Nostalgia del enemigo

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“El odio es algo demasiado precioso como para malgastarlo con mis enemigos”, escribió Baudelaire. Hoy, cuando el éxito de un escritor se mide por el número de amigos que tiene en Facebook, semejante afirmación resulta ridículamente anticuada. El enemigo sigue siendo un concepto imprescindible en la política y el cine – sobre todo si uno es presidente de Estados Unidos o guionista de Hollywood. La demonización del comunismo o del “eje del mal” es el exacto reverso del odio que los bárbaros del Estado Islámico de Irak profesan a los “infieles” o a los “cruzados”. Como es bien sabido, una amenaza exterior bien identificada permite cohesionar a la población y reducirla a un estado de adhesión acrítica al califa o al “commander in chief” de turno. No obstante, si dejamos de lado el mundo de la política y de sus secuelas cinematográficas para adentrarnos en el mundillo de la literatura y de sus múltiples parásitos, advertimos un fenómeno sorprendente: los enemigos han desaparecido.

                No pretendo decir, por supuesto, que sentimientos como el odio, la envidia, el rencor o la inquina hayan dejado de existir – me faltan muchas sesiones de cienciología para llegar a pensarlo. Se detesta a un colega de trabajo, a un presentador de televisión, a la suegra, a la mujer de un amigo e incluso a veces (hay que reconocerlo) a la propia. Sin embargo, estos aborrecimientos banales no alcanzan a convertir a su objeto en un enemigo. Un enemigo (sobre todo un enemigo literario) es algo más: es el odio convertido en sentido. Un enemigo es algo que nos define incluso con mayor fuerza que un amigo. Para tener uno hace falta algo más que no soportar a esa persona; hay que cultivar esa aversión con la misma asiduidad con que se cultiva una amistad; hay que estar convencido de que el adversario merece, personal e intelectualmente, el odio con que le honramos. Los buenos enemigos son todavía más infrecuentes que los buenos amigos, y habría merecido la pena que alguien dedicase al tema un libro como el que Benjamin Franklin consagró al Arte de escoger a una amante. La recompensa de tanto esfuerzo no es baladí: un enemigo como Dios (o el diablo) manda, realza a su oponente, revela facetas de su personalidad que de otro modo habrían permanecido en la sombra. Como escribió Alonso de Ercilla al poetizar el combate de los españoles contra el temible enemigo araucano: “pues es el vencedor más estimado/ de aquello en que el vencido es reputado.”

                Entre los múltiples méritos de Quevedo no es el menor el haber merecido que Góngora le tratase de “don Francisco de Que-Bebo”. De esa mítica enemistad entre los dos grandes poetas nació la oposición entre el culteranismo y el conceptismo que, de otro modo, nunca se habría convertido en un tópico de la historia literaria. Otro poeta como el peruano César Moro se habría hundido aún más en el olvido si Vicente Huidobro no lo hubiera calificado de “piojo homosexual” además de “sirviente, lacayo, esclavo del surrealismo”, subrayando así de paso la rivalidad entre el movimiento de André Breton y su propia escuela poética – el creacionismo. Luis Cernuda asestó a Emilio Prados  unos versos que son como un gancho de Mohammed Ali: “Lo cretino, en ti, / no excluye lo ruin. / Lo ruin en tu sino, / no excluye lo cretino. / Así que eres, en fin, / tan cretino como ruin”. Aunque las enemistades entre los poetas son especialmente virulentas (además de rosas y lunas la poesía también rezuma bilis), los otros géneros no se han quedado al margen. Dickens animó al periodista Edmond Yates a que publicara un artículo incendiario contra su rival Thackeray; Tolstoï elogió a Tourgeniev para arrinconar a Dostoyevski; Camus no dejó de reprochar a Sartre su sumisión al comunismo del camarada Stalin y Sartre le contestó diciendo: “¿Cómo es posible, Camus, que no sea posible criticar ninguno de tus libros sin arrebatarle la esperanza a la Humanidad?”…

                Me cuesta pensar en parejas actuales comparables a las que acabo de citar. El germen de envidia, odio y secreta complicidad existe en muchos casos, pero falta energía, pasión y también violencia para sublimar esa antipatía en fecunda enemistad. El pánico a las malas críticas, a perder los indispensables “contactos” (no es casual que esa palabra también se use en el ámbito de la prostitución), lleva a transformar la aversión en hipocresía o indiferencia. Para disimular este hecho y preservar el espejismo glamoroso de las antiguas rencillas existen varias estrategias. Una consiste en atacar a autores como Paolo Coehlo, Dan Brown o Isabel Allende, demasiado ocupados cobrando regalías como para sentirse tentados por las polémicas literarias. Más a menudo se fabrican enemigos abstractos: “el mercado”, “el conformismo”, “la literatura comercial”. Que yo sepa “el mercado” nunca ha respondido a nadie con un libelo ni ha escrito una reseña brutal en Letras Libres. Estos cómodos espantajos permiten también una argucia de la que usan y abusan los críticos literarios españoles. Así, al reseñar la última obra de un amiguete, se escribirá una frase del tipo: “su brillante última novela constituye un ataque en toda regla contra los escritores que consideran la literatura como un mero pasatiempo…” Como nunca se cita a esos malos escritores nadie se da por aludido. Mejor aún: la mención a esa masa oportunamente anónima permite encumbrar a obras mediocres que merecerían figurar en ella. A fuerza de evitar cualquier tipo de argumento ad hominem los críticos literarios se convierten en animales – domésticos, ni siquiera salvajes.

                El despierto lector observará que en todos los párrafos anteriores tampoco yo he citado ningún nombre propio comprometedor. En ello no sólo interviene el paralizante temor del escritor no consagrado a las represalias de colegas más poderosos; también, de manera decisiva, la falta de costumbre. Del mismo modo que a nadie se le ocurre ya encender un cigarrillo en el cine, al escribir hoy en día se evitan automáticamente las descalificaciones y los ataques personales. Cabe verlo como un progreso importante en la educación, paralelo a la reducción de la violencia verbal y física en otras esferas de la sociedad – al menos de las europeas. Tampoco se me escapa que en la mayoría de las enemistades artísticas de todas las épocas han abundado los motivos inconfesables, las mezquindades, los golpes bajos – sin que las cualidades literarias hayan alcanzado siempre, ni mucho menos, a redimirlas. Sin embargo, a veces me parece que a los escritores actuales les falta relieve. Sus escritos, sus vidas están bañados en una luz demasiado difusa y homogénea. Carecen del claroscuro que presta la iluminación agria del odio. Siento, en una palabra, la nostalgia del enemigo. ¿Qué aspectos desconocidos de mi talento despertaría ese antagonista que no tengo? Quizás esté ahí, agazapado en la lista de mis ciento cincuenta y tres amigos en Facebook, disfrutando de la secreta venganza de ver cómo, sin dejar de sonreír, me voy diluyendo en vacaciones, comidas, presentaciones de libros – todos los vanos rituales de nuestro mundo unidimensionalmente friendly.

 

Colaborador: 
Marcos Eymar
 
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