Quiero escribir de Saramago porque no encuentro nada más urgente que visitar a los muertos. Más, cuando esos muertos son héroes civiles la urgencia apremia, obliga. Es un héroe civil porque sus virtudes literarias empatan con su probidad humana y con la claridad con que su pensamiento nutrió a sus lectores a lo largo del mundo. Casi por ósmosis, los que leímos sus libros, nos volvimos mejores personas. Así como el que escucha la música de Mozart o las sinfonías de Bruckner no puede ser el mismo después del acto creador, la literatura de José Saramago –que en 1998 le hizo ganar el Nobel– rebasó los límites de la literatura y encontró un “no sé qué” (y qué más adelante intentaré descifrar) pero que, no me queda la menor duda, es lo único que importa cuando se habla de héroes civiles. Las miserias del mundo, decía Saramago, están ahí, ante nosotros. Ante ella quedan, dos opciones: entender que uno no tiene la culpa y por tanto encogerse de hombros y decir que no está en sus manos remediarlo –y esto, decía José, es cierto–, o bien asumir que, aun cuando no está en nuestras manos resolverlo, hay que comportarnos como si así lo fuera*. La frase es cierta en cada una de sus partes: el mundo no está bien, nuestra capacidad para remediarlo es mínima y nuestra actitud no puede ni debe ser complaciente ante él. Nunca. Así lo entendió también Saramago que vivió y escribió como pensó. La gran paradoja (y el gran mérito) de José de Sousa Saramago es conseguir hacer de su pluma una herramienta más valiente que cualquier fusil y al mismo tiempo no conformarse con ello y arriesgar todo su capital literario con posturas que a la vista de los dueños del poder parecen anquilosadas y marchitas. No aceptó la censura de su Evangelio en Portugal y se exilió en una isla retacada de volcanes; no le pareció la Guerra contra Irak y dejó de visitar los Estados Unidos; no vio en el capitalismo sino la acentuación de las desigualdades sociales y militó en el Partido Comunista Portugués hasta el día de su muerte; no le gustó la mentira que se escondía bajo el cristal del dios cristiano y se dedicó a predicar la impostura de su leyenda. Tanto fue el rencor de sus enemigos que mientras el cuerpo caliente del escritor descansaba en su biblioteca a modo de funeral, desde El Vaticano llegaron las primeras palabras repletas de odio. “Mente atada por una desestabilizadora intención de hacer banal lo sagrado” y “populista antirreligioso anclado en el marxismo” fue lo mejor que salió de sus bocas. Sin sospecharlo, los padres de la Iglesia sólo engrandecían la figura del héroe civil. Más ganas daban de leer sus libros. Otra vez. Siguiendo el último de los mandamientos del espíritu libre de Nietzsche, José le permitió al mundo plena libertad contra sí mismo y al mismo tiempo se permitió plena libertad contra el mundo. También le concedió esa libertad a sus lectores y demostró, ante ese mundo lleno de miseria cómo un escritor, para ser un Gran Escritor, no necesita escribir difícil ni sólo para unos cuantos privilegiados: basta leer en voz alta la mezcla de voces sin acentos y la intensidad poética de cada una de sus frases como si se hablara, como si Saramago propusiera un diálogo con su lector estudiante, ama de casa, trabajador. Tal vez por ello a los doctores de las universidades no les gusta Saramago: su monopolio de interpretación y exégesis se vio invadido por las hordas de neófitos que leemos sin parar la vida del Jesús cristiano, la historia de amor sin palabras de amor de Blimunda y Baltasar, los ladridos de los perros de Cerbére que profetizaban la separación de Iberia del resto de Europa, la experiencia de Tertuliano Máximo Alfonso y su doble identidad, el viaje del elefante Salomón desde el caluroso Lisboa hasta la aristócrata Viena, las señales de humanidad del heterónimo favorito de Fernando Pessoa, los pensamientos escritos de un pintor mediocre, el desastre de la ciudad de los ciegos y el grano de esperanza ante la negrura (blancura) total, la rebeldía del pueblo de los demócratas que decidieron votar en blanco, la hagiografía del malo de Caín, la infancia del bueno de Saramago y, claro, lo menciono porque ahora viene a cuento: la fabulosa historia de la ciudad en la que no moría nadie**. Novelas, todas ellas, que nos remiten al origen del ser humano. Releerlas nos obliga a detener nuestro andar silvestre por la vida en la que fariseos de la identidad construyen nuestras historias y demagogos perfilan los falsos discursos de victoria y derrota. Novelas que nos hacen voltear a casa, al origen y nos hablan de lo que ya nadie habla: de bondad, de humildad, de enamorados que quieren volar aunque les cueste la vida y de dignidades repartidas en decenas de personajes que inundan páginas llenas de génesis, de partos. Y además, repletas de maestría, que permiten a cada vocablo deslizarse de la tinta al papel y de ahí a los ojos llenos de lágrimas del lector que vuelve al hogar después de mucho tiempo. El tipo de novelas, justo, que escribiría un héroe civil de nuestro tiempo. *Ver la entrevista en: La Jornada, México, 3 de diciembre de 1998 **Por orden, me refiero a las novelas: El Evangelio Según Jesucristo (1991), Memorial del Convento (1982), La Balsa de Piedra (1986), El Hombre Duplicado (2002), El viaje en Elefante (2008), El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), Manual de Pintura y Caligrafía (1977), Ensayo sobre la Ceguera (1995), Ensayo sobre la Lucidez (2004), Caín (2009), Las pequeñas memorias (2007) y Las Intermitencias de la Muerte (2005).