¿Escribir de flores en primavera? ¡Vaya novedad! Se trata de un lugar común. Sin embargo, insisto a invitación de Kakuzo Okakura, crítico de arte japonés del siglo XX, quien escribió que: “en la trémula y láctea claridad de un alborear de primavera”, ¿no habéis experimentado la sensación (…) de que no podíais en vuestra conversación hablar más que de flores? Así me siento hoy, embriagado por la primavera.
La primavera llega al valle de México, tan templado y delicioso que disimula el cambio de estaciones. La anuncia el florecimiento de las jacarandas, el cual sucede de repente: a esos árboles enormes, formados en fila india, inadvertidos el resto del año de no ser porque sus raíces gruesas destrozan las banquetas, liberan estruendosamente flores de un azul violáceo, que cubren todas sus ramas. Al caer al suelo, las flores tapizan el suelo y lo perfuman con un extraño aroma, que impregna el piso conforme pasan los caminantes. Es así como las jacarandas adornan México de tal modo que sus calles más descuidadas parecen de pronto bulevares elegantes, que invitan al paseo.
La belleza, relativa según los cánones estéticos, más cuando se trata de un festín como éste, complace al ojo y lo alegra. Al contemplarla, sin embargo, una vez superada la emoción inicial del encuentro, llega la melancolía. Provoca esta tristeza sosegada en el espectador entender lo efímero de la naturaleza. Los tapetes de flores de jacarandas de México durarán acaso un mes: las flores del suelo se barrerán, los árboles quedarán desnudos. Más grave aún, nos habremos acostumbrado.
El pintor francés Claude Monet (1840-1926) condensó ese estado de ánimo afligido. Con relación a su tiempo, condensó el sentir del hombre de finales del siglo XIX, traumatizado por la industrialización, deseoso de evocaciones bucólicas, como los campos rojos de amapola y césped silvestre, mecidos por el viento de algún día de primavera soleado o el almuerzo dominical bajo la sombra apacible de árboles frondosos. En su retiro de Giverny, Monet recreó ese mundo apacible: sus campos de tulipanes, sus estanques de nenúfares, sus puentes de glicinias. Al hacerlo, logró un imposible: inmortalizar la primavera.