Emigrantes (1985)

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Emigrantes (1985)

Sergei Dovlatov (1941-1990)

 

 

Traducción al español por Alessandro Triacca Sánchez

Original en ruso: http://www.sergeidovlatov.com/books/emigr.html

 

 

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El barrio ‘Nueva Holanda’ es uno de los

 rincones pintorescos de Leningrado…

 

Guía del viajero

 

 

 

El sol se alzaba a regañadientes, rozaba las chimeneas de las fábricas, se lanzaba por debajo de las ruedas de los automóviles sobre el frío asfalto, se escurría entre la maleza de antenas televisivas. En un pequeño y sucio jardín público se despertaron al mismo tiempo Chikvaidze y Shapovalov.

         ¡Ah, qué bien se bebió ayer! ¡Qué alto habían cantado! ¡Cuántos intentos por bailar moviendo dinámicamente la prótesis! ¡Con qué intensidad se trazaron las rutas de la amistad y las líneas de las miradas! ¡Qué bien se había portado el caucásico y abrumado Chikvaidze! (Las monedas de diez kopeks saltaban de sus bolsillos refutando con su gentil sonido la primacía de lo material sobre el espíritu.) Y cómo se habían tambaleado en la noche, apoyándose firmemente en los costados de los edificios, en los soportes, en las farolas… Y es así que despertaron sobre un montón de grava…

         Shapovalov y Chikvaidze hurgaron entre los pliegues de su ropa manchada y arrugada. Extrajeron un fragmento de pescado ahumado, un trozo de cebolla y los restos ya oxidados de una manzana. Los amigos desayunaron en silencio. Se conocieron hacía poco tiempo. Los había unido una riña cerca del establecimiento donde venden champaña. En lugares estrechos las peleas no duran mucho. Y todo por unos zapatos veraniegos que dejaban sus callos al descubierto.

         —¡Te voy a masacrar!— gritó Chikvaidze (Shapovalov le había pisado el pie.)

         —Lo voy a masacrar, no te— lo corrigió Shapovalov.

Después forcejearon buen rato en la acera, hasta que de pronto Chikvaidze aflojó los dedos sobre la garganta de Shapovalov y dijo:

         —Ya me acordé de dónde te conozco. Te vi en el estreno de Tarkovsky en Dom Kinó.

Y desde entonces eran inseparables.

 

El pequeño jardín estaba rodeado por edificios. El sol pálido se alzaba a la altura de sus hombros. Entre los contenedores de basura se ocultaban los restos de oscuridad de la noche anterior. Los amigos se levantaron y salieron a la calle, inundada por los rayos tímidos del sol de abril.

         —¿Dónde estamos?— preguntó Chikvaidze a la primera persona que salió a su encuentro.

         —En Nueva Holanda— le respondió tranquilamente el sujeto.

Los edificios se balancearon. Las fachadas invadidas por el sol se arrastraron oblicuamente hacia lo alto y la calzada arrojada bajo sus pies se precipitó galopando hacia el horizonte.

         —¡Vaya vaya!— pronunció Shapovalov —¡Mira nada más! ¡Con senda resaca y venirnos a meter a Holanda!

         —¡Qué desgracia— repuso Chikvaidze —perdernos en un país desconocido!

         —Lo importante— dijo Shapovalov —es no perder los ánimos. Ya ni modo, nos emborrachamos…ya qué, cruzamos la frontera. Contaremos todo francamente y posiblemente nos perdonen.

         —Yo quiero irme a mi casa— declaró Chikvaidze —¡no puedo vivir fuera de Georgia!

         —Pero si nunca has estado en Georgia.

         —Pero toda mi vida he cocinado borscht de col y betabel.       

Los amigos se callaron. A su lado los tranvías pasaban con gran estruendo. Los periódicos viejos de la noche anterior murmuraban silenciosamente.

         —¡Mira!— gritó Chikvaidze —¡Son unos monstruos! ¡Quieren linchar al negro!

Y era cierto. Por la calle atiborrada de gente, sobresaliendo de entre la multitud, caminaba un negro. Dos rubias esbeltas lo tenían firmemente asido de las manos.

         —Vámonos a nuestra patria, nos meteremos en secreto— dijo Chikvaidze.

         —Sí,  a donde ayudan a los más pobres— repuso Shapovalov.

Cruzaron un puente. Después pasaron por una farmacia y un mercado abigarrado. Chikvaidze evocó un fragmento de la famosa canción de Mytki, ‘no necesito la costa turca, y no necesito ir a África’.

         —A mí me desagrada la costa turca— concluyó Chikvaidze sincerándose.

         —Y yo no tengo a nadie en África— convino Shapovalov.

        

Los amigos siguieron caminando por la orilla del río. Dieron vuelta en una calle muy transitada con vitrinas resplandecientes y helados derretidos. Las mujeres y los semáforos sonreían.

         —¡Mira qué prosperidad!— exclamó inesperadamente Shapovalov.

         —No viven nada mal— convino Chikvaidze.

         —¡Y cómo visten!

         —¡Pues claro, es occidente!

         —¡Hay asfalto por doquier! ¡Qué cantidad de coches! ¡¿Y qué me dices del sol?!

         —¡Claro! ¡Entonces esto es lo que tantos salen a buscar!

Se hizo un pausa; Shapovalov la interrumpió.

         —Dátiko, debo decirte algo.

         —Yo también.

         —¿No me vas a despreciar?

         —No, ¿y tú?

         —Creo que tampoco… pues, ¿como decirlo? Pidamos asilo… es que además, los comercios privados…

         —¡Y los restaurantes abiertos de noche!

         —¡Es la ley de la selva!

         —¡El triunfo de la banalidad!

         —¡Las películas de vaqueros!

         —¡La decadencia ética y moral!— dijo Chikvaidze entornando los ojos.

 

Un minuto después los amigos caminaban abrazados en dirección a la plaza. Allí, habiendo sacado de la pistolera un puñado de fideos, desayunaba un agente del orden, militsioner, con su colorido atuendo que asemeja a un pájaro pinzón.

 

Colaborador: 
Alessandro Triacca
 
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