Trigal con Cuervos

trigalconcuervos

“Este hombre o se vuelve loco, o nos deja a todos muy atrás”

Camille Pissarro

  

Volvió a soñar con él. Hacía tiempo que no se veían, pero en esta ocasión se había presentado con una claridad contundente, irrefutable. Siempre era fácil reconocerlo, al fin y al cabo compartían el mismo rostro. Mentira. A pesar de su idéntica fisonomía no era igual que mirarse al espejo, porque en él veía justo aquello que no fue, la evocación corpórea de todos sus anhelos y culpas.

El sueño lo había arrastrado a Borinage, a una barraca destartalada donde yacía en el suelo un hombre viejo con los ojos cerrados. Al acercarse a mirarlo notó en las comisuras de sus labios espuma seca y amarilla. Era un minero enfermo, amoratado, como tantos otros que había visitado durante aquellos lúgubres días. En los años posteriores a su estadía en Borinage nunca dejó de conmocionarse por la resignación de esos hombres y mujeres que vivían con la humildad de las orquídeas, que se marchitaban y morían sin proferir gritos a su maldecida suerte. Tomó la mano del hombre entre las suyas y rezó en voz alta; rezó por su salvación o por su pronta muerte. El minero no parecía percatarse de nada, no reaccionó ni siquiera cuando él agitó su cuerpo y alzó violentamente su cabeza de la paja. Fue entonces que sintió la presencia de alguien más en la barraca: ahí estaba, su propio hermano, mirándolo desde el marco de la puerta, enfundado en un largo abrigo negro de buena hechura, moviendo ligeramente la cabeza y frunciendo el ceño. Su hermano mayor, ése que nunca conoció porque no alcanzó la vida, pero que aún lo visitaba de tanto en tanto, para recordarle con su mera presencia que su vida no era más que el reflejo inconexo de un espejo pulverizado. Cuántas veces quiso disculparse ante él, postrarse a sus pies y decirle que todo era culpa del infame destino -nacer exactamente un año después que el primogénito mortinato; llevar su mismo nombre como piedra atada al cuello; saber que el resto de su vida estaría sometido a los crueles designios de la fortuna-. En el sueño intentó explicarle esto y más, decirle que sólo quería ayudar al anciano minero a morir con el cobijo de Dios, que él no había provocado su enfermedad. Pero su boca no se abrió, las palabras no manaron, y no pudo decir nada. Sus ojos se cargaron de lágrimas que tampoco logró derramar. Soportó así la mirada pétrea de su hermano durante un larguísimo tiempo, hasta que despertó.

La turbación del sueño se impregnó a la vigilia. Sentado en la cama dio rienda suelta a su llanto. No era un buen augurio la tristeza que lo invadía desde hacía varios días; eso parecía ser siempre lo que detonaba sus ataques y alucinaciones. Ésta era una melancolía especialmente dura, afilada, cargada de miedo. No temía a la tristeza en sí misma, sino a lo que vendría después: los gritos, los espasmos, las jornadas interminables en la cama, las tinieblas que cada vez tardaban más en disiparse. Ése era su mayor miedo: que la locura decidiera quedarse para siempre, posesionarlo y no soltarlo nunca más.

Su depresión se había acentuado con la última carta que recibió de Theo. A pesar del optimismo con que su hermano relataba los sucesos más recientes de su viaje a Holanda, él bien sabía que las cosas no marchaban bien. La salud del pequeño Willem no mejoraba del todo y -quizá por eso mismo- la relación de Theo con Jo parecía más ríspida que de costumbre. En su última visita a París había visto cómo Theo perdía los estribos cuando ella se opuso a colgar una pintura suya en uno de los muros del apartamento. Por eso él había vuelto a Auvers antes de lo previsto, no quería provocar más tensiones en el hogar de su hermano.

Había también otra cuestión que lo agobiaba profundamente, aunque fuesen cosas de un orden más mundano. Theo estaba pasando dificultades económicas: no sólo tenía un hijo recién nacido y enfermo, también las cosas en la galería no marchaban bien desde hacía algunos meses. El billete de cincuenta francos que su hermano incluía siempre en las cartas que le enviaba se estaría convirtiendo en una losa muy pesada. Pero él, sin ese dinero, no tendría forma de comprar óleos ni pagar la renta a los Ravoux. Su cabeza se debatía entra la culpa y la necesidad: acostumbrado a ser una carga para su hermano menor, su pecho aún se inflaba de vergüenza cada vez que reparaba en ello.

Se sacudió las cobijas y bajó de la cama. Sintió sus rodillas crujir como leños secos mientras se erguía para espantarse la modorra. Realizó profundas respiraciones pero no quiso cerrar los ojos, temía encontrar ahí la mirada pétrea de su sueño. La agonía del viejo minero y su fantasmagórico hermano en el resquicio de la puerta volvieron a turbar su alma. Decidió sentarse frente al pequeño escritorio colocado en una esquina de su habitación.

 Vivir sin quejarse: ésa es la única lección que hay que aprender en esta vida, le había dicho a Theo en alguna ocasión. Por eso mismo detuvo el impulso de escribirle una carta para contarle de la inestabilidad emocional que lo invadía en días recientes. Se decidió en cambio por un poema.

 

La muerte se asoma,

llena de venganza,

de ritos olvidados

y días en ocaso.

 

Se asume natural,

por su inevitable presencia.

¡Qué sutil engaño!

¡Qué gran sinvergüenza!

 

Clava ya tu cuchillo,

que la acción terminada

no es tan grave

como tu amenaza velada.

 

No solía escribir poemas, pero a lo largo de los años su obsesiva necesidad de plasmar en papel lo que pasaba por su cabeza lo había llevado a intentar cuanta vía de escape posible, desde precisas descripciones en sus cartas a Theo y a su madre, hasta desvaríos, dibujos, y de cuando en cuando, poesía.

Más tranquilo ahora, se alzó para abrir la ventana y dejar que el aire fresco del verano se colara en la pequeña habitación. Al mismo tiempo los rayos del sol  estallaron de júbilo en su estancia y desmoronaron la penumbra. Siguió con los ojos la trayectoria de los haces de luz, desde la ventana hasta sus puntos finales: algunos reventaban en las paredes y en la cama, otros en los lienzos amontonados en cada rincón. Se encaramó a la silla para gozar de lleno el exterior. Con la cabeza completamente fuera de la ventana, absorbió lo que sus sentidos le permitieron. Al unísono admiró los cipreses del fondo que se alzaban como llamaradas de fuego verde; respiró el aroma de los lirios y se dejó seducir con sus atrevidos colores que rompían la monocromía de los prados; escuchó a los perros ladrar a lo lejos y el trinar descarado de los mirlos; vio el azul del cielo brillar con tal intensidad que tuvo que entrecerrar los ojos. Y rió. Primero mansamente, como apenado, incluso sintiendo algo de vergüenza. Pero entre más se adentraba en ese mundo más le venía la risa a borbotones, carcajadas de genuino regocijo. Vivir sin quejarse: ésa es la única lección que hay que aprender en esta vida. Supo con certeza que aquél que tiene la fortuna de observar por tan sólo un minuto la naturaleza, cuenta con motivos suficientes para estar agradecido de por vida. 

Permaneció así un largo rato. No pudo calcular si fueron diez minutos o dos horas; el tiempo siempre perdía su rigor ante panoramas semejantes. Lo que sí es que el cielo se había cubierto de pequeñas e inofensivas nubes blancas. De un momento a otro habían aparecido, con la misma sutileza con que el girasol se vuelve hacia su amo.

Se alejó de la ventana y sintió que su alma estaba en paz. Sólo entonces reparó en que su estómago no había recibido alimento alguno desde que se había despertado. No quería salir de la habitación, así que hurgó en los bolsillos frontales de su camisón y halló un pedacito de pan. Nuevamente se sentó frente al escritorio y lo cortó con una espátula en trozos minúsculos. Saboreó con mesura, mascando lentamente. Luego se mojó con saliva la yema del pulgar derecho para recoger las migajas esparcidas y también se las llevó a la boca. Tomó la pluma y escribió debajo del poema.

 

Querido Theo,

Como puedes ver en el poema que precede a esta carta, pensamientos funestos se han apoderado de mí, en la vigilia y en el sueño, en el trabajo y en el descanso. Siento que una nube negra y espesa está formándose sobre mi cabeza, y que muy pronto se derrumbará sobre mí, asfixiándome por completo y para siempre.

Me asustan los días venideros. He tenido sueños extraños que no pueden ser más que presagios de una terrible enfermedad. Hoy he mirado un buen rato por la ventana, y pude notar cómo se va haciendo más marcado el contraste entre la belleza e ingenuidad del mundo natural y la corrupción de mis pensamientos. Nunca he logrado compartir la armonía de la naturaleza.

En días pasados tuve una fuerte discusión con el Dr. Gachet por una minucia. Como ya te he dicho antes, creo que él está igual o más enfermo que yo, y nuestra última desavenencia la considero definitiva. No puedo, sin embargo, dejar de percibir que cada vez me encuentro más solo. Tú, mi querido hermano, mi fiel amigo desde que tengo memoria, también habrás de tomar distancia, porque tus ocupaciones como padre y esposo absorben ya todo tu tiempo, y no puedes, ni debes, desperdiciar más tiempo y dinero en mí. Yo sabré cómo arreglármelas a mi modo. Pero antes…

Tengo una propuesta:  he pensado que tú y Jo podrían venir a pasar una semana a Auvers para que el pequeño Willem respire aire más fresco y su salud reponga fuerzas, mientras ustedes descansan de sus ocupaciones y se distraen con las bondades de esta tierra. Nada me haría más feliz, querido Theo, que compartir unos días con tu hermosa familia.

Espero con ansias noticias tuyas.

 

Leyó y releyó la carta pero no quedó del todo satisfecho, a pesar de que las palabras expresaban su sentir más honesto. Dobló el pliego en cuatro partes y lo echó dentro del bolsillo de su pantalón. Theo pensará que quiero dinero. Caminó  de un lado a otro de la estancia con pasos cortos y simétricos. No, él bien sabe que mi cariño nunca podría ensuciarse con ese vulgar lodo.

Siguió caminando cada vez más agitado, de atrás para adelante, mirando la nada que se iba espesando poco a poco a su alrededor. El sol se había arrodillado cobardemente tras una capa de nubes grises, mientras unas cuantas gotas se dejaron deslizar por sus mejillas, como augurio de la tormenta. Es la maldita soledad lo que trae la melancolía. Y justo pensaba en eso cuando sintió que ya no estaba solo en la habitación.

Desde una esquina descubrió nuevamente la mirada pétrea de su sueño. La razón trató de recordarle la noche anterior transcurrida frente al espejo, el retrato realizado al amparo de la madrugada y el ajenjo. Pero él ya no estaba dispuesto a confiar en los dictados de esa razón que lo había traicionado en tantas ocasiones a lo largo de su vida.

El mundo que lo rodeaba se desvaneció a la luz de esos ojos, sus ojos, que lo miraban imperturbables desde el lienzo. La vorágine acumulada de tantos años finalmente estalló y la destrucción fue total; sólo tras la catarsis devino el silencio. Así pasó el tiempo, mostrando su cualidad elástica, hasta que por fin hizo lo que nunca pudo en sueños: habló. Gritó desde una parte muy profunda de su ser, un lugar desde el cual nunca había hablado. No se detuvo, ni siquiera cuando supo que esas palabras descosían una vieja herida de la cual manaría un dolor insoportable. No se detuvo, continuó hablando hasta que cayó colapsado sobre la cama. No se detuvo, su boca siguió gesticulando aún después de que su cuerpo ya no fue capaz de emitir sonido alguno.

Vivir sin quejarse: ésa es la única lección que hay que aprender en esta vida.

 

Croow, crooooooow. Cuando abrió los ojos entendió que nada había cambiado. Sólo la tela de lo real se había rasgado, permitiendo que el sueño y la vigilia entraran en contacto. Se alzó a mirar por la ventana y descubrió que ya los campos empezaban a cubrirse de gris, mientras que los cuervos no tardarían en materializarse, aunque por el momento sólo se insinuaran con sus gritos agudos.

Él aceptó la condena sin protestar. Sabía que una vez que los cuervos y las nubes cubrieran los trigales ya no habría mucho por hacer. Sin embargo actuó con total tranquilidad. Tomó su bata del perchero y se la acomodó en la espalda; luego abrió el armario y sacó la escopeta con dos cartuchos. Salió de la habitación sin azotar la puerta.

 

Colaborador: 
Alessandro Triacca
 
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