No hay que enamorarse, ni leer a Cortázar, ni poner los pies en París. Yo cometí esas tres imprudencias y me encontré viendo el atardecer desde el Pont des arts con mi primera novia. En algún momento del espectáculo, ella metió la mano en el bolsillo para sacar la marihuana y se encontró con uno de esos pequeños candados para maletas que nunca se utilizan.
- Siempre estaremos juntos, ¿verdad?
Asentí, ella cerró el candado en la verja del puente y tiró la diminuta llave al Sena. Me hizo gracia la ocurrencia; en el fin de semana que siguió nuestros cuerpos se empeñaron en imitar aquel pedazo de metal. No duró mucho: sólo seis meses después, mi novia me anunció que había conocido a otro. Durante un año traté de olvidarla sin conseguirlo. Me sentía atado a ella como a un imán o a un siamés. Pensé que la culpa la tenía el insensato pacto que habíamos suscrito en París.
En contra de todas las evidencias estadísticas, mis padres me creyeron cuando les dije que nadie se puede morir sin ver el Louvre y la torre Eiffel. Los dejé agotados en el hotel y me dirigí hacia el Pont des arts con un serrucho. Al llegar, descubrí con estupor que las verjas del puente estaban cubiertas por miles de candados. ¿Cuál de ellos era el nuestro? Todos los candados, como todas las historias de amor, acaban por parecerse. Me senté en el puente y observé cómo destellaban a la luz del atardecer.