I.
Alguna vez leí que los abuelos decimonónicos se quejaban de la forma en que sus descendientes perdían el tiempo leyendo novelas. Según aquella lectura cuyo autor y nombre olvido, las nuevas generaciones gastaban el tiempo en Balzacs y Stendalhs en lugar de hacerlo en tratados de historia o estudios de biología. En una frase: la novela como acto de dispersión.
Hoy las cosas son un poco distintas. Incluso las malas lecturas son aconsejadas y en una frase se resume la desgracia de nuestros tiempos: “mejor leer eso a nada; al menos es leer”. Así, poquito a poco, sin darnos cuenta, hemos dejado de leer a los clásicos y a aquellos de los que nuestros bisabuelos se hubieran avergonzado. Doscientas páginas parecen mucho y una novelita rusa un suplicio.
Por eso y más, parece raro que Roberto Bolaño y su 2666 estén en el, digamos, mainstream de la literatura. Acá, en Berlín, antes de encontrar a Paz o a Borges, el paseante alemán encontrará en español, inglés o alemán la estridente versión naranja con negro del libro póstumo del escritor chileno.
Lo raro no es que un escritor muerto esté de moda (Andy Warhol decía que la muerte “podía hacer parecer a todos una estrella”) o que la novela en cuestión tenga más de 1100 páginas o que, para colmo, el libro no haya sido terminado o publicado según mandato del escritor. Lo que realmente parece extraño es el consenso que en tan poco tiempo ha logrado una novela tan reciente. Me explico: en términos semejantes a la obra se refieren Susan Sonntag, Stephen King, Oprah Winfrey, Jorge Herralde, Enrique Villa-Matas o el New York Times. ¿Cómo explicar, pues, que en un tiempos tan oscuros para la literatura nazca una obra que, “según los que saben” cabe en el “equipo de Cervantes, Sterne, Melville y Proust”?
II.
Una hipótesis: Bolaño en lo general y 2666 en particular tienen la virtud de jugar con dos sensaciones aparentemente opuestas. Por un lado uno, como lector, está totalmente cierto que se encuentra ante una obra monumental avalada y legitimada por el discurso hegemónico en la literatura. Por otro lado, empero, cree que la misma lectura de la obra es un acto alternativo, ciertamente revolucionario y marginal. Así, el lector se debate frente a un escritor adorado por la crítica pero que justamente contradice los cánones impuestos por el establishment literario. Los dos se utilizan: a Bolaño le publican los escritos destinados al bote de la basura y las elites literarias se abastecen del mito del escritor maldito, del tránsfuga de la narrativa, del insurrecto latinoamericano que da “el portazo final a Rayuela”.
Y es que 2666 (y en general la obra de Bolaño), ofrece una narrativa que niega el orden al que pertenece. Las cinco partes que componen el libro y que estaban pensadas en editarse bajo distintos nombres y en diferentes años son, sobre todo, apóstatas de un discurso lineal que gira alrededor de temas comunes –muerte, guerra, búsquedas– pero que se bifurca en diferentes espacios literarios tan distantes entre sí que no parecen tocarse jamás. Ignacio Echeverría, el editor del libro y amigo íntimo del escritor, nos dice que el punto de fuga en el que se ordenan las diferentes partes de la novela sin el cual quedaría coja, irresuelta y suspendida en la nada la novela es el nombre de la misma. Es, pues, la enigmática cifra –2666¬– lo que da trascendencia a cada hoja del frondoso bosque que construye Bolaño y que, no podía ser de otra manera, no se menciona en todo el libro.
2666 tiene, pues, como Rayuela, dos maneras de leerse. Ninguna mejor que otra.
La primera invita a leer el libro con el respeto que merece un escritor consolidado y que nos entrega con 2666 su obra póstuma. Es enfrentarnos con la seriedad (y mansedumbre) con la que miramos una catedral o escuchamos una obra de Brucker.
La segunda, con la que Bolaño nos echaría un guiño, consiste en acercarse a la novela con la misma sospecha con la que el chileno miraba (y trataba) a sus contemporáneos. Es decir, obviando las frases repletas de adjetivos que escupen los que quieren descubrir a un Joyce araucano. Acceder con sospecha a la novela nos asegura una experiencia similar a la del niño que no adivina ni la velocidad ni la altura de las olas que depara el mar antes de que el padre lo levante por encima de las toneladas de agua que se agrupan a su alrededor. Llegar a 2666 con una mirada limpia que no espera nada porque ya nada existe, llevará a un camino de sedación constante que comienza en lo irreal, se envuelve en la miseria humana y termina en un cansancio que, si no fuera tanto, provocaría el llanto.
III.
Si 2666 y la obra de Bolaño están en el centro de la discusión y disfrute de lo literario es porque han podido captar la atención de todos: los que quieren vender, los que quieren posar y los que quieren aventurarse a un valle que, más que valle parece Arca de Noé o Gran Cañón. Seguramente los lectores de primer y segundo tipo son los que hacen de la obra del chileno un éxito comercial. Son los terceros, sin embargo, los que mejor la pasan. O peor, a según.