A Sara, mi cuenta cuentos
Hace muchos ayeres, cuando las estrellas estaban más cerca de los ojos y los cometas nos pasaban por la cintura, existía un viejo mar, de canas azules y piel oleada. Un mar de vientos tiernos que desvanecían su aliento oceánico en el cuerpo de las playas. Vivía cerca del norte y el sur, del este y el oeste, cerca de allá y de acá. Cerraba los parpados y le cantaban en mandé, los abría y le soplaban al oído en limbú. Vecino del fin del mundo y del Amazonas, recibía besos de Monday, del Garona y del Paraná.
En las mañanas, se entretenía jugando a cambiar el rumbo de los peces o viendo a los corales bailar bajo sus brazos. Por las tardes, el salto de los delfines y las ballenas le producían cosquillas, mientras en las noches se dejaba acariciar por la ternura blanca de la luna mientras adornaba su pijama de luceros.
Su vida era alegre y parecía larga, infinita, como su cuerpo acostado sobre los cielos. Su nieta, la aurora, le pintaba el rostro índigo con crayolas, mientras su sobrino el sol le coloreaba el cuerpo de bermellón y amarillo. Dejaba el viejo mar disfrazarse en el verano y en la primavera, en el otoño y en el frío. Siempre vestido de fiesta, galante, eterno galante era aquel gran señor.
Las aves contaban sus años, cada vuelo al norte le sumaban un aplauso a sus manos, cada vuelo al sur le agregaban un paso a sus caminos. Las barcas decían que sus arrugas debían tener cuando menos la edad del universo. En cambio, los pescadores habían prometido no decir su edad, tenían un acuerdo: él les abriría las puertas de su jardín si ellos jamás dirían sus secretos. Así, el mar les regalaba los mejores tesoros de su pecho, porque los pescadores conocían además de sus años, los nombres de todas sus amantes, de algunas amigas y de muchas prometidas. Es más, los pescadores fungieron varias veces como testigos de honor en las andanzas y deslices del viejo mar a través del tiempo, siempre en silencio, en la voz baja del silencio amigo.
La edad del mar empezó a ser tema de tarde entre sus conocidos porque tras muchos eclipses, el viejo mar empezó a sentirse cansado. No tenía ya la fuerza para mojar los pies de la arena, mas el viento le ayudo en ello. No tenía la fuerza tampoco para acercarse a platicar con la luna cuando ella ofrecía su rostro entero, pero amablemente ella se cambió a un balcón más cercano al viejo mar. Así, varios ayudaron en los deberes del mar, pero había algo pendiente: llevar a las barcas a su destino. Aquello era complejo, porque las barcas tras tanto navegar, tenían los oídos llenos de sal, y ya no podían escuchar los consejos del viejo mar, por lo que empezaron a perderse más seguido.
Los marineros se reunieron a hablar con los pescadores y los comerciantes, con los piratas y los navegantes para tratar de que las barcas llegaran a la costa correcta. Tras mucho divagar y varias botellas de ron, un viejo pescador comentó: "el viejo mar es un majo incansable, le fascina estar enamorando a las estrellas. Todo su cuerpo lo mueve en dirección a ellas, dependiendo de dónde se encuentra la nueva amante, el mar la mira y la mira, le lleva barcas de regalo con su piel oleada para que ella escuche el canto nuevo de los marineros, un canto en veinte lenguas. Si logramos que una estrella no se enamore del mar, él siempre la buscará día y noche, llevándole las barcas de los marineros y su canto eternamente."
Nadie se emocionó al escuchar la idea del viejo pescador, sabían que ninguna estrella se había resistido alguna vez al canto de los marineros, y todas se enamoraban al final siempre del mar. Mas un pequeño marinero sugirió: "cantemos todos bajo, muy bajo, hagamos que se acerque la estrella a nosotros tanto, que podamos ir llenando sus oídos de sal".
Felices, los marineros se pusieron de acuerdo y le cantaron bajo, y abrazándola ponían un poco de sal en sus oídos, un poco más en cada noche. Al cabo de un tiempo, la estrella Thuban ya no podía escuchar lo que pasaba debajo de los cielos, sólo podía oír a sus vecinas estrellas y a la luna. El viejo mar notó que aquella estrella era especial, no se enamoraba tan pronto como todas las demás. Encaprichado le llevó más barcas hacia sus pies. La idea del pequeño marinero y el viejo pescador había funcionado. Thuban jamás se enamoró del viejo mar.
Desde entonces, dicen que el mar ayuda a llevar a las barcas en dirección a la estrella polar, y desde entonces también dicen que los marineros le cantan a ella muy bajo, casi en la voz del silencio por las noches.
Fotografía: María Rojas Campuzano