El Cuchillo

cuchillo

Llegamos a la fiesta a las siete de la tarde. Mi hijo parecía intimidado y mi esposa estaba ansiosa, lo que atribuí al hambre. Busqué en vano a nuestro anfitrión mientras saludaba a algunos conocidos. En otras ocasiones me habría detenido a conversar y a tomar algo esperando el comienzo del banquete, pero esta noche debía consagrarme a mi hijo para evitar todo malentendido que pudiera arruinar este evento tan importante para él. -Bebe un poco- Le dije. -Despacio- Intervino mi mujer, temiendo que se emborrachara antes del momento crucial. Me instalé confortablemente, retiré mi cuchillo de su vaina y lo puse en el lugar indicado de la mesa. Mi mujer sacó el suyo de su cartera, guardó la vaina, y lo colocó delante de ella sobre la mesa. Era un objeto finamente trabajado, con un mango bellísimo de márfil. -Saca tu cuchillo –Le ordenó a nuestro hijo. Con una mano temblorosa, él sacó lentamente el suyo y lo depositó sobre la mesa. Yo lo había acompañado a comprarlo y habíamos elegido uno ligero, fácil de maniobrar. -Recuerda: Debe estar siempre afilado y listo a servirte en toda ocasión. - Yo... No tengo el coraje de hacerlo. - ¿Como puedes decir eso? Soy mujer y nunca he tenido miedo. - Desconfía de ése-le aconsejé-Es un tramposo. - El hombre vestido de beige- agregó mi mujer señalando con el dedo. Hice servir otro vaso a mi hijo. - Aun si de ahora en adelante formas parte de aquellos que poseen su propia arma, nunca confíes en nadie. - Cuando nos acerquemos al banquete, pon mucha atención, no te alejes de tus padres. - Buenas noches. Mi mujer saludaba a alguien detrás mío y me di vuelta. - Buenas noches. -Si, es mi hijo. Acaba de recibir su autorización para tener su propio cuchillo, hoy mismo. -! Ah, magnifico!..Y bien afilado. -Mi padre lo ha elegido conmigo. -Perfecto, perfecto. Sentado cerca de la barra...Bien jugado. Rió amistosamente y se alejó. -Todo va a salir bien, ya verás. No tienes nada que temer. Nosotros estaremos a tu lado para ayudarte. -No puedo, mamá, es... Asqueroso. Es innoble. -Bebe un poco más, eso te ayudará. De repente las luces bajaron, la gente que estaba parada se acercó a su mesa y el silencio ganó la penumbra. Un spot iluminó el escenario, en el que apareció nuestro anfitrión. Con voz acogedora, casi infantil, gritó: Buenas noches, damas y caballeros, gracias por haber venido, espero disfruten el banquete. Cada uno anudaba su servilleta en la oscuridad y los instrumentos ya se empuñaban con irrefrenable ansiedad. Se oyeron gritos de “bravo” en toda la sala y cuando éstos fueron apagándose, la luz se reanimó. La puerta a la derecha se abrió y todas las miradas se dirigieron hacia ella. Los servidores hicieron entrar una cama rodante en la que reposaba el cuerpo de un joven muchacho, desnudo, a la excepción de la cincha de acero que lo tenía por la cintura, por los brazos y las piernas. Su cabeza estaba enteramente metida en una caja de hierro, soldada a la estructura de la cama. Siguió una cama rodante idéntica a la primera, pero en ésta el cuerpo desnudo era el de una muchacha. -¿Porque le meten la cabeza en una caja de hierro, papá? - Es la ley. Al momento de compartir, no debemos dejarnos enternecer por las miradas suplicantes. A juzgar por los dos cuerpos exhibidos a plena luz, nuestro anfitrión había hecho bien las cosas. Sus formas eran apetitosas. Los habían afeitado y lavado cuidadosamente. La piel de la muchacha era lisa y rosada por la sangre que irrigaba su carne. Verdaderamente no había nada que criticar a un banquete como éste. Los dos cuerpos acostados respiraban bajo la luz, asediados por las miradas hambrientas. -Ha llegado la hora de festejar; los invito a comenzar el ágape y les agradezco su presencia esta noche. - Dijo el hombre, bajándose del escenario. Estas palabras desataron un gran alboroto en la asistencia. -¡Vamos, o ya no quedará nada!- Gritó mi esposa tomando su cuchillo y levantándose. - Yo... Yo no puedo- murmuró nuestro hijo. -¿Qué pasa ahora? –Exclamé de mal humor. -Ven, si no pruebas, no lo sabrás jamás. -No olvides tu cuchillo. Llegué a la barra antes que ellos y sin preocuparme ya de nada, tomé un plato y me dirigí a la cama de la muchacha, buscando un espacio para meterme. Ya le habían cortado los dos senos y la sangre corría en grandes ríos. El cuerpo se sacudía por los espasmos pero no podía soltarse de sus cinchas de acero. Yo elegí un pedazo cerca de las costillas. La carne en esta zona se replegaba y desplegaba resistiendo a la hoja de una manera graciosa. Corté un pedazo y lo puse en mi plato. Alguien atacó la muñeca y la sangre me impregnó el rostro. Me di vuelta, el hombre se disculpó y me mostró la mano que venía de separar del brazo y que se movía todavía, lo que nos hizo estallar en carcajadas. Puso la mano en su plato: -Yo adoro los dedos, son crocantes. -Me dijo con una sonrisa. Miré el cuerpo que descuartizábamos a una velocidad asombrosa en un baile desenfrenado de cuchillos personales. Corté una buena feta de la cadera y la levanté para meterla en mi plato, pero una parte de las viseras venía con ella, llena de sangre. No me gustan las tripas, y considerando que ya tenía suficiente en mi plato, volví a mi mesa. - ¡Tiene un bebé! -Exclamó una mujer, alegre. No me di vuelta. Ya nada me importaba más que la carne de mi plato que llevaba con precaución a la mesa. Mi mujer y mi hijo no habían regresado aún. Le hice una seña al camarero para que desatara mi servilleta, que estaba manchada de sangre. Tomé mi vaso y esperé a mi esposa e hijo, que aparecieron luego de un momento, mi esposa adelante, el plato lleno de carne, me pareció, de huesos tiernos, mi hijo detrás de ella, el rostro descompuesto como si fuera a desmayarse, y con su plato, en el que llevaba solamente un dedo gordo de un pie. -Cretino, ¿es todo lo que traes?- No pude impedirme de gritar, furioso. - Cálmate, es la primera vez -dijo mi esposa. El camarero le desató su servilleta. Con la mano izquierda, pinché mi tenedor en la carne y con la mano derecha sostuve con fuerza mi cuchillo, corté un pedazo, lo llevé a mi boca y mastiqué despacio, para saborear bien. “Tierna, sí, tierna, sin duda lo han engordado mucho tiempo”. -¿Que dices?- Preguntó mi esposa, yo veía bien que ella no escuchaba nada. Su boca estaba roja como un diamante de sangre. -Decía que la carne es muy tierna. -Mmm, sí, sí. Yo me elegí las costillas más tiernas. Quisiera agregar un poco más, ¿Qué piensas tú? - Haz lo que quieras. -Dime, cobarde, ¿por qué no comes? Mi hijo se demoró aun. Lentamente, separó la piel, la levantó, y luego dejo caer su mano. “Adelante, prueba." - Come, te lo pido por última vez. De mala gana, levantó el tenedor con el que había pinchado la piel del dedo y lo llevó a su boca. Ni bien su lengua sintió el gusto, su rostro se transformó, como si viniera de asistir a un milagro. Sus ojos brillaron con una luz feroz. Luego echó una mirada hambrienta al dedo en el plato. Sonreí a mi mujer, que miraba contenta. Mi hijo pinchó el dedo y lo llevó a su boca, entero. Masticaba vorazmente. “¿No te había dicho que era necesario un poco de tiempo?” Me dijo ella, orgullosa. Él devoró la carne, saboreando bien, después escupió uno a uno los huesos completamente pelados. Escupió luego la uña y continuó masticando sin resolverse a tragar y a hacer desaparecer así el gusto. “Te había dicho que no te decepcionaría, ¡y es solamente un dedo!” A manera de respuesta, me miró con una expresión contrariada, como si se arrepintiera de no haberme creído desde el principio, lo que le habría valido conseguir más carne. Sus ojos se nublaron y yo no sabría decir si era debido a los remordimientos o al sabor extraordinario de la comida. Terminó por tragar, como sin quererlo. - Voy a servirme de nuevo- dijo, levantándose. - Demasiado tarde, hijo mío, en estos momentos quedan solamente los huesos. Le di un poco de mi plato y lo miré masticar sin ninguna inquietud. -Mamá, dame un poco más - dijo, de una manera implorante que daba placer escuchar. Lo miré de reojo. Sin duda valoraba la carne que tenía en su plato, pero, con el cuchillo apretado en su mano, miraba fijamente al camarero, de una manera que no dejaba ninguna duda respecto a sus intenciones. Volví a mi plato, corté la carne en fetas finas y recomencé a masticar lentamente, como jefe de familia satisfecho. En homenaje a Chart Korbjitti 24 de Enero 2011

Colaborador: 
Guillermo Bravo
 
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