Cayó un vaso, te quedaste contemplando los fragmentos, contemplando su cuerpo. Un trozo en forma de labios, un ojo cristalino, un dedo translúcido apuntando al agua derramada.
Un vaso se rompe, aquél cuerpo no, existe sólo en fragmentos. En fragmentos lo encuentras.
Parcelas que vas recolectando, una a la vez, cuándo en el caleidoscopio queda una sola imagen, repetida cien veces, transcurriendo en unísono, lloviendo en la mirada.
Fuiste recolectando trozos, cuidadoso, no de cortarte, sino de dejarlos atravesar. Pusiste las yemas en ellos, los sentiste adherirse, cuidadoso de no cortarte, para permitirles traspasar. Sentirte tras el barniz de serenidad, aún mediante un pedazo de vidrio.
Después habrá un suelo limpio, recién limpiado, tal y como antes. Existe un suelo entre ambos, el limbo del instante, donde los objetos son inamovibles, donde las sillas no pueden levantarse, donde se contempla. Una fotografía, un fantasma significativo, una curva en el tiempo, formando un lazo, formando ecos sobrepuestos. Yendo y volviendo como el mar.
Recordar por partes, recordar por oleadas. Cayó el vaso y te quedaste contemplando fragmentos, cómo contemplar un cuerpo. Cayó un vaso y contemplaste su cuerpo. Fragmentos en el agua que alguna vez contuvieron. Fragmentos de cuerpo esperando la marea. Se rompió el vaso y la oleada se fue mar adentro, a contracorriente. Vuelve de lejos, sin recordar el nombre de su impulso. No hay ola sin espuma, en la orilla quedan fragmentos. La ola vuelve para romperse. La ola se rompe y espumea. No hay ola sin espuma, es su fin y su inicio. Se rompe para alcanzarla, se rompe en los fragmentos. Busca espuma de fragmentos, para al fin acariciar la orilla.