Leer la ciudad

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Caminar es leer el espacio con el cuerpo. Uno se encuentra con figuras, colores, climas, sonidos, miradas, trayectorias, voces… casi instintivamente vamos hilando nuestra propia versión del lugar que habitamos y recorremos.

Los pies no saben de espacio, lugar, contexto o campo, para los pies, para el cuerpo, avanzar es acercarse al total del sentido, la mirada y el tacto completan el campo, pero el paso es el principio de toda esa decodificación, de ese trabajo cotidiano que consiste en estar atento a las señales de un espacio que se mueve, que está tan vivo como sus habitantes.

La ciudad es un espacio de espacios, una colección de versiones acerca de una misma ciudad, una estructura formada por estructuras que pueblan estructuras, mentales o no, o sea: una heterotopía.

(??!!)

Si las ciudades se volvieron complejas conforme avanzó el desarrollo del siglo XX, no se podía esperar que se siguieran definiendo de la misma manera que en la edad media, el renacimiento, o el siglo XIX, así que el filósofo Francés Michel Foucault acuñó un nuevo término para tratar de describir la configuración que tomó el espacio urbano a partir de la segunda mitad del siglo XX, y que sobra decir, escapaba a cualquier definición simplista, ó intento de definición tradicional. La ciudad dejó de ser un lugar físico, y se convirtió en una red de relaciones complejas entre espacio, seres humanos, conceptos, máquinas, signos, objetos, pero sobre todo su energía motora: los deseos, los sentimientos y emociones de las personas que la habitan, es decir, una heterotopía.

Y cada quien la habita como quiere y como puede, con todo lo que querer y poder implica, lo que quizás sea una de las principales causas de conflicto en el espacio público: la reducción cotidiana de la brecha entre el querer y el poder… Un espacio público, al que todos tenemos derecho (se supone) por principio, lleno de personas, habitantes, ciudadanos, gente, y todas las modalidades asumidas conscientemente, o no. Porque un ser humano se define en tanto se ejerce a sí mismo en su ámbito de acción: habrá quien se autoproclame ciudadano, pero los hechos podrían decir lo contrario y solo ser un residente, ó quien se asuma como habitante, pero siendo un analfabeto funcional de la ciudad-texto. Todo depende de la interacción con el espacio público.

Y en ese trance la ciudad como soporte, con su composición y su orden desordenado, la ciudad como un enorme texto a leer con el cuerpo y sus sentidos, un hábitat con una gramática compleja (las reglas cambian cada que deben cambiar, pero no sabemos cómo ni cuando), una sintaxis desordenada (una jerarquización y organización que a veces se independiza de la racionalidad), y una semántica ambigua (el significado perdido de una ciudad que como dice una cosa, dice otra.)

Y cuando la caminamos nos habla, pero un segundo después nos agrede, nos alaba, pero también nos insulta, nos acaricia e informa, para luego ignorarnos y lanzarnos señales tan claras como dolorosas. Nos dice: “bienvenidos al tránsito”, pero también “vete de aquí antes de que te ahogue con mis propias manos… pero no te vayas tan lejos que no te pueda abrazar.”

Ciudad que nos expulsa, nos acoge, nos ahorca, nos seduce, nos pega, nos vive y nos muere, una ciudad esquizofrénicamente cuerda.

Por su composición la señal es muy clara: los autos primero, el peatón puede esperar. Hay espacios de privilegio, y espacios de exclusión, depende de cuanto traigas, y de la velocidad con la que puedas leerla. Y la lectura desde el automóvil puede ser rápida, pero de comprensión limitada y estresante. A nivel de piso, como peatón, arriesgada.

La ciudad como un paraíso perdido en sí mismo.

La ciudad y sus lectores, un juego inocente que en cualquier momento se puede volver perverso… y sólo por caminar su discurso.

Puede ser que debamos reescribirla.

Colaborador: 
Teófilo Guerrero
 
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