Justo cuando crees que no puede ser más frenética y atiborrada, la ciudad se complace en demostrarte que puede eso y más. O quizá no se complazca. La verdad, pienso que a ella también le cansa y le estresa mirarnos en sus arterias parados y furiosos. De hecho, a la ciudad le duele. Le duelen los pies y, sobre todo, la cabeza. Y ella no se va a casa después de trabajar ni se queda dormida en el sillón con la televisión prendida. Se duerme en la calle, en sus calles, en donde haga menos frío.
Y a mí me duele mi ciudad. Porque es mía, porque la trabajo y la camino y la destruyo todos los días. A veces trato de aligerarle el día y no gritonearle ni maldecir sus pisos cada que llego tarde a donde vaya. La defiendo tanto como puedo pero siempre hay uno de esos días con lluvia y tránsito denso, música mala, obras viales por aquí y por allá. Entonces me cuesta más trabajo hacerle ver a los otros inquilinos de la ciudad que es un milagro del tamaño de ella misma la manera en que suspende pequeñitos equilibrios con alfileres que le sirven de cobija y hacen que no acabemos por prenderle fuego con nosotros dentro.
También me duele mi país, aunque a veces me es más lejano. Es como ese cariño que le tienes a tu abuelo cuando no creciste con él. Le tienes afecto, y sabes que la existencia de tu ciudad implica la existencia –no siempre necesaria ni previa, pero casi siempre- de este cuerpo más grande. Él está más enfermo que mi ciudad y yo le pido a ella que no se llene pronto de los cánceres que golpean con brutalidad la humanidad del país. Ella se mantiene –sabe Dios cómo- casi intacta pese a que la sangre corre muy veloz a su alrededor. Mi ciudad es de los pocos resquicios que le quedan al país medianamente tranquilos. Creo, sin duda, que si sucumbe mi ciudad –siendo un árbol tan grande en el bosque del país- caerá todo, con sus templos y postes y ejes viales y edificios. No te rindas, ciudad. Otras ciudades parecidas a ti se resisten a caer y me siento mal de hacer muy poco por ellas, y también por ti.
Acaso sea por eso que salgo con mis pantuflas a caminar una de tus calles pequeñitas. Me siento en mi banqueta, que siempre ha sido tuya y, aunque es de noche, todavía murmuras con motores de coches en la distancia. Todavía entreabres tus ojos como faroles que hacen tu noche taciturna. Te comparto una taza de té esperando que tengamos cobija suficiente aquí en tu intemperie. Amanece mañana como todos los días, querida ciudad, porque no entiendo cómo alcanzas a apagar tus fuegos antes de dormir, pero me llevas a la cama tranquilo y me despiertas con tus días potentes o tus días nublados. Y entonces sé que yo soy ciudad y tú nunca has dejado de serlo.
Foto de Adam Nelson