Saludo a mi ciudad desde Santa Fe. Nunca ha sido mi lugar favorito, porque está lejos de mi casa y porque tengo la impresión de que no hay muchas cosas que me gusten por aquí. Una de las pocas que me agradan es disfrutar todos los días –muy temprano o muy noche- de un paisaje citadino interesante. El lugar común de que México es muchos Méxicos, creo yo, es muy claro mirando este plano gigante de edificios de formas raras y cristales por todos lados. Además, la vista se corrige en mayor medida cuando, a la izquierda –antes de que despierte el humo de los coches- se alzan imponentes y calmados el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. No es mi intención detallarles una monografía volcánica, pero es innegable el equilibrio que estas combinaciones provocan en mi ciudad. A manera de balanza, los grandes edificios encuentran en las figuras nevadas sus contrapartes ancestrales como si, de alguna manera, descendieran de ellas. Así, lo que se mira desde el estacionamiento de mi trabajo es un ajedrez de edificios con logotipos, muy nerviosos, frágiles en su esqueleto de concreto, y del otro lado un par de figuras que hicieron un mejor pacto con el mundo, con el viento, con las nubes que las visten, con el propio tiempo. Bueno, y a la izquierda de todo eso, debajo de una gruesa nata de sabediosquéhumovenenoso, el resto de la magnífica y terrible Ciudad de México. En ella, estos equilibrios y tableros –en proporciones varias- se reproducen por todas partes. La idea es ésta: una megalópolis como la nuestra, donde la densidad poblacional y los flujos de personas, perros y vehículos es altísima, todos los días se levanta y todas las noches se acuesta sin estallar (a punto de arder, pero sin llegar al fuego). ¿Cómo sucede todo esto? ¿Hay una mano invisible o un cordón que no nos permite taladrar tanto las paredes del Distrito hasta sacarle el relleno? Se trata, a mi entender, de diminutos equilibrios que suceden todo el tiempo y hacen que todo fluya, de una u otra manera; lo bueno, lo malo y lo normal. Y son pequeños no sólo por el tamaño de las relaciones que guardan unas cosas con otras, sino también porque el punto de equilibrio es mínimo. En otras palabras, hay un orden misterioso (distinto al cada vez más olvidado “respeto al derecho ajeno”) que hace que salga de casa muy temprano, tome el metro junto con miles de personas, nadie salga herido en el río, el apretuje, en la vendimia, el transborde, el sueño y la vigilia. Nadie, o casi nadie. Si bien es cierto que el sistema –no el de transporte colectivo, sino EL sistema- tiene sus fallas, y a veces nos quedamos botados esperando un vagón, nos roban el celular, nos quedamos atorados en el tráfico y llegamos cuarenta y siete minutos tarde a todos lados, vivir en esta ciudad no está nada mal. Funciona, y funciona de la punta de Azcapotzalco hasta el pueblito más alejado de Tlalpan (y sus suburbios para todos lados). Bien pensado, es absolutamente increíble. Hay un número determinado de Starbuck’s y de puestos de tamales que supera toda precisión de estudios de mercado. Existe un orden casi a manera de fractales en la superposición de misceláneas en algunas colonias, y todas ellas tienen sus clientelas, con el implacable Walmart a sus espaldas. Esto no es un ejercicio de antónimos folclóricos; son ejemplos de los millones de equilibrios metropolitanos. Tenemos moteles suficientes para albergar a cuantos amantes aparezcan y todavía un puñadito de cafés internet, papelerías con monografías y mapas con nombres y división política. Hay señoras que cada noche, al filo de la banqueta, hacen el milagro de la masa y el comal y nos seducen con quesadillas y esa fauna aceitosa y sublime. Seguramente en la Condesa hay más sushi que en Kyoto, y cientos de parrillas argentinas –con todo y parrillero rosarino-, pero también hay un Paisa cerca de todas nuestras casas y de todos nuestros recuerdos, y sus franquicias seguro ponen a temblar a cualquier Ronald McDonald. Hay salsas de cualquier nivel de irritación gástrica, legendarias y suficientemente potentes para viajar un rato con tal de derramarlas sobre el plato. En momentos como éste, donde la sangre cubre con terror cualquier letra y cualquier paisaje urbano, vale la pena recordar que hay cosas que todavía están bien. Que al menos podemos irnos a dormir quitándole la carátula a nuestro distrito y esperando que nadie le quite las llantas. Seguramente hay otros veintisiete desequilibrios que no estoy mencionando en esta viñeta de mi ciudad, pero son esos agravantes los que hacen admirable que esta ciudad se mantenga de pie. El tráfico es un dolor de cabeza, y la contaminación, y siempre hay mucha gente -vayas a donde vayas- pero esos diminutos equilibrios (que siempre pasan desapercibidos) hacen que yo a esta ciudad le tenga respeto y la abrace en las mañanas asomado desde un barandal de Santa Fe. Distrito Federal, yo te saludo.