Un mal día en que la Tierra estaba de pésimo humor, a la imbecilísima Luna primera se le ocurrió contarle el chiste del cerdo, los chimpancés y la jaula. Ninguno sabe por qué estaba de tan mal ánimo nuestro invernadero, pero sabemos que, de puro coraje, se tragó a sí mismo. Ahora que vivimos en este eterno ciclo autodigestivo del planeta, nos da por iniciar hábitos nuevos. Cuando se traga y pasa apenas por la garganta, tenemos una suerte de verano húmedo, borroso y nostálgico. Cuando se mastica con su propia boca vivimos primaveras ásperas y calurosas, muy dinámicas.
Cada que es otoño salimos a jugar deportes nocturnos en la apacible soledad del viaje al estómago terrestre, una gran presa de jugos cósmicos ancestrales en la que remamos, como si cada pueblo y cada ciudad fuese Venecia.
En invierno, todos y cada uno de los seres humanos de la Tierra, cuando la primera Luna encuentra su punto más alto, el más blanco y más completo, la maldecimos con todas las palabras que conocemos. Le lanzamos fango y le elevamos humo. Hemos llegado a ensuciarla a un punto tal que su madre un día casi no la reconoce y dos años consecutivos la hemos hecho estornudar, en el ritual que conmemora el día desafortunado del chiste del cerdo, los chimpancés y la jaula.