El tiempo y la soledad

santiago

Llueve todo el día. Decido tomarme el día libre y me quedo entre las caricias del poliéster de las sábanas en una habitación completamente blanca. Leo. Duermo. Leo. Meo. Duermo.

Tiempo

La mañana inicia en un bed & breakfast. Decidí no quedarme en hostal, no era lo que necesitaba. La ciudad de Santiago siempre me ha atraído, su historia, la mía con una mujer oriunda, su hermetismo. Ésta no es solo una visita turística o exploratoria, es refrescar acentos, idiosincrasias, unas manos delgadas, su pelo rebelde, sus ojos de luna menguante.

 

Creo que me tumbó el recuerdo y la altura, como si el pensar en un amor pasado, aunado a la falta de oxígeno, aumentara el peso de mis carnes. Siento que éste es el inicio de mi viaje, una ciudad que no planeaba visitar, algún viento que me fue guiando por la nostalgia, echado en una habitación insípida parecida a un cuarto de convento pero sin cruz.

Me empieza a doler la espalda de estar tirado. Me acuerdo que estoy en el Cono Sur y decido que es tiempo de sacudir la polilla y salir a la calle.

Me dan la bienvenida unos güeros en la cocina. A estas alturas no me interesa de dónde, ni quiénes son, he visto tanto extranjero en este viaje que a veces siento que nunca me fui. Australia, Inglaterra, Francia, Alemania, y uno que otro gringo, de ésos que llenaron la forma para representar a su país a la Jackass, rojos del sol, pensando en las diferencias de su mundo dicromático, del mundo bueno y el mundo malo, del pobre, del rico, violencia y seguridad. O bien, de los que se sienten desertores y se unen con los otros extranjeros a deshonrar a su país.

Esta mañana la conversación se concentra en el show de Madonna, la Reyna del Pop. Resulta que la diva hizo esperar a los chilenos por dos horas bajo la lluvia y terminó su show treintaminutos antes de lo programado. No participo en el diálogo mañanero, me robo el jamón y queso de la de a lado y después de comer el desayuno que siempre incluyen en las posadas de por acá, abandono la especulación farandulera. Creo que pensaron que no hablo inglés.

Destiempo

Salgo a las calles y aunque estuve inerte en una cama por días, utilicé el transporte público un par de veces para comprar libros. A estas alturas conozco bien el metro y me muevo como un chileno más, claro, más moreno, mas panzón y con menos sentido de la moda. Al bajarme en la estación Plaza de Armas veo una manifestación de Santa Closes, o Viejito Pascual como le dicen acá. Ellos defendiendo los derechos del consumidor, yo pensando si los elfos están en algún gremio sindicalista y gritan en las calles de alguna otra ciudad.

Me escabullo a la catedral, un bello edificio, de los únicos que no se han caído después de tanto temblor. Santiago está en la placa de Nazca que choca constantemente con la tectónica Sudamericana, ocasionando tremores de ésos que salen en las noticias y van acompañados de la advertencia de tsunami.

 

Entro a la casa de dios, donde ejercen una misa en honor a miembros del YMCA en Santiago. Noventa y dosaños de servir al necesitado. Las bendiciones son largas, hombres de traje leen sus hojitas mientras jóvenes en las butacas de atrás se ríen, crujen la madera de susasientos y coquetean entre ellos. Hombres, mujeres, hombres, hombres, mujeres, mujeres. Todos en plena pubertad y con el sexo a explotar. Yo me dispongo a escribir postales para amigos durante toda la misa. Me paro solamente a dar la paz, la parte que más me gusta. A veces cuando viajo por Latinoamérica entro a iglesias mientras hay misa y calculo cuánto falta para que se arme la saludadera, y si se acomoda al tiempo, participo en ésta tan católica ceremonia.

Al salir, ya soñoliento por la jerga vaticana, decido tomarme un café. Entro a un lugar de nutrida concurrencia. Se trata de un concepto interesante, se llama café con piernas. Mujeres, en su mayoría colombianas y venezolanas, caminan por el lugar ofreciendo café o té. Los vestidos diminutos y las curvas cinceladas.

En las mesas hombres de trajes cafés y azules, de brillosa frente y pizpiretos ojos. Las muchachas se detienen a bromear con los clientes, se les recargan en los hombros y les preguntan por sus compañeros de trabajo. Se ve que todos son fanáticos del café y que toman una dosis diaria.

Aunque disfruto el observar la dinámica, no estaba preparado para tal show, me tomo el café y salgo con una sonrisa nerviosa, pecadora. Justo después de la misa que me chuté por ateo.

Me decido a visitar la casa del Nobel, Pablo Neruda. Su residencia, que ahora es museo, está llena de genialidades, como la de todo artista pudiente. Mesas diseñadas por él mismo, lámparas que le regaló algún pintor francés, la vajilla de un barco antiguo, fotos con cuanta figura artística del momento, los premios. Lo que quedó además de sus letras.

 

Neruda tiene fama internacional como escritor. Se conoce su poesía, Que despierte el leñador, su famoso libro de preguntas. Pero como toda figura icónica, se ha relegado su perfil político, su exilio a Europa, su constante movimiento por miedo a ser apresado, su apoyo a las ideas socialistas de Salvador Allende, su indignación a la entrada del gobierno militar durante el golpe de estado y su extraña muerte apenas doce días después.

 

La Operación Cóndor, tan rapaz como su nombre, llevándose hombres e imponiendo bastardos del poder.

 

Pasatiempo

Al final de la extraña caminata por la casa inhabitada de un extraño, le saco plática al guía, un joven de pelo engomado y camisa polo. Me dice que soy muy preguntón y entre bromas me invita a quedarme a una lectura de poesía que inicia al cerrar el museo. Claro que me interesa y mientras los últimos turistas salen me decido a hacer tiempo en una plaza de afuera, leyendo un cuento para niños que compré esa mañana enfrente de una fuente con escalinata de piedra roja.

 

Empiezo a ver personas que llegan a La Chascona con sonrisa jovial, con los labios mostrando su insolente belleza y en los dedos cigarrillos baratos. Al entrar al cuarto donde se inicia la lectura encuentro apenas cuatro filas de ocho sillas en cada una. Me siento en el único lugar disponible, en la primera fila. En la mesa de enfrente se sientan jóvenes universitarios, llenos de pedos de amor, amistad y existencia. El fin del mundo es mencionado toda la noche. Yo disfruto de los acentos, el uso de las palabras y la idea de estar sentado en la casa de Neruda escuchando poesía de jóvenes chilenos.

 

En el patio sirven refrigerios y el vino más rojo que me he tomado. Por la garganta me pasan variascopascopeteadas, en la casa de Pablo Neruda. Camino las calles con papel en mano y un lápiz azul y blanco. A unas cuadras me topo con uno de los poetas, le sonrío a manera de saludo y me paro cerquita para hacerle plática. Fuma un porro delgadito que huele a zorrillo húmedo. Me lo pongo en los labios, intercambiamos risas y hablamos de México. Nos despedimos con un abrazo.

Adiós México, me dijo el escritor del fin del mundo.

Contratiempo

La bajada de La Chascona

¿Es la soledad parte indeleble de todos?

¿Tiene uno que aprender a vivir en compañía de uno mismo para saborear la soledad?

¿Entonces estamos solos cuando estamos en nuestra presencia?

Avanzo por las baldosas de tristes arboledas y la soledad no se me arrima.

Vivo con los recuerdos de haber estado,

de aquellos deliciosos contactos,

del amor que siempre contengo,

y el que he dado.Solo no estoy, solo pienso en lo solo que me dejaste conmigo.

Colaborador: 
Luis Avila
 
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