Notas dispersas
a. Chejov, De Sica, los animales.
Hay dos historias -una, en cuento, escrita en 1885 por Antón Chejov y otra, en película, escrita por Cesare Zavattini y dirigida por Vittorio De Sica- que guardan entre sí no sólo el inextinguible virtuosismo de dos narraciones implacables sino otras casualidades, que intentaré descifrar.
La de Chéjov se llama La tristeza y más o menos su argumento es éste: en una ciudad cubierta de nieve, en lo que podríamos imaginar San Petesburgo, un hombre de nombre Yona se gana la vida de cochero o, entenderíamos mejor hoy, taxista, mas de carreta. En el fondo de su alma, le pesa la muerte de su hijo acaecida tan sólo una semana atrás, y en más de una ocasión intenta compartírselo a sus pasajeros, ya se sabe que las penas hay que desahogarlas, pero a los pasajeros sólo preocupa que Yona cumpla su trabajo y dé latigazos al caballo que tira del coche para llegar pronto a su destino. Durante toda la jornada, Yona es despreciado. “¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se preste a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo!”. En un giro digno de los mejores desenlaces de la literatura, de noche a solas, Yona guarda a su caballo. “El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido”. De este modo, Yona le habla al animal y acaba por compartirle su pena.
La dirigida por De Sica se titula Umberto D. (en italiano Umberto no lleva hache) y trata de un anciano jubilado con problemas económicos y de salud. La historia comienza en una protesta dispersada e ignorada por la autoridad donde los manifestantes, entre ellos Umberto, reclaman un incremento de las pensiones a jubilados, pues no alcanzan sino para llevar una vida miserable, lo que, de hecho, causa problemas entre Umberto y su casera, una mujer por lo demás soberbia, que deja a Umberto en la mendicidad y sin techo. Umberto considera el suicidio como única posibilidad por franquear la realidad atroz pero, más de una vez, es estorbado por Flike, su perro al que cuida con devoción. En el desarrollo de la película, Flike pasa de ser la mascota a ser la razón de vivir de Umberto.
En ambas historias, es protagonista la persona humilde y humillada, “un héroe cotidiano”, como ha dicho Martin Scorsese sobre Umberto D., personaje interpretado no por un actor sino por un maestro de filosofía que De Sica conoció por azar del destino; empresa ésta de elegir a una persona real para la actuación a la que ha recurrido, con frecuencia, el cine, cuando trata de llevar su ficción a una percepción de realidad y no de simulación, empresa que a veces fracasa y a veces se logra con maestría, como es este caso. Tanto De Sica (y siga entendiéndose Zavattini) como Chéjov, introducen el contexto social tan inteligentemente que éste no es el centro de la historia –lo que politizaría la historia o, al menos, la ahuyentaría del drama-, pero sin el contexto, la historia no llegaría a ser lo que es. En ambos casos –en Chéjov, es verdad, se desarrolla con mayor sutileza- impera una sociedad estremecedora en que nadie escucha… salvo un animal, el caballo en La Tristeza y el perro en Umberto D.
Lo que serían nuestros términos comunes se invierten: en una sociedad que insiste en deshumanizarse las bestias son los hombres y los animales son las almas que reflejan y rescatan lo indefectiblemente “humano”.
B. Hipertexto
En el marco de las discusiones y debates que ha suscitado lo que se concreta, por ejemplo, en la prohibición de corridas de toros en Cataluña o en la prohibición del uso de animales en los circos en Bolivia, Metthieu Ricard escribe; “El torero Vicente Barrera declaraba recientemente sobre la tauromaquia: ´Si el Estado español reconoce que es un arte, su prohibición sería tan absurda como la de una pintura que ciertas personas no apreciaran’. ¿Bastaría declarar que una actividad es un ‘arte’ para asfixiar toda objeción de orden moral, e ignorar la prohibición de hacer sufrir voluntariamente a un ser vivo que no ha cometido el menor crimen?”. Otra disquisición, de Carlos Monsiváis, complementa: “El ser humano no puede ni debe celebrar el dolor infligido a seres vivos, ni tiene sentido negar que tal insensibilidad se traslada luego y con fuerza a la furia contra seres humanos”. Razón y razones sobran para tomar una posición ética contra el sufrimiento ejercitado en animales.
Puede leerse en http://www.yotambienboicoteoaprocterandgamble.org/ acerca de una campaña contra productos como Head & Shoulder, Pantene Pro-V, Gillete, Old Spice, Hugo Boss, Ariel, Ace, Duracell u Oral B, entre otros. Está comprobado que, para la fabricación de estos, se experimentó y continúa experimentándose con animales; en la lectura de esta página está claro que los experimentos no son más que torturas pero, sobre todo, puede uno congraciarse de la causa o, al menos, decidirse a abandonar la compra de dichos productos, como parte de un boicot que ya se expande a lo largo del mundo.
c. Ventana
Breverdece en el lugar menos esperado. A un costado de un súper, pintado sobre una pared, leemos:
“porque sí”.