Hacía dos años que no volvía a Argentina. Los últimos viajes habían sido a Pekín. Lo más parecido a Argentina que vi. Compré el pasaje más barato, como suele hacerse. Pagué ochocientos euros por un vuelo que iría de Paris a Madrid y de Madrid a Buenos Aires. Desde Buenos Aires tendría que hacer otro tramo más hasta Córdoba, para encontrarme con mi familia.
Los días anteriores al viaje no fueron muy agradables, muchísimo trabajo y la sensación de que los dos meses que pasaría en Argentina serían como dos años, o toda la vida, como si me fuera para siempre.
Un mal día en que la Tierra estaba de pésimo humor, a la imbecilísima Luna primera se le ocurrió contarle el chiste del cerdo, los chimpancés y la jaula. Ninguno sabe por qué estaba de tan mal ánimo nuestro invernadero, pero sabemos que, de puro coraje, se tragó a sí mismo. Ahora que vivimos en este eterno ciclo autodigestivo del planeta, nos da por iniciar hábitos nuevos. Cuando se traga y pasa apenas por la garganta, tenemos una suerte de verano húmedo, borroso y nostálgico. Cuando se mastica con su propia boca vivimos primaveras ásperas y calurosas, muy dinámicas.
Cascadas coloridas de delirio
derriten la mirada
en lo que ya nunca más será.
Sólo las sombras hablan en silencio,
se pliegan entre los escalofríos de la memoria.
El tiempo centellea y
la luz parece querer extinguirse para siempre.
La noche y la muerte,
la ausencia de hombres
en la oscuridad eterna.
Emigrantes (1985)
Sergei Dovlatov (1941-1990)
Traducción al español por Alessandro Triacca Sánchez
Original en ruso: http://www.sergeidovlatov.com/books/emigr.html
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Uno de los puntos de tensión más relevantes de Vientos de cuaresma de Leonardo Padura, es el de perpetuar el universo del realismo mágico sin las estridencias de este movimiento. La novela recuerda de manera insistente la prosa garciamarquiana: amplios periodos, sinestesias, prosa analógica, adjetivos elocuentes, pero con un dibujo más escueto de los personajes, una alianza menos estrecha entre descripción e intriga, una ausencia de todo elemento maravilloso.
El reconocido escritor mexicano Ignacio Padilla publica con nosotros este cuento inédito. Un cura ha sido asesinado y mientras la bala se asienta entre sus sienes ve toda su vida, pasado y futuro pasar delante de él. Chistoso como su fe ha salvado a tanta gente en el camino y ahora él, hereje, tendrá que pagar su condena en el círculo sexto del infierno. Un cuento dantesco dónde el castigo eterno parece ser el mismo recuerdo. El infierno se presenta ante el cura como su memoria, como sus miedos, el poder recordarlo todo, todo menos el pecado que lo ha llevado hasta allí; la condena más grande, no conocer su delito.
No hay que enamorarse, ni leer a Cortázar, ni poner los pies en París. Yo cometí esas tres imprudencias y me encontré viendo el atardecer desde el Pont des arts con mi primera novia. En algún momento del espectáculo, ella metió la mano en el bolsillo para sacar la marihuana y se encontró con uno de esos pequeños candados para maletas que nunca se utilizan.
- Siempre estaremos juntos, ¿verdad?
Cayó un vaso, te quedaste contemplando los fragmentos, contemplando su cuerpo. Un trozo en forma de labios, un ojo cristalino, un dedo translúcido apuntando al agua derramada.
Un vaso se rompe, aquél cuerpo no, existe sólo en fragmentos. En fragmentos lo encuentras.
Parcelas que vas recolectando, una a la vez, cuándo en el caleidoscopio queda una sola imagen, repetida cien veces, transcurriendo en unísono, lloviendo en la mirada.
Es de sobra conocido que la venganza es un plato que debe consumirse frío. Esa misma distancia, que permite al comensal un disfrute y un juicio más ecuánime sobre lo que va a consumir, parece beneficiar también al acto de reflexionar sobre algún tema que ha dejado de ser de actualidad. Por esto quise esperar un tiempo suficiente para comentar dos acontecimientos que ocurrieron el pasado mes de octubre con unas horas de diferencia: el anuncio del ganador del premio Nobel de literatura y la muerte de Steve Jobs.
Hacía dos años que no volvía a Argentina. Los últimos viajes habían sido a Pekín. Lo más parecido a Argentina que vi. Compré el pasaje más barato, como suele hacerse. Pagué ochocientos euros por un vuelo que iría de Paris a Madrid y de Madrid a Buenos Aires. Desde Buenos Aires tendría que hacer otro tramo más hasta Córdoba, para encontrarme con mi familia.
Los días anteriores al viaje no fueron muy agradables, muchísimo trabajo y la sensación de que los dos meses que pasaría en Argentina serían como dos años, o toda la vida, como si me fuera para siempre.