Superhéroes plomeros

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Mi primer recuerdo es el de una gotera. Con un poco de esfuerzo logro también evocar otras impresiones muy antiguas, como el rostro de mi madre inclinándose sobre la cuna o un campo de amapolas por el que solía pasear de niño, pero lo cierto es que ya no sé si esas imágenes provienen de mi memoria, de álbumes de familia o de una publicidad de pólizas de seguros. En cambio, no me cabe duda de que la gotera me pertenece, quizá porque nadie se tomó la molestia de sacarle una foto o de rodar un anuncio con ella de protagonista. Estoy tumbado en la cama, con un pijama de superhéroe - ¿Spiderman? ¿Superman? ¿Batman? Lo único seguro es el “man”, cavernaria partícula germánica que denota masculinidad, valor y fuerza. Y precisamente eso es lo que me falla: tengo miedo. Encima de mí, en el techo, hay una gran mancha oscura. No tiene la forma de monstruo, ni de dragón, pero la falta de un perfil nítido, en lugar de tranquilizarme, aumenta el sentimiento de indefinible amenaza. Por si fuera poco, acaso sugestionado por el líquido desparramado en el techo, siento cada vez más ganas de orinar. No me atrevo a enfrentarme al pasillo oscuro que lleva al baño, ni a despertar a gritos a mis padres. Al miedo, y espoleada por él, se une la amenaza de una terrible humillación: ¿voy a mearme en la cama? ¿acabaré por mojar innoblemente el disfraz que debía garantizarme virilidad y superpoderes?

Por suerte mis recuerdos se detienen ahí. Seguramente un psicoanalista me demostraría lo contrario y descubriría, encerrada en algún calabozo mental, la previsible culminación de la escena – razón de más para no tenderme nunca en el diván. Aun sin la valiosa asistencia de los freudólogos (o freudólatras) podría atribuir mi horror por las goteras a esa temprana experiencia infantil, de no ser porque he descubierto que es un sentimiento que casi todos mis congéneres comparten. Incluso en sus manifestaciones más leves, las fugas de agua suscitan una repulsión que no despiertan los desconchones o las bombillas fundidas. Observen a alguien en una habitación con gotera y verán cómo le resulta imposible no mirarla de reojo con una mezcla de fascinación y asco. ¿De dónde proviene esa actitud ambivalente? ¿Acaso todos los hombres han sufrido en secreto un trauma infantil parecido al mío?

Agarren un mapa de la ciudad en donde viven – el DF, París o incluso Tuxtla Gutiérrez. Durante un año tracen con lápiz el itinerario de sus desplazamientos. Descubrirán que poco a poco se van definiendo unas pocas líneas gruesas, un somero sistema de canalizaciones que une el trabajo con el domicilio y el domicilio con el parque, el McDonald’s o el curso de yoga. Del mismo modo que el agua potable, los residuos fecales, el gas, la información o la sangre, nuestras vidas circulan por conductos invisibles, construidos por la educación, la clase social y la rutina, de los que resulta difícil (y arriesgado) salir. Por mucho que nos sintamos constreñidos en ellos, lo cierto es que nos guían tanto como nos apresan. Como una copia monstruosa del cuerpo y de sus aproximadamente noventa mil kilómetros de venas, arterias y capilares, las casas, las ciudades y la sociedad en su conjunto se construyen sobre una infinita red de tubos que transportan todo lo necesario para su subsistencia al tiempo que evacuan la mierda. Las goteras nos inquietan porque nos hacen pensar en las hemorragias – no sólo las que revientan los vasos sanguíneos, sino también las que amenazan el orden social.

 Si nuestra posmodernidad, caracterizada por la movilidad, la flexibilidad y la individualidad, es “líquida”, como pretende el sociólogo Zygmunt Bauman, resulta lógico que se multipliquen los dispositivos para canalizar sus flujos – desde los oleoductos hasta los cables de fibra. Aun así, uno de los fenómenos más llamativos de los últimos años ha sido las fugas. La guerra sucia en Irak, los entresijos de la diplomacia y del espionaje mundial, la lista de evasores fiscales chinos, las conversaciones confidenciales de Sarkozy con sus abogados o el privado arranque de sinceridad en que Rajoy calificó el desfile de las fuerzas armadas españolas de “coñazo”… Pocos secretos parecen ya al abrigo de escapes indeseados. Cuanto mayor es el volumen de información y más rápido circula, más aumentan las probabilidades de que una parte se vea desparramada por internet. Sin embargo, tan llamativa como la escala de esas fugas ha sido su falta de consecuencias. Las filtraciones masivas de Wikileaks no han provocado ningún cambio en las relaciones internacionales; las escandalosas revelaciones de Snowden tan sólo han suscitado protestas rutinarias; Rajoy sigue exhibiendo patriotismo. Y es que, más desestabilizador que el contenido de esas fugas, resulta la manera en que han sido obtenidas.  Darles la importancia que merecen equivaldría a abrir las puertas (o más bien las tuberías) a un anárquico mundo de goteras en el cual ningún turbio secreto o desagüe, ningún dinero o salón recién blanqueados estarían a salvo.

Manning, Assange o Snowden poseen algunas características de los superhéroes: al fin y al cabo son individuos valientes y sin ánimo de lucro, dispuestos a arriesgar su vida para enfrentarse a un poderoso imperio con el objetivo de defender unos valores que consideran amenazados. A pesar de ello, no hace falta tener dones paranormales para saber que su efigie nunca aparecerá ni en una plaza pública ni en un McMenu. El destino de individuos así no es la gloria, sino la hospitalidad del zar Putin o de la embajada de Ecuador. Y es que un superhéroe, en el fondo, es un plomero: no el sujeto peligroso que se dedica a agujerear cañerías, sino el salvador que las reparara para que los ciudadanos de bien puedan deshacerse de sus excrementos sin poner en peligro la limpieza de sus hogares. ¿Se acumulan los problemas en las cloacas de Gotham City? Ahí está Batman con un megadesatascador para evitar que las aguas fecales inunden las escuelas y los bancos. ¿Amenaza Lex Luthor con destruir los sistemas de evacuación de Metropolis? Confiemos en Superman y su alicate a presión anticriptonita.

Con apenas cuatro años, supe identificar al enemigo. Me faltó valor. Ahora no sé si tengo más, pero, al menos, como la mayoría de miembros de la raza humanoide a la que pertenezco, he desarrollado una técnica eficaz para luchar contra las goteras mientras espero al superhéroe plomero de turno: mirar para otro lado.

Colaborador: 
Marcos Eymar
 
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