La Pecera

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Esa tarde llovía en París y yo llegué mojado a casa de Amanda. Ella abrió la puerta sin saber qué esperar del otro lado. La abrió como con miedo y cuando se encontró conmigo me observó perpleja, con sus dos pupilas negras enfocando mi figura enmohecida. Difícil saber qué le vino a la mente al ver allí una versión acuosa de su exmarido. Sus ojos me acechaban como el zoom de una cámara fotográfica y yo fingí una sonrisa buscando convencerla de que todo estaba bien, que lo que sucedía era perfectamente normal.

La mirada de Amanda es infranqueable, así que la observé entera, evitando el contacto directo de sus ojos. Sus rizos caían a los costados de su cara en la misma forma que siempre. Constatarlo me dio seguridad, como si la inmutabilidad de su rostro me otorgara autoridad sobre el presente. Di dos pasos adelante y colgué mi paraguas sobre la puerta, al hacerlo se chorrearon unas gotas; yo las pisé como quien busca borrar un secreto.

-¿Qué haces aquí? –me preguntó, su voz muy poco espontanea, sus pupilas negras apuntándome como dardos.

La pregunta me tomó desprevenido. Me parecía natural que si yo mismo no cuestionaba mis actos, nadie más lo haría. Pero su mirada era incisiva, no había cupo en ella para mi nostalgia. París podía llover todo lo que quisiera; a Amanda la tenía sin cuidado mi melancolía.  

Desvié mi mirada, mi paraguas seguía goteando desde su lugar en la puerta y yo quise decir algo para distraerla. Busqué una coartada que me salvara de todo este ajetreo.

-¿Tienes té? –le pregunté y en respuesta las pupilas de Amanda rodaron lentas por la clara de sus ojos; era su manera de expresar fatiga o acongojo. Pese a ello entendí en el gesto una cierta generosidad, una impaciencia barnizada de ternura. En el fondo, aunque con desgana y resignación, Amanda me invitaba a pasar. -¿Hierbabuena o manzanilla? –me preguntó mientras su figura se perdía en el arco de la cocina.

Miré el departamento y sentí el rencor de quien se encuentra con un futuro perdido. Un sillón junto a los ventanales me hacía suponer que Amanda pasaba muchas tardes viendo el paisaje. ¿Acaso también se dejaría invadir por la nostalgia? A mí París me había acostumbrado a pequeños huecos invivibles, pero el departamento de Amanda era grande, espacioso, limpio… después de su breve aventura por mi clase media, Amanda había regresado a sus orígenes aristócratas; ¿eran celos o la oprimente manecilla del remordimiento? Muy pronto para saberlo, la tristeza a mí me viene en forma de fantasía.

 Junto al sofá una estatua llamó mi atención. Era un buzo que estiraba su mano hacía un tesoro. Lo observé un rato; por más que lo intentara su esfuerzo sería insuficiente, el buzo nunca llegaría al botín. La estatua me hizo recordar algo triste y distante que en ese momento no logré precisar. Como el paraguas, la imagen tenía una esencia líquida que evocaba en mi un sentimiento de ahogo, la sensación del que se hunde mientras que allá afuera, entre los rayos crispidos del sol, se va disipando la posibilidad de un mundo pasado.

Separé mi vista del buzo rompiendo el efecto. Había que aprovechar la ausencia de Amanda para reconocer el terreno.  Me acerqué al librero en busca de pistas que me ayudaran a entender los últimos cinco años de su vida y me encontré con un retrato conocido. Eran Amanda y sus dos hermanas en la playa, una foto que, pese a todas mis mejores intenciones, había colgado alguna vez de nuestro muro. Las hermanas de Amanda eran insufribles, Lily, la más grande, le había advertido a Amanda sobre mis defectos. –Te lo dije. – habían sido sus últimas palabras el día en que firmamos el divorcio. Aun en fotografía, podía identificar el pelo que siempre salía de su cachete izquierdo, un pelo largo como el excremento que les cuelga a los peces en el acuario.

-¿Lo quieres con azúcar? -preguntó Amanda desde la cocina; se acababa de escuchar el silbido punzante de la tetera.

–Como sea. -Contesté en una voz apenas audible.  Una segunda revisión del departamento había confirmado mi ausencia del entorno. No había nada para recordarnos, ninguna oda mínima al pasado. El departamento mismo era una constatación de ello, un lugar postmoderno, minimalista, vestido de azul marino y blanco, como el camarote de un transatlántico. Recordé nuestro pequeño hueco junto al barrio árabe. Sentí nostalgia por aquel polvo, por aquella claustrofobia.

Pero no eran solo los colores lo que me hacía pensar en el mar. De pronto mi mente reparó en el sonido de un goteo que se había escondido entre los ruidos del entorno. Volteé hacía mi paraguas y comprobé la existencia de un charco que derramaba brazos ambiciosos hacia la sala, como la proa de un barco que acaba de ser salpicada por una ola.  

El asunto me preocupó pero perdió mi atención cuando constaté un segundo chasquido. Era otra gotera que se filtraba desde el techo del departamento. El descubrimiento regeneró mis ánimos, me reconfortó, como si esa falla supusiera mi presencia constante en este ecosistema. Amanda había construido un mundo libre de mí pero los defectos son difíciles de esconder y el agua había encontrado la manera de penetrar la fortaleza;  la gotera cubría mi presencia en su vida. “cloack cloack…”

-¿Por qué vuelves todo tan complicado? –me reprochó la voz de Amanda desde la cocina. Típico de ella, el mundo colapsándose y Amanda preocupada por nuestra relación. –Creo que tu departamento se está inundando. – le contesté, pero mi voz se cebó como pólvora entre tanta humedad y Amanda no dijo nada.

Fue entonces que voltee hacía el suelo. Había notado ya esa sensación chiclosa que producen los calcetines mojados y al bajar mi mirada, encontré mis zapatos enterrados en una cortina líquida. ¡El agua me llegaba hasta los tobillos!

Yo no pude dejar de pensar en la ironía de aquello. Con toda su pompa y elegancia, con todo su dinero,  estos edificios sucumbían ante el más sencillo de los elementos: el agua. Había mucho que aprender de esa lección y usarla para mi propio beneficio. Así podría penetrar la muralla espesa que Amanda había creado desde nuestra separación. ¡La filosofía de la gota, que se desliza sutil hasta encontrar la ranura y después se desborda en caudal o cascada!

Inspirado por este pensamiento decidí probar suerte en un librero del otro lado del cuarto. El caminar se hacía pesado, arrastrar litros de agua entre los tobillos nunca es muy práctico, pero sí preferible a la salpicadera de andar brincando charcos. Me acerqué al librero como pude.

Fue ese el momento en que algo se quebró en el balance de departamento. Un ruido bofo y espeso que fue seguido por un chorro de agua, como si el techo o el paraguas hubieran sucumbido ante la presión y las goteras se hubieran transformado en cascada. El agua ahora penetraba en caudales y yo pensé en el Andrea Doria y su embate contra el Stockholm. Quizás nuestros dos barcos ahora también hacían colisión.

Amanda salió de la cocina con el té en la mano y el agua hasta las rodillas. –Es de manzanilla, pero ten cuidado, está caliente –dijo y lo puso sobre la mesita de la sala. Luego se sentó, estaba claramente confundida ante la inminente inundación de su departamento: su movimiento generó pequeñas olas pero ella no dijo nada. Supongo que su educación burguesa y sus buenos modales aristócratas le impedían comentar la situación. Era de mal gusto. Amanda pretendió que todo estaba en orden y prosiguió guardando la compostura.

Saqué un libro del estante e hice un gesto para desempolvarlo. Solo que aquí no había polvo, era una edición de ese mismo año. Luego lo abrí.

-Así que compraste mi última novela. –le dije

Amanda se levantó del sillón.

-¿A qué viniste Pablo? - Ahora su tono era áspero, decidido.

-¿Qué te pareció? ¿Te gustó el final?

-¿En serio Pablo? – su voz estaba llena de fatiga.  -¿Vienes aquí cinco años después y lo único que quieres saber es qué me ha parecido el final de tu novela?

Permanecí en silencio, juzgué que sería lo mejor. Hay veces lo más recomendable es dejar que Amanda se calme sola. Además, aunque el agua estaba tibia, ya había rebasado la línea del ombligo. Cualquier persona que ha entrado en una alberca sabe que el ombligo es la parte más difícil del proceso de adaptación a la nueva temperatura. Y aquí el agua seguía fluyendo a bocajarro, como una tina que se va llenando. Agua del paraguas, agua filtrada por el techo y de pronto un silbido más agudo y prolongado nos confirmó que el agua se escurría también de la tetera.

Debo confesar que la situación se volvía un tanto alarmante. No es que no sea buen nadador pero el agua se nos iba trepando y Amanda no hacía nada. Cerca de la ventana el buzo y su tesoro estaban siendo sepultados: al menos alguien estaría disfrutando de esta desgracia.

-¡Eres imposible! –dijo y dejó caer sus hombros sobre su cuerpo con desdén o impotencia. Pero los borbotones de agua ahora avanzaban rápidos en su vertical y para continuar su protesta tuvo que alzarse de puntitas. Estiró el cuello lo más que pudo. –Esto es una locura –dijo burbujeante y no supe a qué se refería.

 En ese momento el agua nos sepultó y nos quedamos sumergidos en el fondo de un acuario. De pronto todo adquiría una consistencia turquesa, como si nuestra vista hubiera sido nublada por el prisma de un filtro cálido y azul. Pensé en un nadador con sus “gogles”, en la consistencia arcillosa del mundo, y desde esta nueva visión vi a París andando en esnórquel sobre la superficie, pececitos nadando con sus gárgaras y Amanda haciendo buches como para hacerme entender que todo esto la tenía agobiada.

Pero para mí todo tenía algo de reconfortante. Mi presagio del hundimiento se convertía en realidad, pero finalmente mi pasado no me abandonaba, se hundía conmigo. Amanda y yo nadábamos en el fondo de la pecera, pequeñas burbujas de oxigeno reemplazaban nuestras palabras.  “Glup, gluup, gluuup.”

Amanda continuó.

-Me pareció muy bien, es una buena novela. ¿contento? ¡Listo! ¡ya te puedes ir! ¡ya te dije lo que querías! –exclamó aunque sus gritos redondos, guangos,  tardaron en llegar a mí. 

Y yo que la veía rodeada de grava, peces y un baúl abierto con un buzo  plasmado en la frustración eterna de un tesoro que se le escapa por milímetros; la imagen me pareció terrible, angustiante de verdad. El buzo de plástico en la pecera, tan cerca y tan lejos de su tesoro y Amanda con sus rizos negros gravitando en el agua. Si, Amanda con sus pupilas como dos pequeñas piedritas de grava, un pez gato lamiéndole los pies y allá afuera tras el buzo, tras el cristal, París entera.

Miré a través del vidrio e intenté tranquilizarme; la lluvia caía más fuerte y la verdad es que París es maravillosa bajo la lluvia. Se lo comenté a Amanda para calmarla, prepararla para mis palabras, ella seguía flotando frente a mí, sus ojos abiertos en incredulidad, esperando a que yo me fuera o al menos dijera algo.

Pero su figura hacía sombra perfecta contra el vidrio de la pecera y me parecía que Amanda combinaba muy bien con París. Había algo sumamente melancólico en esa composición, algo en sus rizos esparcidos en el agua y el contraste con la luz tenue de la ciudad, algo en su figura larga y solitaria flotando como caballito de mar. Era indudable que la amaba. ¿Pero cómo decírselo?

Amanda y el pez gato, el buzo y su tesoro, un paraguas colgando y chispeando gotas sobre la duela, sentí que todo giraba o rebotaba, que los recuerdos me iban oprimiendo en claroscuros, en un rimbombar de luces que atraviesan con pereza las partículas del agua. ¿Le había puesto azúcar al té?

 Y mientras tanto yo ahogándome.  Porque el peso de la realidad es abatidor, como el plomo con el que se hunde la carnada, y yo había amado a Amanda, y no lo hacía menos ahora, aunque me hubiera vuelto ermitaño, loco, pez…

-¡Pablo!–Amanda lo decía como si temiera que yo hubiese olvidado mi propio nombre. –¿Te has dormido? ¡Despierta!. –Ella hablaba y a la vez agitaba la cabeza. Ahora hacía un esfuerzo descomunal por sentarse en el sofá como si la presión del agua no la jalara hacía la superficie. Es difícil sentarse bajo el agua; Hay que empujar con las manos hacía arriba para que el cuerpo no te jale.

-Pensé que no te gustaban mis novelas.

-¿De verdad vamos a hablar de eso Pablo?

-Solo me parece curioso que hayas comprado esta última novela. Sobre todo que está tan inspirada en nuestra sepa…

-Se-pa-ra-ción Pablo. ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no me doy cuenta? ¿Tú crees que yo no sufrí las cuatrocientos cincuenta y tres páginas de la mierda esa? ¿Crees que no lloré? ¿Que no te extrañé? ¿Eres tonto o qué? Y luego vienes aquí como si nada, a pedirme un té y comentar el final de tu novela. ¡Pues ten! ¡Este es el final de tu novela!

Cerré los ojos esperando un golpe, pero Amanda no hizo nada, solo se le desbordaron las lágrimas, se deslizaron por sus pupilas hacía su cara y luego se alzaron como burbujas hasta la superficie. Un pez abrió su boca y se zambutió una de ellas.

Le di un sorbo a mi té y esperé a que se calmara. El pez gato que se había asustado con el último ademan de mi ex esposa, ahora regresaba manso a sus pies, se relamía los bigotes y se acurrucaba con ella como yo alguna vez lo hice.

-Lo siento. –me dijo por fin. –Es que ha pasado tanto tiempo.

Amanda y yo nos quedamos en silencio largo rato. Ella se limpiaba las lágrimas y yo pensaba en cómo se puede decir lo que yo venía a decirle. Quizás no se pueda. Al menos no dos metros debajo del agua. Al menos no con tanto dolor en el pecho. Al menos no con ese buzo eternamente separado de su botín…

  No sé cuánto tiempo estuvimos así, sin hablarnos, pero pasó tanto tiempo que en París dejó de llover, que el cielo se empezó a aclarar y la puesta de sol cubrió el horizonte. A lo mejor estuvimos allí, frente a frente, durante días, a lo mejor fue nuestra vida entera. El tiempo en una pecera se mide distinto. Pero el buzo permanecía allí, separado de su tesoro y esa inmutabilidad parecía cargar un fuerte simbolismo.

A lo lejos seguía la ciudad y eso me tranquilizaba, ese escenario donde Amanda y yo nos habíamos conocido, dónde había visto por primera vez sus ojos. Algo así quería decirle, meter en palabras esos días felices, esos días secos, cuando el agua todavía no desbordaba, cuando éramos seres terrestres y habitábamos el mundo. Pero las palabras no salían.

-Te extraño mucho. –me dijo ella, su voz dulce, acaso aún tan tímida como la primera vez que me habló.  Me levanté y estiré mis brazos. Voltee a ver una vez más su librero, allí estaban mis seis novelas, siete si contaba la que yo tenía en la mano. Luego me acerqué al buzo y le coloqué el tomo entre su mano extendida, el otro lado del libro reposaba en el tesoro. Ahora por fin tendría algo que los conectaría para siempre, un libro que mediaba entre la punta de los dedos y el oro. El buzo me guiñó el ojo.

Amanda se puso a mi lado, recargados ambos contra el vidrio de la pecera, viendo París  como a millones de años. Su aleta acarició la mía; sus pupilas negras se clavaron en un paisaje compartido, nuestras vidas no estaban hechas a la medida, pero algo medraba entre ellas: un libro, el peso del agua en las branquias o esa historia compartida en el mundo detrás del vidrio, ese fue mi último pensamiento de pez. Una melodía sonaba allá afuera, me llamaba y Amanda me miraba desde la fibra óptica de la melancolía, una melancolía muy fina como una capa de seda, como la tapa de un acuario.

-Me tengo que ir. –le dije, me alejé del cristal y de un coletazo subí a la superficie. Tomé mi chaqueta y mi paraguas y abrí la puerta. El agua se desató y la corriente me cargó con ella. Lejos, muy lejos…

Colaborador: 
Emilio Lezama
 
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