De Gran Hermano a Gran Cuate

elgrancuate

Los calendarios mienten: estamos en 1984. George Orwell se equivocó en casi todo, pero acertó en lo esencial: nos espían las veinticuatro horas del día. Las valientes revelaciones de Edward Snowden demuestran que, gracias a internet, El Estado conoce, o puede conocer cuando se le antoje, los más íntimos detalles de nuestras vidas: compras, altibajos sentimentales y bancarios, perversiones literarias, musicales o eróticas. Eso sí: Orwell subestimó el apego de los hombres por su intimidad e imaginó una pantalla en cada habitación que debía permanecer por ley encendida. Hoy somos nosotros los que encendemos voluntariamente esa pantalla. Nos encanta que nos controlen. Y es que el estado de vigilancia permanente en que vivimos no adquiere ni mucho menos los tintes retrógradamente estalinistas que Orwell imaginó. Nuestro totalitarismo es cool, guay, a toda madre – no se apoya en casposos funcionarios con uniformes (Oh, my Gooood!) sino en simpáticos geeks californianos con hawaianas y bermudas. Gran Hermano se ha convertido en Gran Cuate – el amigo que todos hemos agregado en Facebook. ¿Quién pensó que un estado policial pudiera ser tan trendy?

No todo está perdido. Aún sigue habiendo resquicios por los que organizar la resistencia contra esa Oceanía user-friendly. La lucha puede incluso dar sentido a muchas existencias desnortadas. Yo (¿me atreveré a reconocerlo?) me siento mejor después de las revelaciones de Edward Snowden. Yonqui de la escritura, antes debía resignarme a que me leyeran sólo unos pocos amigos. Ahora sé que basta con que teclee algo como “preparativos para un atentado inminente contra Disneyland Orlando” – o mejor en inglés: “preparations for an inminent attack on Disneyland Orlando” – para que mi texto sea analizado por alguno de los miles de cerebros que conforman el programa de espionaje PRISM. ¿Se dan cuenta de qué posibilidades que se abren a la literatura? “De un momento a otro entrarán por esa puerta y empezarán a hacer preguntas”: así empieza Hendaya, mi primera novela. Una versión mejorada del tipo “De un momento a otro los terroristas islámicos entrarán por esa puerta y empezarán a hacer preguntas” suscitará una atención en las altas esferas que rara vez logra el texto de un autor joven – joven en ventas, se entiende.

Desde luego que no se trata sólo de halagar el despreciable ego de los escritores vivos. Los clásicos también tienen mucho que ganar. “Canta, oh musa, la cólera de Al-Quaeda” generará un interés que el verso original de Homero sólo despierta ya en eruditos decrépitos. Ningún género debe ser excluido. Poesía: “En el silencio sólo se escuchaba/ un susurro de bombas que sonaban” Teatro: “¿Qué es la vida? Gas sarín/ ¿Qué es la vida? Una explosión/ Una secta, una ficción…”; Novela: “Vine al campo de entrenamiento de Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre espiritual, un tal Mohamed Nasser al-Wahchi”; Filosofía: “La metafísica, conocimiento especulativo del Corán, completamente aislado, que se levanta enteramente por encima de lo que enseña la experiencia, con meros conceptos (no aplicándolos a la intuición, como hacen las matemáticas), donde, por tanto, la razón ha de ser discípula de Ben-Laden, no ha tenido hasta ahora la suerte de poder tomar el camino seguro de la violencia...

La reescritura en masa por parte de millones de internautas del patrimonio literario universal provocará en un primer momento un agravamiento del estado de paranoia en el que secretamente vivimos. Enfrentado a un aumento exponencial de los textos terroristas, Gran Cuate tendrá que contratar a miles de lectores suplementarios para analizarlos. Se multiplicarán las escuchas ilegales, las detenciones arbitrarias, las torturas en cárceles de alta seguridad. Como en El Quijote, la literatura se convertirá en aliada del delirio. Y, sin embargo, el contacto diario con Séneca, Montaigne o Kafka irá deslizando en la conciencia de Gran Cuate una forma de lucidez. El propio cumplimiento de su alucinación se le hará sospechoso. Un día, por debajo de las versiones deformadas que le rodean, intuirá el contenido de los originales. Entonces acaso comprenda que la libertad y la imperfección de lo real son preferibles a la quimera de un mundo sin peligro. La verdadera literatura no es la que sumió a Don Quijote en la locura, sino la que nos vuelve cuerdos a nosotros, sus lectores.

            Kaleshnikov, molotov, plutonio, American imperialism, Alá es Grande.

Colaborador: 
Marcos Eymar
 
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