Esclava desde ornitorrinco

orni

Melbourne, Australia, Junio del 97 La vida ya no es tan tranquila en Melbourne, bueno, en Sydney, en Melbourne y en toda Australia. Desde que Europa miró a sus espaldas y dejó de pensar en América, se encontró con la isla más grande del mundo, y ahora Australia es la sensación en todo el globo. ¿Qué hay de grandioso en Australia? Dejando fuera a las olas gigantescas de las costas, la gran diversidad de plantas y animales, y las nubes color púrpura, es igual que los demás países. Digo, todos tenemos dos ojos, un cerebro, tres brazos y dos piernas. Algunos nativos son buenos en la cocina, pero la mayoría sigue la costumbre Fast Food de NY. En realidad Melbourne es una ciudad especial: las costumbres de los nativos y las de los extranjeros se conjuntan de una manera extraña, pero interesante. Aquí las casas son bajas, los edificios no son muy altos, y las ventanas en todos lados son amplias, pues si el calor de dos soles era hasta hace poco intenso, el nuevo astro que se unió al sistema solar, llamado Solaris 3, intensifica la luz y el calor. Maldita estrella. Pero sólo me quejo de las estrellas en el día, por la noche son maravillosas. Estos últimos años he tenido la costumbre de caminar por el bosque a las orillas de Melbourne, y en una de esas caminatas me encontré con un castillo gigantesco ( no lo encontré antes, porque ustedes sabrán que los árboles aquí no miden menos de 50 metros). Sus paredes de piedra amarilla y sus ventanas diminutas me llamaban mucho la atención. Así seguí varios meses, visitando la entrada del castillo, hasta que un día me decidí a entrar. Abrí la puerta de madera, un poco pequeña, y un pasillo largo y oscuro conducía a las escaleras. Saqué mi linterna y comencé a subir, hasta llegar a una habitación muy sencilla, con una cama, una mesa, y alrededor de ésta unos muebles muy extraños con cuatro patas y una superficie plana. Una imagen bastante extraña, pero al final de la habitación había un balcón muy bonito, gladiolas australianas adornaban su entrada y no pude hacer más que asomarme. Melbourne es bello por la noche: las estrellas se juntan y forman dibujos extraños, los cometas se colapsan con la Tierra, los dragones vuelan suavemente por el cielo verde en Australia, todo es bello. Ahora un hombre intenta volar con un artefacto muy extraño que al parecer tiene hélices, en mi cabeza se congela esa imagen y todo es perfecto. El trabajo monótono, la comida insípida de la tarde, la renta atrasada, ya no hay nada, solo está el hombre del artefacto con hélices. Soy feliz. Algo golpea fuertemente mi cabeza, el hombre en el cielo pierde el control y cae, las estrellas se apagan, el cielo se vuelve azul. Estoy tendida en el suelo y me duelen los brazos, este castillo se está cayendo, lo noto porque las piedras amarillas del balcón están crujiendo debajo de mí. Ahora estoy corriendo, bajo las escaleras, trato de quitar algunas piedras del camino con los tres brazos, pero es inútil, la puerta está bloqueada, corro hacia el otro lado y encuentro un patio gigantesco, ahora una sombra enorme cubre todo el piso. Miro hacia arriba y siento que voy a caer de nuevo, es un ornitorrinco, no , no puede ser un ornitorrinco, se extinguieron hace millones de años, algunos dicen que fue por un meteorito que cayó del cielo (qué absurdo), otros dicen que los dinosaurios que conocemos ahora y tenemos de mascotas acabaron con ellos. Sí es, es un ornitorrinco y no puedo huir de él, corro estúpidamente al otro lado y con un simple paso me alcanza, me toma fuertemente con su pata, y me conduce a su hocico largo y aplanado, todo esto da vueltas, el hombre de hélices va de nuevo hacia arriba, los dragones vuelan suavemente. Ahora estoy dentro de él, encontré un cuaderno viejo y desgastado que creo saber a quién pertenece: Leonardo, nombre extraño para ser humano. El cuaderno tiene dibujos de lo que parece ser una nave, una máquina para volar, un artefacto con hélices. Melbourne es como cualquier otro lugar, cielo verde claro, nubes púrpura y ornitorrincos gigantes que devoran gente, maldita estrella . . .

Colaborador: 
Pepe Sánchez Cetina
 
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