Túlgut era dueño de la colección más grande de jaulas para bestias en el mundo. No había nadie que tuviese una variedad comparable en habitaciones y esferas de hierro, aluminio y latón para encerrar monstruos. Era, también el dueño de la colección más grande de monstruos en el mundo. No crea usted que le gustaba recorrer pasillos laberínticos de jaulas vacías. Había dedicado su vida a conseguir tantas jaulas y prisiones como le fue posible. Estaba orgulloso de haber trasladado las prisiones submarinas de Olalf, el necio, coral por coral. Junto a esa sección estaban las cuevas musgosas de terracota, suaves y curvas como muelas de ognu, y profundas y reverberantes como boca de jalnu. Tenía, sí, algunos jalnus ahí, pero también otras muchas bestias.
Paseaba lento y orgulloso con sus pantuflas comodísimas de piel de ghuobi y una pipa de madera de jarándago que, aunque no sabía usar muy bien, cargaba a todos lados y cargaba del tabaco más exquisito de vainilla. Se balanceaba debajo de las jaulas de las bestias aladas con su túnica –también balanceante- de plumas de nunu; las más largas, las más dóciles, las más increíblemente blancas. Se ajustaba los anteojos para mirar encerradas aves pequeñas y grandes como faros. Recorría todos los días su colección por tantos lugares como podía, sin un sistema preciso de orientación. Sabía que él era Túlgut, el dueño de la colección más grande de jaulas para bestias en el mundo y el dueño más grande de la colección de bestias que habitaban la colección más grande de jaulas en el mundo hasta que, un día en que sus pasos fueron más zigzagueantes y erráticos en los pasillos de su colección, se encontró con una celda maderosa de barco pirata. Era un palacio de la esclavitud hermoso tallado en el más fino roble. Toda ella era madera y otras maderas también; rojizas, ámbar, chocolate. Tenía unos banquillos tallados con flores y una cerradura exquisita también de madera. Túlgut desapareció su gran sonrisa de ognu en un segundo al percatarse que en ese cuadro había algo intolerable. Estaba vacía.
Sacó su gran llavero de la bolsa de bermudas y buscó la única llave de madera de entre sus millones y trillones de llaves. Abrió con desilusión y calma la puerta, metió su gran cuerpo agachándolo un poco dentro de la prisión. Recorrió con sus patas peludas las paredes cálidas dela celda pirata. Sintió que su colección se desmoronaba con frenesí de derrumbe de Cana. Se miró asustadísimo en el espejo de madera de palma de la habitación y entonces entendió que el mismo Túlgut, dueño de la colección más grande de jaulas para bestias y de la colección más grande de bestias encerradas en jaulas, ataviado con las más finas pieles y uñas y plumas y dientes, era también una bestia –más o menos sofisticada- pero igual de digna de estar en la gran colección de jaulas y bestias. Se sentó en el banquillo de madera, con ese abandono de quien ha recorrido una distancia grande. Sonrió, y sus bigotes se curvaron a la inversa de su sonrisa gatuna. Entonces, después de un largo suspiro, se levantó, cerró la puerta y arrojó lejos el llavero. La colección de Túlgut ya estaba completa.