Cascadas coloridas de delirio
derriten la mirada
en lo que ya nunca más será.
Sólo las sombras hablan en silencio,
se pliegan entre los escalofríos de la memoria.
El tiempo centellea y
la luz parece querer extinguirse para siempre.
La noche y la muerte,
la ausencia de hombres
en la oscuridad eterna.
Formas inexistentes, creaciones del tacto,
todas las siluetas contenidas en la cortina inmóvil.
Bailan, se burlan de los seres estáticos,
dibujan la evidencia de
que existe algo detrás de las palabras.
Los lugares no nos olvidan.
Ahí miramos aquella ráfaga de afonía
y encontramos los trazos lóbregos
de lo que alguna vez fuimos.