“Vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran; me esparcen el corazón
y me aventan la garganta…” M.H.
¿Que la poesía no sirve para nada? Bueno, casi, pero con dos excepciones: para el amor y para la lucha. O sea, para casi todo.
La poesía de Miguel Hernández (1910-1942) –eterna, universal, inabarcable[1]– nos obliga a descubrir con cada línea un nuevo universo y una vieja causa por la que vivir. Decía el famoso director de música Claudio Abbado que escuchar y estudiar a Mozart es igual que aprender a caminar. Y caminar es aprender, avanzar y ser mejores personas. Cuando leemos a Hernández sentimos la misma sensación de mejorar con cada renglón, de evolucionar con cada poema. Tal vez esto se deba a que detrás de cada poema de aquel republicano existe un reto al ser humano que se considera justo: su poesía traspasa el tiempo y los continentes para decirnos, aquí y ahora, que ser justo será siempre mejor que lo contrario, que amar mejor que el odio y la humildad la única forma de enaltecer al ser humano.
Todo esto viene a cuento porque desde hace días resuenan en mi cabeza los versos de Hernández a los que el famoso cantautor Joan Manuel Serrat puso música. Son de sobra conocidas las versiones de aquel viejo disco titulado “Miguel Hernández” (1972) que incluían algunos de los versos más selectos del poeta de Orihuela: Menos tu vientre, elegía, romancillo de llano, para la libertad. Y, aunque aquel disco catapultó la poesía de Hernández a otra dimensión (disculpen el lugar común), lo cierto es que las instrumentaciones dejan mucho que desear.
Situación, ésta, totalmente opuesta en el caso de la nueva creación musical de Serrat: Hijo de la Luz y de la Sombra (2009). Aquí, contrario a la dinámica mundial de absurda indolencia y letargo ideológico, el cantautor catalán retoma, con orquestaciones impecables y en maridaje delicioso entre música y literatura, muchas de las métricas más duras y combativas de Hernández: dale que dale, si me matan bueno y canción del esposo soldado. De este último poema copio un verso que resuena en la voz de Serrat como si fuera cantado en medio de aquella maldita guerra:
Escríbeme a la lucha siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo.
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
Y eso lo escribe un poeta que vivió siempre en la pobreza, vio a su hijo morir a los veintisiete, murió a los treinta y uno y ya muerto quedó sin entierro mientras el cuerpo con manos deshechas y enfermo de tuberculosis se pudría en una cárcel franquista. Los libros, sus libros, sí que fueron enterrados y durante mucho tiempo fueron perseguidos por la dictadura.
De ahí que el disco de Serrat de 1972 en las postrimerías del franquismo y el de 2010, a 100 años del nacimiento del poeta, sea tan simbólico para recordar la poesía y el mensaje de amor y lucha de Hernández y para, como decía Abbado, aprender a caminar. O sea, para casi todo.
ADENDA
El track número 12 de Hijo de la luz y de la sombra lleva el mismo título del disco y que una trilogía de poemas publicado en la antología conocida como Cancionero y romancero de ausencias. Lo que Serrat recoge en poco más de cuatro minutos con su canto es sólo un resumen de un cuerpo mucho mayor de versos que son testamento de la vida de Hernández:
No quiero hacer hagiografía de nadie y menos de un hombre del que apenas tenemos datos como en Hernández. Sin embargo, esa trilogía de poemas en 32 cuartetos y perfecta rima, muestra la esencia de un personaje fuera de lo común –de aquellos que sólo nacen cada tanto tiempo– y de cuya obra debemos abrevar y emborracharnos hasta llegar al mayor de los excesos posibles.
Dejó solamente, con afán de seducir al lector, la última parte del mensaje del poeta que murió en la oscuridad y que habrá de recordar en plena luz. (Dixit Pablo Neruda):
No te quiero a ti sola: te quiero en tu ascendencia
y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia,
la familia del hijo será la especie humana.
Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.
[1] Son dos mis recomendaciones principales: Viento de Pueblo (1937) y El rayo que no cesa y otros poemas (1936). Además, si el lector prefiere antologías –que ganan variedad pero pierden elegancia– puede elegir entre las de Editoriales Aguilar, Losada o Zero.