Francia 1989. De Leos Carax, con Juliette Binoche y Denis Lavant
Los Amants du Pont Neuf no es una visión realista de los sans abri parisinos, sino una meditación sobre el cuerpo y la calle, el cuerpo y la ciudad que lo destruye, aquella que no perdona. El dolor viene de la soledad y el placer del juego redentorio de los cuerpos. En el puente más antiguo de París, cerrado por remoldelación, Alex (Denis Lavant) un joven vagabundo, conoce a Michèle (Juliette Binoche), una joven artista que huye de casa y de las cataratas que invaden sus ojos.
El amor adviene en este espacio suspendido. La pantalla se llena de colores primarios, de luces y fuego, de frenéticas exhalaciones. Los cuerpos fulgurantes, entre el dolor y el placer, juegan con los espacios de la ciudad. El metro y sus laberintos, son los patios de los amantes, mendigar o robar dinero es sólo un recreo. El montage sin aliento mueve los cuerpos, jugando con los colores y los dédalos parisinos. Entre el dolor interno y externo, Alex y Michèle se aman y se destruyen. Ahí no existen más que ellos y el puente, el tiempo suspendido, entre las dos rivas de la ciudad, sobre el río que los llevará al mar.
En el centro de la película está el mar como una tregua, donde sólo se perciben las siluetas amables, donde se puede andar desnudo y no hay dolor. Ahí es donde se aprende a dormir sin drogas. La exaltación de los amantes sigue siendo frenética, pero los planos se prolongan en contraste con la fragmentación de las secuencias parisinas. Los colores afables aparecen cediendo paso al sueño y sin duda al olvido.
De regreso a la ciudad, sólo se haya la ceguera, la fragilidad y las bifuraciones, la incomprensión y el egoísmo. El puente es sólo un puente y cada uno debe regresar a sus orígenes.
“¿Porque tú también buscas el amor como los otros? ¿la ternura como los otros? Mira a tu alrededor, el amor no está aquí, está en las habitaciones, no en las corrientes de aire, tu vida no está hecha para el amor, así que olvídate.” Le dice el viejo vagabundo del puente a Alex, llamándolo a regresar a la realidad.
Carax le da una oportunidad a la realidad, un respiro a la dureza de la calle. Los amantes parten finalmente hacia el mar, olvidando la ciudad y sus laberintos.
Carax es un autor singular del cine francés, que juega con los códigos del espectáculo y del drama para hallar así un lenguaje singular. Los Amantes del Pont-Neuf es un adagio a la ciudad y a los cuerpos transitando por sus laberintos de piedra perenne, una reflexión sobre el dolor y la destrucción y su intermisión amorosa.