Míralo al hombre, no sabe qué hacer: un pinche mosco no lo deja dormir. El debe despertarse temprano, hacer cosas importantes. El lo ha inventado todo, lo ha pensado todo, y además, buen corazón, cree. De inmenso saber, de justa moral y experiencia cuánta, orgulloso de sí, de su propia pulcritud, su propia gramática suya y su propia tecnología suya que ha obtenido para sí, está indefenso frente a ese mosco que le zumba, que lo busca y lo acosa. El sabe de la sangre caliente que en sus venas corre, pero en este momento ese saber sólo lo piensa y no sirve de nada.
Míralo al hombre: ha prendido la luz para buscar a su enemigo. Helo allí, con 73 kilos (ha estado haciendo ejercicio para adelgazar), queriendo imponerse a una criatura de 2,5 miligramos, y no la ve, se ha ido ya o vuela invisible a sus ojos.
Cuando apaga la luz y se vuelve a acostar ya sabemos lo que ocurrirá al hombre que lleva doscientos mil años civilizándose.
*Imagen: cuadro de nuestra colaboradora Alexis Baliotis