El día en que fui normal

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 Cuando tenía doce años, mi padre se entusiasmó con la inesperada posibilidad de ser normales. Acababa de regresar de Japón con un entusiasmo febril. Cubrió de regalos la mesa del comedor (diminutos juguetes de plástico, bolsas de té, artesanías sin gran valor pero que revelaban que había pensado en nosotras). “Nosotras” éramos mi madre y yo.

Para darle dimensión teatral a la escena, se puso una yukata, la bata japonesa que acababa de traer del viaje y que no le cerraba a causa de su gran barriga. Yo adoraba su vientre hinchado. Tenía la curvatura exacta para servir de almohada cuando veíamos la tele y siempre estaba tibio.

Él era experto en equipar cocinas para restaurantes. Pasaba el día entero entre guisos de los que nos hablaba durante la cena, teorizando sobre las ventajas del invierno, que abre el apetito, y las bacterias de verano, tan malas para la comida.

En Japón había comido ensalada de aguamala. Yo odiaba las medusas de mar porque me habían picado en Puerto Vallarta, pero él aprovechaba sus viajes para que le gustara lo que nunca le había gustado. Seguramente el aguamala le pareció deliciosa porque su extraño sabor le hizo saber que estaba lejos, experimentando cosas. Según él, sabía a “espaguetis ultrafrescos”.

No era fácil resistirse a la pasión con que volvía a casa, creyendo que podía mejorar algo.

Muchos años después, yo entendería que regresar a casa significa recuperar hábitos. Para él se trataba de una sorpresa. Nunca entendió que una familia es algo que se reitera. Llegaba con ideas fantasiosas; proponía cambios como si rodáramos una película que podía modificarse sobre la marcha antes de llegar a la sala de montaje, donde todo cambiaría otra vez.

Yo disfrutaba sus iniciativas porque transmitían una inesperada sensación de vida abierta, de alternativas que no era necesario utilizar pero resultaba bueno tener.

Años más tarde, sospeché que esos arrebatos sugerían algo incómodo: estaba insatisfecho; el retorno no representaba para él la inmediata recuperación de la dicha, sino un interesante desafío.

Al entregarnos los regalos, bajaba la vista, como si mirara un charco que temía pisar o como si recordara el agua turbia que ya había pisado.

Esta melancolía cortaba por un momento su euforia del regreso. Luego me daba los souvenirs que conseguía en las cocinas del mundo: un diminuto envase de mermelada, un salero cromado, un tenedor para crustáceos. Mi cuarto tenía un rincón que semejaba la fonda de un enana.

Yo integraba entonces un sólido binomio con mi madre. Ella lo quería de un modo absoluto que se expresaba a través de un complejo sistema de temores. Le preocupaba todo lo relacionado con mi padre: sus horarios, su salud, sus viajes, su adorable panza, sus dramáticos ronquidos. Era práctica y resuelta; tomaba un sinfín de decisiones mínimas para mitigar los excesos de mi padre: eliminaba la sal y el pan blanco de nuestra dieta, aprovechaba las ofertas de julio para comprar las esferas del árbol de Navidad. Mientras tanto, él planeaba cambios drásticos que rara vez ocurrían.

Hasta que regresó de Japón y decidió que fuéramos normales.

 

 

Mi padre fue un pionero en la instalación de los focos que mantienen caliente la comida. Nunca olvidaré la noche en que nos llevó a una cafetería de sillones de plástico rojo, naranja y amarillo, con grandes ventanales insonorizados (en la calle, los autos circulaban como peces en un acuario). De pronto, las luces generales se apagaron y sólo permanecieron encendidos unos círculos color ámbar sobre el mostrador, un mostrador largo y sinuoso que recordaba la curvatura de una alberca. Los focos de mi padre. Debajo de cada haz luminoso, un plato echaba humo.

—La comida sigue caliente y el mundo gasta menos energía —me dijo en voz baja, como si preservar la temperatura y salvar el mundo fueran nuestro secreto.

Lo abracé, orgullosa de sus focos de calor. Desde entonces, cada vez que paso a deshoras por una cafetería y veo esas luces que ahorran esfuerzo, recuerdo el día en que toqué su panza, comprendiendo su misión profunda, el mandato que lo hacía diferente y lo obligaba a partir al extranjero para que las sopas del planeta no se enfriaran.

El viaje a Japón fue un momento decisivo en su trayectoria. Obtuvo la representación del sistema térmico más avanzado de la época. Los regalos con que volvió de ahí celebraban ese logro.

Después de ponerse la yukata, me dio una a mí. Mamá estaba a punto de volver a casa y queríamos sorprenderla como sus parientes japoneses.

En eso, el celular de mi padre lanzó su sonido de cafetera con agua hirviendo y salió a la terraza.

Aproveché su ausencia para revisar los regalos, envueltos con una delicadeza que no incitaba abrirlos.

Una bolsa había quedado al pie de una silla. Me asomé a revisarla. Contenía una caja esbelta, decorada con un pez bigotón. No tenía envoltura y pude abrirla: un abanico. Al despegarse, mostraba distintos matices del rojo. En clase de biología habíamos matado una gallina para verla por dentro. Su sangre escurrió sobre una palangana de metal. Me sorprendió que al moverse produjera tantos tonos del rojo. Cuando nos hablaron de la circulación de la sangre, imaginé un color que cambia sin ser otro.

En forma maquinal, escondí el abanico bajo mi yukata y deposité la caja vacía en la bolsa. Cuando mi padre volvió al comedor, vi los mechones que despuntaban en su calva, como las crestas de crema que rematan un pastel. Lo quise más que nunca, tal vez porque acababa de quitarle algo.

Ninguno de los hombres que me han gustado en la vida adulta se ha parecido físicamente a mi padre. Sus cejas revueltas y su panza tibia representaron para mí un excluyente e irrepetible dogma de la masculinidad, la protección y el amor. En todo caso, he buscado hombres que se parezcan a sus regalos, capaces de sorprenderme, hacerme sentir que no los merezco para luego descubrir que se estropean con facilidad o pierden interés. Pero la historia que estoy tratando de contar sucedió antes de que yo supiera que la vida puede interpretarse y en un tiempo tan temprano en el que ni siquiera tenía un pasado.

Al regresar al comedor, me padre cerró su celular como un ostión de plástico. Tomó la bolsa al pie de la silla y la llevó a su estudio. Ese regalo no era para nosotras. Me dio gusto tenerlo en mi bata.

 

 

 

Mi madre lloró de emoción al ver la mesa. Él repartió los regalos, contando historias confusas de cada uno de ellos. Excitado por lo que decía, sintió su habitual ímpetu de cambio. Dijo que en Japón los niños iban a pie a la escuela. Era más sano, más ecológico, más natural. Mi escuela estaba cerca pero por culpa del tráfico tardábamos cuarenta minutos en llegar. A pie, y a buen ritmo, podríamos hacer la mitad de tiempo. A partir del día siguiente, caminaríamos como japoneses.

La idea me pareció fabulosa. La festejé con los saltos que daba entonces y que estaban a punto de parecerme ridículos.

Antes de dormirme, encendí la lámpara del buró para ver el abanico. No lo agité para no producir sombras color sangre.

En la mañana tomé la mochila con la iniciativa de los grandes viajes. Por alguna razón, coloqué el abanico en el bolsillo interior de mi chamarra. No pensaba enseñárselo a mis compañeras, pero no quise desprenderme de él.

Pertenezco a una generación que creció en una ciudad prohibida. Hasta ese momento sólo había ido a pie a la tienda de la esquina y a una placita donde llevábamos al perro. Peligrosa, inabarcable, desconocida, la ciudad se atravesaba en auto.

Esa caminata fue mi primera expedición. El paisaje que sólo había visto desde el coche adquirió un relieve acrecentado. Era como caminar por un libro con ilustraciones en pop-up.

Mi primera dificultad fueron las banquetas. Vivíamos en un barrio arbolado donde las raíces de los fresnos reventaban el asfalto. Había que recorrer con cautela el suelo roto.

Aunque no hacía deporte, mi padre mostró ser experto en la tarea. Daba zancadas sin perder el equilibrio. Su sistema de avance parecía fundarse en la distracción: ignoraba los quiebres y así los superaba.

En cambio, yo puse enorme atención a las irregularidades del terreno; me frenaba a cada rato, perdía el compás de avance, necesitaba hacer pausas. Mi padre insistía en mantener un ritmo sostenido. A los niños les gusta correr o acostarse en el pasto o el suelo fresco; por alguna de sus revueltas ilusiones, él pensaba que yo sería feliz marchando.

Tropecé varias veces. La primera, me hice un raspón en la rodilla y el abanico se me encajó en la axila. Temí que se hubiera roto, pero no me atreví a revisarlo en presencia de mi padre. En la segunda caída me torcí el tobillo y tuvimos que ir más despacio. Luego pisé un charco y se me mojó un calcetín. Me quedó una mancha desdichada. Mis amigas se iban a burlar de mí. Siempre me decían que estaba sucia.

El aire de la mañana, frío y contaminado, me raspaba la garganta. Perdí el aliento y respiré por la boca. Padecía de anginas y ya podía sentir los puntos de pus que me saldrían en la laringe.

Durante un tiempo indefinido caminamos sin que una iglesia dejara de estar a la misma distancia. Éramos como astronautas en la luna.

—Si sólo ves el piso avanzas más rápido —dijo mi padre.

Me concentré en el pavimento despedazado hasta que él me apretó la mano con fuerza insólita. Nos detuvimos en seco.

—¿Ya volviste, José? —dijo una mujer.

Aquella voz pertenecía a una señora de ojos negros, borrosos (aunque luego me pareció que sólo eran borrosos cuando lo miraban a él). El pelo le cubría una parte de la cara. Un pelo denso, como una tela. Sonrió, mirando el piso. Parecía contenta de un modo triste (en ella eso no era contradictorio). Me acarició la nuca, pero no sentí sus dedos. Era alta y llevaba zapatos de tacón cuadrado. Unos zapatos únicos, hechos con un plástico brillante. El suelo roto no la afectaba. Siguió su camino, como si flotara.

—¿Quién es? —pregunté.

—Una señora que no conoces —respondió con misteriosa obviedad.

A lo lejos, un hombre empujaba una carretela. Avanzaba muy despacio, como si nada existiera en derredor.

Entendí que las personas que caminaban por la ciudad estaban muertas. Sólo los coches llevaban gente viva. Los peatones tenían un aire de almas en pena, esforzadas en alcanzar el más allá.

Mi padre me había hablado de La dimensión desconocida, el programa favorito de su infancia. Le gustaba contar episodios de zombis y personas abducidas a otra realidad. Hablaba mirando el techo, como si estuviera en trance y las ideas le llegaran del espacio exterior. Mientras tanto, sus manos hacían bolitas de migajón. En ese momento sonreía de un modo vago, descolocado. Las bolitas de migajón quedaban sobre la mesa, como señas de desaparecidos.

Comprendí que nuestro barrio era como la televisión de su infancia, una realidad aparte, que te podía chupar. Al proponer que fuéramos normales proponía que entráramos a la dimensión desconocida.

Llegamos tarde a la escuela. Yo estaba agotada, la rodilla me ardía, mi calcetín mojado seguía gris, mis amigas me llamarían “marrana” el día entero. La portera escribió un aviso en mi cuaderno (a los tres, te obligaban a pasar una tarde de castigo en la biblioteca).

Lo peor no fue eso sino la cara de mi padre. Me vio como si yo fuera un espejo de su decepción.

—Perdóname –dijo—: No somos japoneses.

Por la tarde, mi madre preguntó cómo nos había ido.  

—Bien —contesté sin ganas.

—¿Pasó algo?

Pensé en la mujer que habíamos encontrado. Me pareció aún más pálida en el recuerdo. Sentí el filo del abanico en mi axila, un filo inquietante, y no dije nada.

 

 

 

Mi padre solía dar largas caminatas. Mamá lo alentaba porque era su único ejercicio. A partir de la excursión a la escuela, entendí que él vivía en dos sitios a la vez. Estaba con nosotras, en el mundo real conectado por automóviles, y llevaba otra vida fantasma en la tierra de los peatones, donde una mujer alta, delgada, de ojos borrosos, lo tomaba de la mano, le decía José y no pronunciaba nada más.

Me pareció obvio que el abanico era para ella. Sus pálidas mejillas recibirían un aire color rojo, semejante a una transfusión. 

Esa noche soñé que mi padre colocaba a la desconocida bajo un inmenso foco tibio. Ella sonreía, plácida, reconfortada. Llevaba puesta una yukata idéntica a la mía, pero con garzas que volaban en círculos sin abandonar la tela.

 

 

 

Estaba por cumplir doce años y mi madre me prevenía sobre la posibilidad de que me saliera sangre de la vagina.

—Es normal —decía con una voz que no era normal.

Una tarde, la oí hablar por teléfono con una amiga. Con voz de alarma opinaba sobre los alimentos: “Los huevos... todo lo que viene en lata… y la carne congelada”. No hubiera prestado mayor atención de no ser por una palabra extraña: “hormonas”.

Reconstruí la frase: los huevos, las conservas, la carne congelada tenían hormonas.

—Por eso a las niñas ahora les baja más rápido —añadió.

Le preocupaba que la regla me bajara demasiado pronto.

Mi padre jamás hablaba del cuerpo. Proponía cambiar los muebles, vivir en Hawai o que fuéramos japoneses. Sus preocupaciones no incluían el organismo. No pensaba que un filete pudiera hacer daño. Instalaba focos ambarinos sin pensar en otra consecuencia que la temperatura. Ese halo de calor creaba un mundo paralelo, la dimensión desconocida de los sabores, la zona fantasma en la que era feliz.

La caminata a la escuela acabó por ser un fracaso estimulante; desgarró un filtro que me separaba de la realidad; me impulsó a saber más con el delicioso temor de que eso me perjudicara. Decidí espiar a mi padre en su siguiente paseo por el barrio.

Llevé conmigo el abanico. Ese regalo omitido en la mesa del comedor, que por azar estaba en mi poder, parecía conectado con lo que ocurría en las calles de los fantasmas.

Concebí una fantasía que me lastimaba y me gustaba, parecida a la irresistible tentación de arrancarme un pellejito de la uña. Pensé que mi padre tenía otra familia, con hijos espectrales. Si lo espiaba, conocería sus rostros blancos de niños muertos. No tenía celos de mis posibles medios hermanos. Eran zombis que hacían que mi padre prefiriera volver con nosotras.

Salí detrás de él y lo vi caminar a la distancia, agitando sus llaves (¿alguna de ellas abriría la puerta de otra casa?). Confirmé su habilidad de excursionista de banquetas, la gracia con que sorteaba baches y anfractuosidades sin bajar la vista, el impulso de meta definida, perfectamente segura, con que daba cada paso.

Me fui rezagando, me resbalé, sentí ganas de vomitar y un sabor acre me subió a la boca. Había comido chocolate, pero mi paladar se cubrió de un regusto amargo, como si el dulce se hubiera transformado en su contrario.

Cuando alcé la vista, mi padre no estaba ahí. Corrí hasta la siguiente esquina, esperando que el ruido de un cerrojo o de una puerta delataran su destino. No distinguí pista alguna. Lo habían abducido.

En la acera, un espectro boleaba veinte pares de zapatos. Me encontraba en la región donde los muertos caminaban. Era lógico que su calzado se gastara.

A unos cuantos metros nacía una calle empedrada. Caminé por ahí, buscando algún rastro de mi padre. Entré en un pueblito repentino, oculto en la ciudad, ajeno a toda sensación de amplitud. Vi una rotonda con un pozo. Quise asomarme al agua pero la boca había sido cancelada: dos gruesos tablones la tapaban; en las grietas de la madera crecían plantas diminutas.

Alcé la vista: un arco de buganvillas señalaba la entrada a otro callejón. Seguí por ahí hasta que la preocupación pudo más que mi afán de búsqueda. Estaba perdida.

Vi una pequeña tienda, con forma de gruta. Ofrecía pan dulce pero no era una panadería. Una anciana me encaró sin abrir los ojos. Le pregunté por mi calle. No la conocía. Los fantasmas no se enteran de nada.

Volví por donde había llegado y caminé en círculos o en espirales porque di vueltas y vueltas sin encontrar una calle con coches. Estaba en un pueblo extraviado, un barrio zombi.

Los pies me dolían, la vista se me nublaba por el sudor. Recordé que llevaba el abanico, pero no me atreví a agitar su color sangre.

¿Dónde estaría mi padre? ¿Visitaba a los muertos de su otra familia? Por primera vez pensé que ellos podían ser más felices que yo. Conocían el laberinto, podían entrar y salir de ahí.

Todo era tan confuso que me dio miedo seguir andando. Me senté en el quicio de una puerta. Al cabo de unos minutos un hombre llegó en una bicicleta. Era un cartero. ¡Debía conocer mi casa! Le dije dónde vivía. Se quitó la gorra, puso el dorso de la mano en su frente, como si quisiera establecer un contacto táctil con una idea, alzó la vista y dijo:

—Újule.

Me explicó que mi calle no le correspondía. Le pedí que me llevara con él.

—¿Adónde?

—Adonde sea.

Me sentó sobre el saco de cartas y avanzamos a tumbos. Las nalgas me dolieron de inmediato. En cambio, él se golpeaba a gusto; incluso silbaba una canción.

Después de muchos rebotes volví a la glorieta del pozo cancelado. Sobre los tablones de madera, vi a mamá. Lo único que se movía en su cuerpo eran las lágrimas. Lloraba como una estatua de la desgracia. Sumida en el desconsuelo, tardó en reconocerme.

En sus momentos libres pintaba acuarelas. Esa tarde tenía un pulgar morado y otro amarillo.

Me miró con lastimada lentitud, como una loca que poco a poco recobra la lucidez, y le gritó al cartero:

—¡Toque su silbato!

El cartero subió a los tablones y sopló su silbato, como una estatua de la esperanza.

Mi padre llegó al poco tiempo, atraído por el silbato. Mamá y yo estábamos abrazadas. Ella no dejaba de llorar:

—Te quiero mucho —decía.

No me regañó ni me preguntó qué hacía en la calle. Fue mi padre quien quiso saberlo.

—Buscaba a papá —dije, viéndola a ella.

Él se sintió culpable por haberme llevado a pie a la escuela y quizá también por todos los viajes que hacía sin nosotras. La delirante energía con que regresaba a casa y lo impulsaba a concebir proyectos irrealizables, me había convertido en vagabunda.

—Perdón —le dijo a mi madre.

 

 

 

El paseo de mi padre había durado media hora y yo llevaba dos perdida. Si él sólo salía media hora, no podía tener otra familia (aunque luego pensé que en la dimensión desconocida el tiempo dura más).

Esa noche mis padres se pelearon como nunca lo habían hecho. Ella gritó:

—¡En esta ciudad tenemos que vivir como presos, no como japoneses!

A los doce años, yo conocía perfectamente el método para tranquilizar a mamá. Había que pedirle un perdón irrestricto. Defenderse de su ira resultaba inútil. Dos días después, estaría dispuesta a aceptar excusas, motivos, pretextos, y cocinaría macarrones como una forma de pedir perdón.

Pero mi padre parecía no haber vivido en esa casa. Ignoraba el método. Con el fanatismo de un abducido, dijo:

—No podemos entregar la ciudad

Quiso hablar como un ateniense ante una invasión bárbara y sólo logró parecer estúpido. Lo que siguió fue el vendaval, la furia de mi madre, una andanada sin sosiego, competente, invencible. Alzó las manos para enmarcar sus insultos con su pulgar morado y su pulgar amarillo. Mi padre fue tratado como un vendedor de focos. Pidió perdón cuando ya era demasiado tarde y eso sólo lo humillaba.

Al día siguiente bajé a desayunar y lo encontré acostado en el sofá de la sala, con las ropas del día anterior. Se puso los lentes y fue como si no le hicieran efecto. Su mundo estaba fuera de foco. Alzó la mano con el saludo cherokee que aprendió en otro programa de su infancia.

En ese momento le hubiera hecho bien que la señora pálida le dijera “José” y le arreglara los mechones en su cabeza. Al pensar eso sentí pánico. Era terrible que la desconocida pudiera ser necesaria en mi propia casa.

Decidí rendir el abanico. Mientras mi padre se lavaba la cara en el baño de visitas, puse el regalo sobre el plato de mamá.

Ella bajó a desayunar con el rostro de quien ha sufrido más por lo que dijo que por lo que le dijeron:

—¿Y esto? —preguntó.

—Papá lo trajo —expliqué.

Cuando él llegó a la mesa, ella lloraba, ahora de felicidad. Mi padre intuyó de inmediato lo que sucedía (no dormir lo volvía más listo):

—Lo tenía guardado para tu cumpleaños —comentó.

La idea de que mi padre reservara otro regalo después de todos los que había dado, hizo que ella se sintiera maravillosamente injusta.

Lo besó en la frente, le pidió disculpas por su carácter de “musaraña, horrible musaraña”. Aclaró, con más palabras de las necesarias, que había estado nerviosa por mi primer extravío en la ciudad. Luego propuso salir a cenar esa misma noche:

—¡A un japonés! —exclamó con entusiasmo de reconciliación.

Había leído en un blog cosas geniales de un restaurante recién inaugurado en la otra punta de la ciudad.

Mi padre sonrió de un modo suave, viendo el piso, con los dedos entrelazados, como un monje que reza por el mundo.

¿En verdad pensaba darle a ella el abanico? Si era así, eso me convertía en una desgraciada por arrebatarle la sorpresa. Pero había otras posibilidades. Tal vez era más astuto de lo que suponíamos e inventaba cosas sobre la marcha para no delatar que tenía otra familia en la tierra de los muertos vivientes. Esta segunda hipótesis me pareció más probable cuando supe que no me llevarían al restaurante japonés.

El gusto de que se reconciliaran desembocó en una sensación de injusticia. Yo había puesto el abanico sobre el plato; intervine en su favor, pero quedé fuera de su dicha, con el pretexto de que al día siguiente había escuela. Además, la reconciliación tuvo otra consecuencia dramática: esa noche me cuidaría Karla.

Mis padres sabían que en mi escala del oprobio Karla ocupaba el sitio de honor. No reformulo ahora lo que pensaba entonces. A los doce años conocía el significado de la palabra “oprobio” porque existía mi prima.

Nunca la oí hablar bien de nadie. Karla era un acumulador de desprecio. Se había robado varios de mis peluches, oía música a todo volumen cuando yo trataba de dormir, le decía a mis padres que me comía los chocolates que ella devoraba, se pintaba las uñas con un líquido pestilente que embarraba en mis cuadernos. Ellos insistían en contratarla como niñera porque mis tíos se estaban divorciando, la escuela la había expulsado, tenía los dientes amarillos y nadie le hacía caso. Como nosotros éramos privilegiados, yo debía soportarla para que algún día dejara de robarse cosas.

Mi recompensa por unir a mis padres fue una tortura. Esa noche Karla criticó mi cuerpo, que no acababa de formarse:

—Tus bubis parecen limones chupados.

Su amargura abarcaba a la especie entera: todas las mujeres de todos los tiempos habían tenido, tenían y tendrían bubis horribles. Aun así, me sentí personalmente atacada.

Se preparó un chocolate caliente y derramó un chorro sobre mi conejo Peter, con el calculado aire ausente de quien lo hace adrede. Luego me encerró en el baño de mis padres, donde yo había ido a lavarme los dientes con su cepillo eléctrico.

Pateé la puerta sin resultado alguno. Por hacer algo, abrí el botiquín y vi las pastillas que mamá tomaba para dormir. Mientras ellos comían comida japonesa, yo estaba presa. Con fría objetividad, decidí envenenarlos.

Sabía que Dios observa todos nuestros actos. Si me veía hurtando los somníferos, me castigaría. Entonces fui tocada por una inspiración: Dios era omnipresente pero nadie me había dicho que se acordara de todo. Alineé seis frascos de pastillas; tomé los somníferos y los pasé de un envase a otro. Al final quedaron en uno de vitaminas. Dios me vio hacer eso. ¿Recordaría para qué eran las pastillas que habían pasado por seis frascos y ahora estaban en el de las vitaminas? Seguramente no. Dios tenía otras cosas en que pensar.

Me sentí imbuida de un poder enorme.

Cuando Karla me dejó salir, regañándome por no estar ya dormida, fui a la cocina. Puse leche en la licuadora, agregué los somníferos, los molí y repartí la mezcla en los vasos que mis padres bebían antes de acostarse.

Apagué las luces. En el pasillo choqué con Karla.

—¡A dormir! —gritó y siguió rumbo a la cocina.

Una de sus conductas más molestas era el soliloquio. Su iPod le impedía oírme, pero hablaba consigo misma. Si veía un tenedor, decía: “Tenedor, tenedorcito”, como una anormal que no puede mirar sin describir.

Al entrar en la cocina dijo:

—Leche, lechita.

Una imagen cristalizó en mi mente: Karla bebería el veneno. Sentí un hueco en el estómago. No pensaba matar a alguien despreciable como mi prima. ¡Quería matar a las personas que adoraba! Corrí a la cocina. Karla apenas alcanzó a tomar un trago de leche. Choqué con ella, derramando el líquido asesino en mi piyama.

Me insultó, pero no por mucho tiempo. Iba por la séptima grosería cuando sus labios se relajaron. Se desplomó agradablemente en un sofá. Roncó hasta el día siguiente.

Mientras Karla se desvanecía, yo desperté. No me refiero a que antes estuviera dormida, sino a la profunda ofuscación que padecí, el adormecimiento de los sentidos en el que creí engañar a Dios mientras me perjudicaba a mí misma. Estuve a punto de destruir a los seres que más necesitaba. Mi padre me había hablado de los kamikazes. La palabra quería decir “viento sagrado”. Esos pilotos habían ofrendado su vida por el emperador. Yo era una kamikaze emocional, que se dañaba por gusto. Nunca nadie conocería ese instante, pero la condena de mi crimen secreto sería acordarme de él. ¿Por eso los japoneses se hacían el harakiri?

Arrojé el resto de la leche en el fregadero, con suficiente lentitud para que Dios tomara nota de ese acto.

Fui al baño de mis padres. Tiré todas las pastillas al inodoro porque no recordaba el orden en el que las había cambiado de frascos. Seguramente valían una fortuna, pero consideré que mis padres sí merecían ese castigo.

Al día siguiente culpé a Karla de la desaparición de las medicinas (ella seguía noqueada en el sofá y nada parecía tan lógico como que tuviera una conducta errática con los barbitúricos; además, eso explicaba sus cuatro coletas en el pelo y su tatuaje de queso gruyere con dos ratones).

Mi madre estaba feliz por un regalo que acaso no era para ella y Karla impidió, sin darse cuenta, que yo asesinara a quienes más quería. ¿Era eso normal? No, no lo era. Lo supe cuando sentí un líquido tibio en la entrepierna. La comida con hormonas producía eso. Había dejado de ser niña en un mundo adulterado.

 

 

 

Tal vez de un modo inocente, semibudista, supuse que si mataba a mis padres ellos ingresarían, blancos y eternos, a la ciudad paralela de los zombis o tal vez todo tuvo que ver con mis alteraciones hormonales.

¿Quién era yo? ¿En qué me convertía? Hasta unos meses atrás, los peluches, los juegos, las amigas bastaban para encapsularme en un sueño irreal.

¿En verdad mi padre reservaba el abanico para el cumpleaños de mamá? Faltaban meses para eso. ¿Qué significaba el rojo para ellos? ¿Podía ser tan importante como para la mujer fantasma?

Me entristeció que esa señora joven, de ojos buenos (ahora me parecían así) esperara algo que mi padre no iba a darle.

A los pocos días mamá se quejó de no encontrar un suéter. Pensé que él se lo había llevado a su amiga, a la que imaginé muerta de frío. Pero el enredo de estambre color crema apareció en el coche, debajo de un asiento. Todo encontraba un acomodo inesperado.

Mi padre suspendió sus caminatas para no darme mal ejemplo. Ahora hacía curiosas calistenias. La gracia con que sorteaba baches callejeros no lo acompañaba en otros ejercicios. Perdía el equilibro al hacer sentadillas. Se volvió común verlo tirado en el pasillo.

Un día le pregunté:

—¿La vas a dejar?

No había planeado esa pregunta. Se me impuso como un efecto retrasado de lo que vivíamos desde nuestra fallida caminata.

—¿De qué hablas? —se quitó los lentes.

—De la señora que vimos cuando caminamos a la escuela. La señora de cara blanca.

Esbozó una sonrisa, buscando ser cómplice de una broma. Aguardó que yo dijera algo más. Como eso no ocurrió, puso sus codos en la mesa del comedor y se llevó las manos a las sienes:

—¿De qué hablas? —insistió con gravedad.

Le recordé lo ocurrido, con el mayor detalle posible.

Me tocó la frente, pensado que tenía fiebre. Repasó el recorrido de aquel día con minucia de instalador de focos. Habló de mis caídas, el calcetín mojado, la portera que me puso un retardo, la triste despedida en la reja de la escuela. La mujer no estaba ahí. Nunca había estado.

—¿De veras viste algo? —me miró con miedo.

Algo se condensó en ese momento, algo que tardaría años en explicar y me obligaría a volver una y otra vez a la sala de la casa donde mi padre se frotaba las sienes mientras yo descubría una absurda cáscara de naranja bajo un sillón (¿cómo había llegado ahí?, ¿sólo yo la veía?, ¿se trataba del fantasma de una cáscara?). La vida tenía esas extrañas coincidencias: algo no debía estar ahí, pero estaba ahí.

Hasta el día en que mi padre propuso que fuéramos normales, yo creía que los fantasmas venían del pasado. Eran muertos que salían del más allá. Sin embargo, cuando le hablé de la mujer de pelo negro, me miró como si yo fuera una aparecida. Entonces advertí otra posibilidad: los fantasmas estaban en el futuro, eran las personas, todavía aplazadas, en las que nos íbamos a convertir.

Recompuse mi imagen mental de la mujer: esa señora pálida que quería a mi padre tenía mis ojos. Lo trataba con confianza, pero al mismo tiempo parecía fuera de lugar. En su semblante se mezclaba el gusto de verlo y la tristeza de que él no la viera. Le decía “José”, como yo le decía a veces para sorprenderlo.

La había visto caminar sobre el empedrado como si flotara, montada en sus tacones extraños. Comprendí que sus zapatos estaban hechos de un plástico que aún no se inventaba.

Nos habíamos encontrado con la mujer que yo sería. Mi padre no la percibió porque ella estaba en otra época, una época que a él no le correspondía. Cuando ella me tocó no sentí sus dedos porque se trataba de una proyección de mí misma.

La ciudad lenta, que sólo unos cuantos recorrían a pie, era el sitio donde vivían las personas en las que nos íbamos a convertir. Tal vez incluso hubiera más de un doble para cada quien y una anciana entibiara el té cerca de ahí, el té que yo bebería en mis últimos años. ¿Habría una posibilidad de descartar esos futuros desde el presente? ¿Podría envenenar a esa anciana para no llegar a ser ella?

Una extraña tranquilidad se apoderó de mi mente: distintos tipos de muertos venían del porvenir para que seleccionáramos con cuáles nos quedaríamos. No me disgustó la posibilidad de convertirme en la mujer delgada de los tacones cuadrados, cuya palidez no se debía a haber perdido sangre sino a que aún no le llegaba. En el futuro, ella podría ruborizarse.

Mi padre me vio con ojos vacíos, ojos que yo debía llenar.

Un último golpe de realismo me llevó a otras especulaciones. ¿Él conocía a la mujer y lo negaba? Tal vez ella tenía esos zapatos raros porque él se los había traído de Japón.

—¿El abanico era para mamá? —pregunté.

—Claro, se lo iba a dar en su cumpleaños, necesito calmarla con regalos.

—¿Por qué necesitas calmarla?

—Le gusta que sea detallista.

—¿Por qué?

La conversación lo puso nervioso. Contestó mientras se pellizcaba un dedo:

—Porque así es la vida. Ella espera que le dé cosas.

Lo ojos se le humedecieron cuando dijo:

—No debimos caminar a la escuela. Perdóname.

En ese momento llegó mi madre. Había ido de compras y llegó acompañada del ruido, áspero y lujoso, de numerosas bolsas de papel que chocaban entre sí.

—¡Estoy muerta! —sonrió.

Fue a dejar las bolsas a su cuarto.

Entonces quise decirle a mi padre: “No quiero que tengas otra familia de fantasmas, no quiero que tengas hijos con gente muerta”.

En vez de eso, comencé a llorar. Me dio miedo que mi padre tuviera otra familia, pero también que no me reconociera en el futuro, cuando yo llevara esos zapatos que aún no se inventaban.

Me acarició sin decir nada más, con sus manos tibias, y agradecí su maravillosa habilidad para no encontrar palabras.

 

 

 

Muchos años después viajé a Japón. Entré en un inmenso almacén de Shibuya y busqué los zapatos de tacón cuadrado. No los tenían. Fui a una tienda en el piso 36 de un rascacielos, especializada en calzado plástico de diseño. Me atendió un japonés delgadísimo, vestido enteramente de negro. Llevaba una melena de Beatle que parecía cortada con vidrio. Le hablé de la forma, la textura, el color, la peculiaridad de los tacones, de su maravillosa utilidad en terrenos pedregosos. Él asentía con atención, como si ya los hubiera visto. Durante más de una hora revisamos catálogos. Fue en vano. Le pedí disculpas por la pérdida de tiempo. “They are possible”, dijo con cortesía para mitigar mi sentimiento de culpa. “But not now”, agregó.

Había viajado a Japón con un hombre al que creía adorar. Esa noche, mientras cenábamos, le conté de la caminata al colegio y la región de los fantasmas. Había sido una época de descubrimientos, incertidumbres, falsos abandonos. Omití el detalle de la sangre bajando por mi pierna porque él tenía una fobia a la menstruación que le costaba trabajo aceptar.

—¿Cómo te puedes acordar de tantas cosas? —fue su soso comentario.

Recordé algo más: en mi acomodaticia religiosidad de entonces, Dios era omnipresente pero tenía mala memoria. En eso se parecía a mi padre. Con razón mamá deseaba que fuera detallista.

El hombre con el que fui a Japón vivía exclusivamente en el presente. Masticaba con fuerza excesiva, como si comiera carne de caballo y no sushi. Alguien atractivo e intrascendente. Supe que nos separaríamos pronto, sin que eso resultara un drama.

Nunca sabré a ciencia cierta lo que mi padre descubrió en Japón ni el impulso con el que volvió a casa, dispuesto a que camináramos muy lejos.

Un agradable desconcierto ganó peso en el restaurante donde yo rememoraba mi vida ante un hombre guapo al que eso no le interesaba.

Había dejado de creer en la ciudad secreta, perdida dentro de mi barrio, en la capacidad de mi padre de modificar la vida como una película en proceso, pero mis recuerdos dependían de eso, como el aura de calor que preserva un guiso.

 

 

 

Atesoré el encuentro con la mujer en la calle de mi infancia como una escena que requería de renovado análisis, hasta una tarde en que la reviví desde otra perspectiva. Ahora yo era la mujer madura que miraba a una niña tomada de la mano de su padre. Advertí, por vez primera, el gesto infantil que se esforzaba en ser maduro, la distancia que ella procuraba establecer con su padre, como si esa compañía ya le sobrara un poco y comenzara a parecerle absurda.

Repasé la pregunta: “¿Ya volviste, José?”. La frase no se refería a Japón, sino al regreso a ese recuerdo.

Me dio tristeza ver a mi padre ante la niña que no podía ni quería ser protegida por él. Entendí lo que ambos perdimos aquel día en que nos maltratamos tratando de querernos.

Era el momento de caminar en sentido contrario, hacia otro tiempo.

Recordé el abanico rojo. Hubiera querido pedírselo a la niña, pero no podía modificar la escena donde mi padre se despedía con su ademán cherokee.

Para salir por completo de ese tiempo me hacen falta los zapatos de la mujer.

They are possible”, dijo el vendedor japonés.

Existen, pero están en el futuro.

 


*Este cuento será publicado a final de año en el libro El Apocalipsis (todo incluido) por editorial Almadía.

Colaborador: 
Juan Villoro
 
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