¿Por qué nos duele tanto Gabo?

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 Crecí escuchando historias del trópico. Mi papá y mis abuelos nacieron en Tenosique, pequeño pueblo perdido entre la selva mexicana cuya única comunicación con el mundo provenía del espeso andar del Usumacinta.

Fue mucho tiempo después que supe que las historias que me contaban no eran tan usuales como a mí me parecían: la de Laura que esperó sentada en su piano un siglo entero el regreso de su amante; la del Capitán Galvez que navegó el Usumacinta hasta la bahía Nueva York y trajo de regreso unas langostas de Manhattan; o la del viejo que sentado bajo una caoba contaba a los niños las mil y una noches a cambio de que por cada historia le quitaran una cana.

 Yo aprendí muy pronto que la realidad y la fantasía venían entremezcladas, que la vida está para contarse y no para ser sometida al riguroso y aburrido escrúpulo de la verdad occidental.

Cuando leí Cien años de Soledad sentí que escuchaba a mi abuelo. Macondo y Tenosique se volvían nombres intercambiables, indisociables, al final de cuentas parte de lo mismo. Al acabar el libro, cerré la solapa y me invadió un profundo sentimiento de nostalgia. Como si cargara en mi lomo los cien años a los que hacía referencia el libro. Como si en mis venas estuviera cuajada la genealogía de la familia Buendía.

Por eso me sorprendió cuando un amigo francés elogió la gran imaginación de García Márquez. “El tipo es un genio” me dijo “Cómo se le ocurrieron tantas locuras, tanta magia.” De igual forma siempre me molestó enterarme que occidente llamara al género “realismo mágico”. García Márquez fue un genio, pero no por la “locura y la magia de su imaginación” sino porque logró, mejor que nadie, identificar la filigrana con la que fue tejida América Latina.

García Márquez fue un cronista de la realidad, la contó, no la inventó. Cien años de Soledad será una obra de realismo mágico para los europeos, en Latinoamérica es la obra más importante del realismo. La realidad aquí involucra la posibilidad de lo que otros llaman lo mágico y nosotros, casi con aburrimiento, llamamos la cotidianidad.

“Cien años de soledad, no puedo leerla sin cierto sordo pánico. Toca vetas muy profundas de nuestro inconsciente colectivo americano. Hay en ella una sustancia mítica, una carga adivinatoria tan honda, que pierdo siempre la necesaria serenidad para juzgarla.” Dijo el escritor Álvaro Mutis sobre ella. Más que una novela, para muchos, Cien años de soledad es una genealogía.

Hay algo devastador en la muerte de García Márquez que sus extraordinarios dotes literarios no acaban por justificar.  Un vacío irreparable que se externalizó en lágrimas de personas que nunca lo han conocido. En el mundo real, el de los lectores comunes y corrientes, se palpa una tristeza genuina, una nostalgia degustable a lengüetazos, algo tan certero como la existencia de Macondo, como el legado de los Buendía. Algo distinto a otras muertes. Aquí no impera la reflexión sobre su legado, no se trata de un ejercicio introspectivo, es tristeza, pura y dura, como es la tristeza.

Mis amigos americanos se escandalizaron cuando les mostré las portadas de los más importantes diarios de habla hispana. No es que la partida de García Márquez fuera la noticia principal de la primera plana, es que era todo el periódico. Para fines prácticos, el mundo se había detenido, lo único que importaba era Gabo.

No estoy seguro si otras culturas pueden entender el amor que nosotros los latinoamericanos sentimos por García Márquez. No sé si el siglo XXI y su cultura pop pueden entender el cariño genuino –y no la idolatría icónica- hacia un simple y sencillo escritor. Un escritor que nació en el trópico colombiano e hizo de México su casa, pero que ante todo habló siempre con y por América Latina, como utopía, como sueño, como esperanza. 

Recuerdo una vez a la esposa de otro autor explicándome por qué Cien Años de Soledad era distinto para ellos que para el resto de los mortales. “Nosotros crecimos en un pueblo así. No se llamaba Macondo pero bien pudo haberlo sido. ¡Nosotros vivimos esos cien años de soledad!”

Pensé en Tenosique pero no dije nada. Cada uno de nosotros teníamos nuestro propio Macondo y cada uno de nosotros nos pensábamos únicos. Como si por un azar del destino el pueblo que fundó José Arcadio fuera exactamente igual al de nuestros propios ancestros y al de nadie más.  Entonces entendí por qué dolía tanto su partida.

García Márquez nos significa tanto porque él proveyó a toda América Latina con un mito fundacional. Al crear la historia y la nostalgia de Macondo nos dio a todos un origen. Toda América Latina comienza en Macondo.

Colaborador: 
Emilio Lezama
 
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