Uno de los puntos de tensión más relevantes de Vientos de cuaresma de Leonardo Padura, es el de perpetuar el universo del realismo mágico sin las estridencias de este movimiento. La novela recuerda de manera insistente la prosa garciamarquiana: amplios periodos, sinestesias, prosa analógica, adjetivos elocuentes, pero con un dibujo más escueto de los personajes, una alianza menos estrecha entre descripción e intriga, una ausencia de todo elemento maravilloso. Padura pertenece a una geografía del lenguaje donde la palabra se multiplica, brota, vuelve sobre sí, aplazando su resolución, demorando un final que intenta engrandecerse con las variaciones del estilo. En esta pugna frontal contra la concisión, Vientos de cuaresma diversifica sus estrategias. La novela es también un terreno de experimentación formal, aunque nunca se aventura en los juegos de Tres tristes tigres, su antípoda. Allí donde Cabrera Infante indaga los giros populares y la noche habanera, deformando la continuidad del relato, Padura es más cauto en su oralidad, en su retrato de la vida subterránea, manteniéndose fiel a las convenciones de un relato policial lineal. Su trabajo con la forma va en otro sentido. Padura se pasea entre el narrador omnisciente, el monólogo y el diálogo a una sola voz, sin provocar una ruptura en el tono general que se asemeja a un lamento sostenido. Aludir a Tres tristes tigres equivale a señalar dos modelos, uno del riesgo y otro de la tradición, uno de la desmesura y otro del equilibrio. Toda novela anclada en la Cuba de la dictadura, tiene un personaje flotante: la política. Vientos de cuaresma no cae sin embargo en el servilismo ideológico. Padura logra con un policía, Mario Conde, más que humanizar un pequeño poder, hablar desde la médula de un sistema sin politizar el lenguaje. A pesar de la pompa de la narración, el silencio va siguiendo una línea palpitante que recorre la novela y va sugiriendo el rostro de la Cuba cambiante que no deja de estremecer los diarios desde hace medio siglo. El tratamiento de la política es un golpe en sordina, una respuesta a la saturación del testimonio y la denuncia. La política es un mecanismo estructural de la novela: el narrador construyendo una trama policíaca detenta un poder. Pero la esfera política guarda una de sus caras en la oscuridad, y ese poder del narrador se desvanece pues solo puede avizorar los hilos que tejen la historia desde las sombras. La novela apenas rasguña la realidad, manteniéndose agazapada en la psicología del protagonista. La política como estrategia de la ficción significa saber dosificar la parte visible e invisible del relato, dejar entrever un mundo al cual no tenemos acceso. Al mismo tiempo significa producir en el lector una espera. El lenguaje de Padura quiere decirlo todo mas no todo se nos dice. La novela habla desde el inicio de un caso que va a remover a la sociedad, algo muy importante que al final se reduce a un inventario de nombres. Las primeras páginas son abrasadoras, las últimas aceleran el estancamiento de una historia empantanada. Si toda novela puede compararse con un mecanismo de relojería, Vientos de cuaresma lo es en cuanto al lenguaje y el ritmo de los capítulos fragmentados, mas no gracias a la resolución de la intriga. El machismo es omnipresente, la manera de nombrar lo femenino es directa, meramente física y convencional. Y con todo, el erotismo es uno de los mejores remedios a la angustia de Mario Conde. No podría ser de otro modo, los pasajes son espléndidos y deslumbrantes, no solo en su apuesta verbal sino en su indagación de la soledad humana. El narrador de Padura tiene el vicio de pensar. Se trata de una novela meditativa: la existencia, la nostalgia, el desamor. Parece, por momentos, que la historia es otra: el derrumbe de un escritor que ha remplazado las letras por las armas y no sabe por qué. Esa ignorancia, ese vacío nostálgico es lo que queda al terminar una novela que celebra la tentación de convertir el lenguaje en música.