A Juan Sáenz de Tejada. Escritor.
Al final de cada año, como si de una tradición sacra se tratara, el suplemento cultural de periódico español El País publica una serie de listas con lo “mejor de literatura” del año que termina conformada a partir de la opinión de cincuenta y siete “críticos”, “colaboradores” y “periodistas” del suplemento. Como si de una novedad se tratara, la autonombrada “revista cultural más importante de habla hispana” concluyó hace menos de un mes que 2011 fue “un año de grandes autores en español y en otros idiomas”. Inmediatamente después de semejante afirmación, – ¿qué adjetivos encontrarían para 1605 o 1615? – aparecen los ganadores y, en letras mayúsculas, el título de la novela en español triunfadora por los siglos de los siglos: Los enamoramientos del escritor español Javier Marías.
Alrededor de ello me gustaría apuntar un par de ideas teóricas. La primera: la cultura y en particular sus intermediaciones son un espacio social de acción (o campo) en el cual transitan distintos tipos de relaciones que son definidas a partir del tipo de posesión y/o producción de un tipo de capital que tiene determinado valor en el espacio (o campo) en cuestión. Así se forman las estructuras sociales y lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu llama “relaciones estructuradas”. II) En el campo de la cultura, el capital acumulado por Babelia (que puede ser de muchos tipos) es suficiente como para colocar al suplemento de El País como parte de una constelación –siempre en constantes luchas– de herramientas formadoras de hegemonía (en Gramsci) o generadoras de habitus (en Bourdieu), o sea, estructuras estructurantes estructuradas a partir de los cuales los sujetos perciben al mundo y actúan en él.
Todo esto para decir una perogrullada que no por obvia deja de ser menos cierta: la creación de listas no es casual, no es neutra y está sujeta a intereses –las más de las veces conscientes– individuales, de grupo o de clase. Que los dos libros ganadores de narrativa en español (el otro es: el ruido de las cosas al caer, del hastaantesdelalistadesconocido Juan Gabriel Vázquez) estén publicados por Alfaguara –que pertenece a Grupo Santillana que a la vez publica El País que a la vez acoge al suplemento– nos habla más de las interacciones del capitalismo global que de la calidad literaria de las publicaciones de Alfaguara.
II.
Pero hay que decirlo. Yo soy tan morboso como cualquiera (o acaso una estructura estructurada estructurante como cualquiera) y no puedo dejar de formular mentalmente la tan dañina pregunta: “¿de verdad serán tan buenos?”. Compré y leí al ganador, al number one, Los enamoramientos de Marías.
Y podría serlo. Javier Marías es un escritor de primer orden, con estilo propio (y de esos no hay muchos), que no buscan complacer al lector (de esos ya no quedan) aunque sus sobreabundancia narrativas y digresiones narcotizan hasta al más paciente (de eso sí hay demasiados). Los enamoramientos, por otro lado, es una novela bien armada, con exquisiteces cada veinte o treinta páginas, con largos compases entre el accionar de los personajes pero con suficiente duda y pensamiento como para que lo que parecía thriller se camuflaje en novela seria. Es también la vuelta de un escritor que tras el pretensioso (y por eso mismo insoportable) Tu Rostro Mañana demuestra que no todo su trabajo es mimetización en personajes literarios sino también un conjunto de posibilidades narrativas que desemboca en una elegante conformación de personajes. El primero de ellos, por supuesto, la voz femenina que construye la novela.
Lo que no se entiende es que las cuatrocientas páginas de una buena novela sean convertidas en una joya de la literatura en español por El País y sus compinches. Por lo demás, no sólo se trata de una lista que en último caso puede justificarse de muchas maneras. Es mucho más que eso: las portadas regaladas, las reseñas complacientes, el asiento de la Real Academia, su posición como embajador español en todas las ferias culturales del mundo y el premio –obvio, del PAIS– de haber escrito con Todas las almas la mejor novela española de la “democracia española”. Repito: Javier Marías es un escritor de primer orden pero es insostenible tanto elogio a un escritor que en 12 novelas ha sido incapaz de escribir una sola línea en tercera persona (leamos a Don Fernando Vallejo, por ejemplo), de desarrollar una obra más allá de sus temas recurrentes y de no hacernos pensar que, como la música de Vivaldi, leer una sola obra de él es leer las otras once.
Lo dañino no es, por supuesto, la literatura de Marías sino la abrumadora fuerza de los inquilinos que al interior del sistema de la industria literaria definen con parámetros poco claros los habitus de quienes genuinamente buscan los mejores párrafos escritos en nuestro idioma. Sólo falta teclear Javier Marías en cualquier buscador para leer la crítica acompasada, el terror a la menor diatriba y la verborrea de elogios sin más sustento que la que recomiendan las casas editoriales en los resumee de los libros que envían a los “críticos especializados”. Los ejemplos, como digo, están en la red y copiarlos me parece redundante.
III.
Ellos, los de arriba, seguirán utilizando las fuerzas del mercado y sus capitales simbólicos y reales para avanzar sus intereses en el campo literario. La primera suerte de resistencia que se me ocurre es dejar de preguntarle a los sabios qué leer y comenzar a pensar en el sentido que le otorgamos a nuestras propias lecturas. ¿Cómo amamos después de leer, qué pensamos después de leer, cómo pintamos nuestro mundo después de leer? Así, tal vez, nos regiremos menos por los cánones armados a la medida de los intereses editoriales y más por nuestros deseos más humanos.
La segunda resistencia se trata de llevar nuestra crítica al establishment más allá de una simple columna o una reivindicación estética o emocional. Pasa por alejarse del centro y comenzar a bordear los territorios periféricos de las artes descubriendo –como los navegantes que en la soledad del mar cartografiaban los principios de la tierra y los finales de la nada– a los autores que sin aparecer en las listas de los dueños de la cultura o en sus editoriales, son capaces de decirnos algo más sobre nuestros horizontes.