mecanismos bioquímicos y la experiencia del enamoramiento han sido trazadas. Por ejemplo, la presencia de una importante proteína secretada por nuestro cerebro llamada “Factor de crecimiento nervioso (FCM)” ha sido encontrada en grandes cantidades en individuos que dicen estar verdadera, profunda y locamente enamorados en comparación con persona que no comparten esa misma experiencia (Emanuele, 2005). Resulta que FCM es una sustancia asociada con la euforia y la dependiencia emocional. Hasta el momento esta novedosa investigación ha mostrado que quienes se han enamorado ya lo sabían y se sienten eufóricos, incapaces de vivir sin la otra persona y dependientes de ella.
No obstante, el descubrimiento de que las personas enamoradas tienen un nivel considerablemente más alto de oxitocina y vasopresina – dos hormonas secretadas por el cerebro – tiene importantes implicaciones para nuestra comprensión del amor y de los vínculos sociales. Estas dos hormonas han sido ligadas a la selección de parejas, a nuestro deseo de conectarnos con otros y a sentir confianza. Un estudio llevado a cabo en mujeres que reportaron estar enamoradas y cuyos niveles de vasopresina y oxitocina eran elevados mostró que eran capaces de reconocer el olor corporal de sus parejas como distinto del de otras personas, lo cual se traducía en una pérdida de interés en nuevas parejas (Lundström, 2008). Los niveles de oxitocina y de vasopresina son moduladores esenciales de nuestros sistemas de acercamiento y reproducción (Kernberg, 2011) y su interacción con procesos psicológicos da al amor la intensidad y excitabilidad familiar a tantas personas. A menos que no les agrade sentir una pizca de euphoria y una conexión profunda con otra persona, para este momento seguramente pueden entender porqué enamorarse es irresistible.
“I don't want to know your past
But together share the dawn
And I won't need nothing else”
Alguna vez escuché la frase “no sé dónde empieza él y dónde termino yo” (I don’t know where he begins and where I end) de una mujer enamorada al referirse a su amado. Aquellos de ustedes que se han enamorado saben que tiene una cualidad atemporal y que al estar en presencia de la otra persona puedes olvidarte por completo del tiempo e incluso del espacio (por medio de una conversación que se extiende hasta la madrugada o de una muestra pública de afecto) y que uno puede estar totalmente desinteresado en lo que le rodea a menos que se relacione con la persona que nos importa. Los psicólogos llaman a este comportamiento “fusión sentimental”, el cual tiene su origen en el sentimiento de conexión hacia nuestras madres, el cual se reactiva por medio del amor. No se limita a la unión física sino también a la confluencia entre dos mentes y dos corazones. El sentimiento de fusión puede asustarnos porque ese grado de aprehensión puede implicar perder nuestra propia identidad e independencia. La unión es tan fuerte que la idea de separación del ser amado nos resulta insoportable.
“I would've fallen from the sky ‘til you,
Parachutes have opened now”
Una de las más bellas y fascinanates cualidades del amor es que puede transformarnos aún cuando fracasa (Spector, 1991). Hace no mucho tiempo una amistad me dijo que después de un rompimiento doloroso se sintió “reparada” y que, aunque su relación no había sido muy larga, sabía que podía sentir “todas esas pequeñas cosas maravillosas” y saber que podía ser amada; paradójicamente el fracaso amoroso le había dejado un sentimiento de esperanza.
La transformación también ocurre en comportamientos visibles. Preguntémonos si cuando amamos sentimos el deseo de ser mejores. ¿Nos sentimos más creativos o sentimos la necesidad de mejorar nuestras habilidades para hacer algo? No debe sorprendernos que el amor haya sido vinculado al altruismo. Por el bien de la objetividad, digamos que el amor puede ocasionar cambios ideológicos que llevan a las personas a cambiar de partido político, religión, clase social e incluso metas de vida, lo cual tiene un impacto tremendo en las relaciones familiares. Cualquiera que sea el cambio, el sello distintivo de la transformación en el amor es que sus efectos pueden durar incluso cuando la relación no existe ya.
“That you’re gone all the troubles suddenly explained infinitum
You're always wishing and never here at home”
Espero que los párrafos precedentes hayan atraído su atención hacia los procesos bioquímicos y psicológicos involucrados en el amor, de manera que podamos ahora hablar sobre lo fenómenos que desencadena la separación o pérdida de un ser amado. La idea de que uno puede amar y odiar al mismo tiempo y que uno encuentra igualmente difícil resistir el deseo de contactar a la otra persona después de la ruptura son probablemente dos experiencias muy familiares para quienes han sufrido de un corazón roto; eso es precisamente lo que un estudio de hombres y mujeres que recientemente se habían separado de sus parejas demostró (Fischer, 2004). En la primera parte del estudio, los individuos reportaron sentirse enamorados y al mismo tiempo deprimidos, enojados y desesperados. En la segunda parte, que consistió en la creación de imágenes de resonancia magnética (FMRI), los investigadores encontraron una actividad neuronal mayor en áreas relacionadas con el dolor, la ansiedad, el comportamiento impulsivo y las adicciones. A pesar de que la ciencia ha encontrado una zona cerebral para las emociones asociadas a la pérdida y a la nostalgia, ubicarlas en nuestra psyche es una cuestión más complicada, de la cual cada uno de nosotros podrá decir una o dos cosas. No me refiero a una versión de la nostalgia que ha sido idealizada como un estado mental diferente de la experiencia emocional verdadera sino a un lugar en el cual sentimos una melancolía profunda por lo que hemos perdido; una especie de anhelo que podemos sentir corporal y mentalmente. En efecto, los psicólogos han diferenciados estos dos tipos de nostalgia como verdadera y falsa (Sohn, 1983). La verdadera nostalgia es en la que nos enfocaremos por ahora. Ese anhelo es una reacción común al fin de una relación y se caracteriza por olas recurrentes de sentimientos como la tristeza y la ansiedad en vinculación con tiempos compartidos con el otro y con un deseo de regresar a ellos. Dado que estos sentimientos son abrumadores, llevamos a cabo todo tipo de actividades para evitarlos, en lugar de sentarnos con ellos y dejar que su presencia nos enseñe algo nuevo. Por esa razón, algunas personas se sumergen en su trabajo, otros continúan en un tipo de contacto con la persona amada que impide la separación y otros más se conforman con las instantáneas y temporales gratificaciones del alcohol o la promiscuidad. Todo ello deriva de un intento por nulificar la verdadera nostalgia porque, a final de cuentas, ¿a quién le gusta sentirse abrumado?
Si las emociones desencadenadas por la nostalgia son producto de reacciones químicas o el resultado de procesos psicológicos, o si las manejamos de manera constructiva o no, no contradice el hecho de que son experiencias humanas y, por lo tanto, merecen un espacio propio a cambio del cual prometen ser beneficiosas. Ese fue el caso en un estudio reciente de psicología social donde se demostró que la nostalgia incrementa los sentimientos de “conexión social”, nos hace más resistentes emocionalmente y nos hace sentir que vale la pena vivir (Routledge et al., 2011).
Espero haber logrado transmitir la idea de que crear un espacio para la verdadera nostalgia tiene sentido. También me gustaría afirmar que no abogo a favor de un acercamiento masoquista al dolor, sino que, por el contrario, enfatizo que dejarnos experimentar las emociones que acompañan a una pérdida, más que huir de ellas, tiene sentido. Hace algunas semanas escuché una frase que no pude entender en el momento pero que logró llenarme los ojos de lágrimas: “no hay nada más completo que un corazón roto”. Después llegué a la conclusión de que esas palabras habían resonado en mi por mi deseo de reconocer y apreciar la complejidad de las emociones, aún cuando es difícil encontrarles un sentido de forma inmediata y lograr que de la ruptura se logra la completitud.
“And love, what a different life
Had I not found this love with you”
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A paraglider at sunset in Berkshire, England.
Andrew Holt/Getty Images