Necrofilia Hispánica

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En España no sólo se desahucia a los vivos – alrededor de trescientos mil hogares desde el inicio de la crisis -; también a los muertos. Miguel de Cervantes Saavedra, varón, de nacionalidad española, nacido en 1547 en Alcalá de Henares, inspector de Hacienda, héroe de la batalla de Lepanto y autor de poemas, obras de teatro y novelas, no suscribió ninguna de las hipotecas delirantes que los bancos españoles ofrecieron durante los años de la burbuja inmobiliaria, pero aun así, como tantos otros compatriotas suyos, corre el riesgo de ser desalojado de su morada, presumiblemente una tumba del convento de los trinitarios en Madrid.

Desde hace meses, jaleados por los políticos locales y ante la complacencia generalizada de los medios de comunicación, una cuadrilla de técnicos forenses escarba entre huesos de cientos de muertos en busca de los despojos del autor de El Quijote. Unas semanas atrás se desató la euforia cuando los desenterradores encontraron un féretro con las iniciales “M.C”. Por desgracia la caja estaba llena de inútiles cráneos y tibias de niños y a día de hoy las pesquisas mortuorias continúan. ¿Qué es lo que se pretende con ese macabro carnaval? Oficialmente el objetivo de la investigación consiste en saber más acerca del gran clásico de las letras españolas. Este argumento resulta tan convincente como el de los directivos de empresas audiovisuales que justifican la telerrealidad por su “interés sociológico”. En realidad, el propósito es muy otro: tener lista para 2016, el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, una bonita tumba identificable que atraiga a los turistas y les permita hacerse selfies junto a los restos del genio, antes o después de gastarse sus euros en habitaciones de hoteles y cocidos madrileños.

En la Edad Media, cuando se quería engatusar a los turistas (entonces se los llamaba “peregrinos”) se inventaban reliquias: las piedras con las que lapidaron a San Esteban, la cabeza de San Juan Bautista, el prepucio y los dientes de leche de Cristo... "Dientes que mudava nuestro Señor quando era niño pasan de quinientos los que se encuentran solo en Francia. Pues leche de Nuestra Señora, cabellos de la Magdalena, muelas de San Cristóbal no tienen cuento. Y allende la incertenidad que en esto hay, es una vergüenza muy grande lo que en algunas partes dan a entender a la gente" escribió el erasmista Alfonso de Valdés en 1527. En nuestra sociedad presuntamente desacralizada los santos han sido sustituidos por los artistas. La tumba de Jim Morrison en el cementerio parisino de Père Lachaise congrega a las masas que antes visitaban los pezones de Santa Agueda o la lengua incorrupta de San Antonio de Padua. Entre esos fieles posmodernos hay auténticos devotos, pero también mucho hipócrita. Del mismo modo que antiguamente había cristianos que veneraban las reliquias para no tener que cumplir los siempre engorrosos mandamientos, una buena parte de los visitantes de la hipotética tumba de Cervantes acudiría a ella para ahorrarse el único verdadero tributo a un escritor: leerlo.

Y es que la única manera de desenterrar a un autor consiste no en abrir su tumba, sino sus libros. ¿Quién ha leído hoy, ya no digo El Quijote o Las novelas ejemplares, sino El viaje del Parnaso, La Galatea, El cerco de Numancia o Los trabajos de Persiles y Segismunda? A Cervantes, de estar en alguna parte, no hay que buscarlo en un cráneo con seis dientes o en un esqueleto con heridas de arcabuz, sino en el apasionamiento del personaje de la Galatea que declara "no es amante el que no muere/ no es fe la fe que no dura"; en la independencia de aquella otra pastora que proclama: "Libre nací y en libertad me fundo";  en la sabiduría del Quijote cuando dice a Sancho que "no es un hombre más que otro sino hace más que otro"; en la subversiva ironía de atribuir la autoría de la historia de Don Quijote a Cide Hamete Benegeli: "Desconsolóle a don Quijote pensar que su autor era moro, según aquel nombre de Cide; y de los moros no se podía esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas"; en el amor a la vida que trasparece en la dedicatoria del Persiles, escrita a las mismas puertas de la muerte: "El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir"…

Se podría objetar que el reparo a revolver los huesos de los difuntos obedece también a una superstición fetichista. Sin embargo, detrás del horror a la profanación de las tumbas, hay algo más que el miedo ancestral al más allá: la idea de que una sociedad que no tiene nada mejor que hacer que desenterrar a sus muertos es una sociedad enferma. En la España de hoy en día se recorta el presupuesto para investigación, cultura, prestaciones sociales… ¿De verdad era una prioridad remover los esqueletos de un convento madrileño? ¿No tiene la capital de España otra cosa que ofrecer que los restos de un cadáver del siglo XVII? La farsa carroñera que tiene lugar en estos momentos no es tanto un insulto a Cervantes como a la inteligencia y el bolsillo de todos los contribuyentes.

El empeño que España pone en exhumar los huesos de sus mejores talentos décadas o siglos después de su desaparición contrasta con la desidia a la hora de honrarlos tras su muerte. Existe en Madrid un monumento que ningún turista, por despistado o masoquista que sea, se molestaría en visitar: se trata del Panteón de hombres ilustres, construido en 1899 inspirándose en el modelo francés. Mientras que en el Panteón parisino están enterrados personajes de la envergadura de Voltaire, Rousseau o Victor Hugo, en su homólogo madrileño encontramos nombres que sólo existen en la memoria de wikipedia como Manuel Gutiérrez de la Concha, Jose María Calatrava o Salustiano Olózaga. Con semejantes precedentes, Cervantes puede estar tranquilo: amenazado en vida por las autoridades españolas con la mutilación, encarcelado, enterrado sin honores, lo más probable es que no se encuentren sus restos, como tampoco se hallaron los de Velázquez en los cimientos de una iglesia arrasada, ni los de Lorca, asesinado y arrojado a una fosa común de paradero desconocido. Desolador resulta que en un país el desprecio por los vivos sea el único garante del reposo de los muertos.

Colaborador: 
Marcos Eymar
 

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