El striptease de la barbarie

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Todo colaborador de una revista seria (y Los Hijos de la Malinche desde luego lo es) está en la obligación de citar tarde o temprano la inevitable pregunta de Adorno: “¿Se puede escribir poesía después de Auswitch?”. Yo mismo, ahora que acabo de cumplir con mi deber, me siento más tranquilo, aureolado de una nueva respetabilidad, como si acabaran de nombrarme catedrático. Aunque lo cierto es  que no termino de entender el prestigio de esa cita. Porque no: “¿Se puede vivir después de Auswitch?” o “¿Se puede usar el gas después de Auswitch?” o, mejor aún, “¿Se puede hacer ciencia después de Auswitch?”. Al fin y al cabo, lo que exterminó a millones de inocentes no fueron los versos de un puñado de vates hambrientos, sino las metralletas, las bombas y el gas letal recién salidos de los laboratorios del III Reich. Quizás la imposibilidad de escribir poesía se deba precisamente al carácter inofensivo de esta actividad; en la época implacable que se abrió con Hitler toda actividad que no tenga el potencial de provocar miles de muertos resulta irrelevante y anacrónica.

                Lo cual me recuerda que, antes de decidir que ya iba siendo hora de citar a Adorno, pensaba escribir algo sobre los expertos. No sobre los ingenieros, físicos y matemáticos que construyeron los trenes y las pistolas made in Germany, eficaz medio de transporte de millones de judíos a las fosas comunes, sino sobre los sociólogos, antropólogos, etnólogos y economistas (¿por qué no “economólogos”?) que realizaron un trabajo más discreto pero igual de decisivo. Cuando Adolph y su banda de psicópatas se hace con el poder en Alemania ya existía toda una literatura académica, perfectamente rigurosa, científica y objetiva que, mediante criterios irrefutables como el índice encefálico inventado por el sueco Anders Retzius, demostraba, en palabras del conde, embajador y ministro Gobineau que “las dos variedades inferiores de nuestra especie, la raza negra y la raza amarilla, son el fondo grosero, el algodón y la lana que las familias secundarias de la raza blanca flexibilizan con su seda mientras que el grupo ario, haciendo circular sus hilos a través de las generaciones ennoblecidas, aplica a la superficie, como una deslumbrante obra maestra, sus arabescos dorados”.

                ¿Cómo se me ocurrió escribir algo sobre el tema? Mientras preparaba un curso sobre la sociedad latinoamericana, me topé en internet con un artículo publicado por el Banco Mundial y titulado “Un balance de la violencia en América Latina: los costos y las acciones para la prevención”. El trabajo parecía totalmente inocuo. La autora defendía la tesis revolucionaria de que la violencia en América Latina era un problema y de que los gobiernos debían hacer algo para intentar solucionarlo. Sin embargo, tras la fachada de political correctness, podían leerse frases como las siguientes: “Todo tipo de violencia acarrea altos costos económicos y sociales porque frena el desarrollo. En el plano microeconómico, reduce la formación de capital humano porque induce a algunos individuos a desarrollar habilidades criminales, en vez de educativas; también disuade a algunas personas a estudiar de noche por miedo al crimen violento. En el plano macroeconómico, reduce la inversión extranjera y la nacional; también puede reducir el ahorro nacional si la gente tiene menos confianza en las posibilidades de crecimiento futuro del país.” Y por si esta pérdida de riqueza debida a la violencia no fuera suficientemente dramática la experta añadía: “El abuso afecta el rendimiento de los niños en el colegio y, por lo tanto, su productividad futura y la rentabilidad de la inversión del Estado en educación. Las mujeres que sufren violencia doméstica son menos productivas en sus lugares de trabajo y esta reducción de su productividad es una pérdida directa para la producción nacional.

                Me di cuenta con pavor de que reflexiones semejantes se han banalizado en los últimos años. Cuando una catástrofe natural como el reciente tifón Haiyan devasta un país, se insiste casi tanto en los terribles daños económicos como en el número de víctimas – ¿o debería decir de “individuos productivos”?. Para decidir sobre la legitimidad de la emigración se publican estudios que evalúan cuánto dinero cuestan y cuánto aportan los extranjeros; para justificar las políticas antitabaco se alude a la carga que los tratamientos contra el cáncer de pulmón suponen para las arcas públicas y que podrían destinarse a sectores más rentables; académicos bienintencionados defienden la cultura con el argumento de que genera un importante valor añadido – de hecho hace unos años un informe oficial cifraba en un 15% el aporte del castellano al PIB de España; se anima a salvar la Amazonia señalando lo importante que es la biodiversidad para el progreso de la industria farmacéutica y turística.

                Lo de menos es que estos trabajos, generosamente subvencionados por agencias oficiales, pretendan defender la paz, la prosperidad, la cultura, la ecología y otras palabras tan rimbombantes como vacías. Lo grave es que, bajo esa fachada de respetabilidad, se está inoculando, consciente o inconscientemente, la idea de que la rentabilidad económica constituye el único criterio de acción política y social. De la idea (falsa) de que la economía siempre da razón a la ética se pasa inadvertidamente a la idea (aterradora) de que la única razón de la ética es la economía. Si aceptamos la idea de que la emigración es buena porque da dinero, ¿qué pasará el día en que otros economistas igual de objetivos y desapasionados demuestren lo contrario? Quizás dentro de unos años el Banco Mundial publique un nuevo informe en el que  imitará sin saberlo a Swift y a su “Una modesta proposición para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una
carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público”. Frente al fracaso de las políticas públicas contra la violencia, y al costo inaceptable que estas suponen: ¿por qué no aplicar la pena de muerte no ya a los criminales, sino también a sus víctimas, las cuales, por culpa del traumatismo sufrido, nunca van a alcanzar los niveles de productividad requeridos y en cambio consumen cuantiosas ayudas del Estado? Quizás algún estudio futuro analice con detenimiento el impacto positivo que la ejecución sistemática de mujeres y de niños maltratados tendría sobre la evolución del PIB nacional.

                Muchas veces la barbarie aparece desnuda de golpe: crímenes, torturas o violaciones de marginados o psicópatas. Otras, en cambio, le gusta practicar un lento striptease de décadas. Empieza vestida de manera tan irreprochable como un dirigente de empresa o un presidente de universidad, y se va despojando de la ropa tan despacio que nadie se da cuenta de ello hasta que es demasiado tarde. Creo que de algo de esto, aunque de manera mucho más seria, hablaba el propio Adorno en su Dialéctica de la ilustración. No lo sé muy bien, porque de Adorno conozco poco además de la tan manoseada cita. Pronto no se conocerá ni eso. El gobierno de España acaba de suprimir la asignatura obligatoria de filosofía en el bachillerato a favor de asignaturas más “instrumentales”. La barbarie empieza a quitarse la corbata.

Colaborador: 
Marcos Eymar
 
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