La Termo, B.C.: Los vaqueros hablan poco. Poco respecto a qué o en qué sentido no lo tengo bien claro, sólo sé que es poco. Me molesta. Tampoco sé si es el silencio en sí que me molesta o la tosquedad con que lo ejercen. Algo se traen. Es gente volteada hacia sí misma. No en el sentido más profundo, reflexivo, que se obtiene de la peor lectura del Laberinto de la Soledad; sólo es gente a la que el resto del mundo le importa bien poca cosa. A mí me importan poquísimo también, no crean. Desfilan su orgullo polvoriento a fuerza de sobredosis de caguamas, sombreros maltrechos y puñetazos. En uno de sus raptos jactanciosos, presencié cómo reñían, y no exagero, por las aptitudes de cada uno para predecir el Santana. Chingado Santana qué, es viento. Dice mi madre, en uno de esos filones poéticos que explora de repente, que no, no es sólo viento. Es más y es menos; bravo, juguetón, a su paso acaricia los mismos resquicios de las mismas rocas y piropea las mismas vacas flacas. Su tibieza, espinosa, puede mascarse, dejando resquebrajaduras en los labios. A mí me caga. Me cagan las vacas, flacas y gordas, y las resquebrajaduras en el lugar que sea. El Santana, cual tirano, embiste cuanto se le atraviesa, taladra las ventanas de las rancherías y derriba los cercos. Y aquí me he venido a meter, eso es lo más increíble de todo. Rodeado de polvaredas y hojarasca, de almas montaraces, apunto esto que he de leer al rato para descubrirlo ridículo. Te jalé hacia mí. Eso hubiera bastado antes. Ya no es antes, y no me encuentro. Coño. Que me saquen de aquí. Copyright de la imagen: http://4.bp.blogspot.com/___FH_9_mT1Q/SWyyMWfkIHI/AAAAAAAAC70/c8x8PgTRXg...