Hace algún tiempo, un amigo y yo viajábamos en el tren suburbano. Hacía frío; creo que era fin de semana y, por tanto, el vagón estaba relativamente vacío. Nos sentamos en un sillón, quitándonos bufandas, platicando de cualquiera de nuestras casi-siempre irrelevantes charlas sobre la ruta más rápida –medida incluso a nivel de pasos y segundos- hacia la escuela, y mirando por encima el barrio vecino de la Ciudad Universitaria.
Dando un recorrido por el vagón con la vista podían verse algunos africanos que venían de los suburbios, un par de ancianos que probablemente viajaban al norte y algunos jóvenes argelinos escuchando música sin audífonos. Todo eso estaba lejos, pero justo frente a nuestro sillón estaba sentada una chica de nuestro rango de edad –quizá no de nuestro rango de la-chica-a-la-que-puedes-aspirar. En uno de estos arrebatos tímido/valientes que siempre son tímidos, me quedé mirándola. Uno espera que la técnica de contacto visual funcione, pero es muy raro que suceda, porque en realidad no es una técnica y puede ser, incluso, molesto o tonto.
Para mi sorpresa, las cuatro estaciones que compartimos- mi amigo, ella y yo (y todavía algunos argelinos)- fueron un ping pong de mirarla y esquivar su mirada. De esos movimientos nerviosos en los que sabes –o crees que sabes- que no le desagrada que la mires pero no estás seguro de que te esté siguiendo el juego mirándote. Mi amigo se dio cuenta porque, aunque seguíamos platicando de algo, realmente estaba yo en piloto automático con la cortina de la conversación.
Aquí viene el punto bueno, el que hace que toda esta crónica tenga interés mediano, prometo. Lógicamente, no le hablé, ni me dio su correo, ni salimos. Tampoco nos hicimos novios, no la traje a vivir a mi ciudad y –la verdad- es muy complicado que tengamos hijos juntos. Nada.
Siempre he admirado una cosa de mi amigo y es su confianza. Tiene una capacidad inusual para iniciar charlas con extraños (principalmente mujeres de nuestro rango de edad (y del otro rango, también). No se trata de si es bueno con las mujeres o no (como si la especie mujeres fuese uniforme y predecible (léase especie en tono burlón y jamás despreciativo)). Tampoco es importante si, al final, le dan su teléfono, si acaba saliendo con ellas. Eso es mundano, poco trascendental. Hay un punto más profundo, incluso más que el atrevimiento. Es bien cierto que, en una comparación brutal (e innecesaria), puede apreciarse en mí pura cobardía y en él una dosis importante de seguridad. Pero tampoco es el punto, aunque se relaciona.
Cuando bajamos del vagón me dijo una de esas cosas que se guardan en el cajón en el que están cosas que tú no decides y se hospedan ahí para siempre. Después del reclamo por no haberle hablado, aunque sea preguntado su nombre, contesté la defensa típica y mediocre “seguramente no era para mí”. Él dijo que eso es una basura, una mentira que ni siquiera consuela al que la dice. Todo el mundo está de acuerdo, incluso yo. Incluso yo hasta hace poco. Luego me puse a pensar. ¿En verdad? No es que cuestione el hecho de que, mientras más veces intentas, más probabilidades tienes de lograr lo que sea. Estadística pura. Pero ¿en verdad puede aplicarse para todo? ¿Qué tal si existe un orden (que no es determinismo y no es necesariamente Dios avanzando al peón de D2 a D4) especial y natural de las cosas?
Siguiendo con preguntas de difícil respuesta ¿los babuinos tienen también charlas en las que uno reprende al otro por su timidez la primavera pasada? Después de todo, por mucha ropa y accesorios Apple, guardamos una relación fraterna con los animales y somos víctimas, asesinos y consecuencia de la naturaleza. Hay equilibrios, rutinas, sistemas, horarios, fechas, pactos que tiene el mundo (y váyanse más lejos los que quieran subirse al peldaño cósmico) que no sólo no conocemos, sino que –en ocasiones- tachamos de desorden o aleatoriedad.
Muy seguramente el mar tiene su propio fibonacci de las olas que quiere embarrar en la orilla. De manera más precisa, una abeja conoce el perímetro y área del campo que trabaja. Las hojas saben cuándo crecer y cuándo caer y cuándo crujir también. ¿Qué pasa si hay cosas que también tienen su orden y su momento en nuestras vidas aparentemente desnaturalizadas?
Claro que todo esto puede leerse como una defensa infame de mi cobardía, pero no lo es. Me divierte pensar que hay cosas que suceden por rutinas ocultas y milenarias que vienen tatuadas en nuestro cráneo. Que existe una sucesión de movimientos eólicos que hará que un día las pupilas de otra mujer y las mías se crucen sin vehículo y sin pretexto. No se trata –entonces- de dejar que la vida fluya sin que podamos mover un miligramo de lo que tenemos de frente. Todo lo contrario, la combinación de nuestra voluntad y capacidad con la de todo eso que no controlamos, o que pensamos que no controlamos, es inconmensurable, que no inexistente.
No es una ola de casualidades el que esté yo delante de un aparato que puede registrar lo que estoy pensando, pero tampoco soy producto entero de mi voluntad. No sé cuántas veces más me siente frente a alguien que me mira también, y no sé si la próxima pueda hablarle o no, pero sí creo que hay cosas que nos amarran al mundo. Millones de equilibrios que no conocemos, capaces de neutralizar nuestro apetito descubridor, inagotable y destructivo. Hay algo que nos hace infinitamente humanos y que apaga las alarmas de nuestra endémica implosión. Sea lo que sea, qué bueno que es.