Un poco de calma

inodoro

Un inodoro es un elemento normal, blanco, de loza. ¿Quién puede decir lo contrario? Pero Carolina estaba muy descontenta con su baño. Cada vez que se sentaba, el inodoro empezaba a chistarle piropos de la más baja vulgaridad. - Inodoro grosero, cállate, que así no puedo. Pero el inodoro seguía realzado las virtudes de los glúteos de Carolina. No hay derecho, así no se puede. Carolina se había acostumbrado a hacer sus necesidades en el baño del trabajo, donde el inodoro era callado. Pero, ¿A la noche? No iban a abrir las oficinas a las tres de la mañana para que la abogada haga pis. ¿O sí? Se quedó pensando, mientras el inodoro continuaba con sus alabanzas tan poco sutiles. - Ah, no me dejés solo, ¡Carito de mi alma! ¡Pero Carolina tenía que volver a dormir! ¡Al otro día trabajaba temprano! Y si no trabajaba, no podía ir al baño. Así estaban las cosas. Caro sacó unos ahorros del banco y se compró una bazuca de guerra. Fue al baño y disparó contra el molesto mobiliario. ¡Pum! El ruido sonó en cada parte de la casa, todo vibró por unos segundos, como si el departamento fuera a desintegrarse. Lo que se desintegró fue el inodoro del amor, su voz rota pronunció un “ayyyy” caleidoscópico que se apagó con las luces del fuego. En su lugar quedó un hueco oscuro como el silencio. Tendría que llamar a un albañil. La bazuca era muy pesada y la fricción le había lastimado un poco el hombro. La dejó al lado de la bañera y se fue a dormir. Pero le dolía el hombro, tenía una pequeña línea roja, igual se durmió. Llamó a un albañil peruano, al otro día, y el tipo le instaló un nuevo inodoro, por ciento cincuenta pesos y la bazuca, que igual a Carolina ya no le servía de nada. Esa noche estaba durmiendo cuando sintió que le rozaban la cola, abrió grande los ojos y vio un inodoro transparente que flotaba sobre las sabanas. - ¿Qué querés ahora? - No te tapés tonta, dale. - ¡Dejame dormir! Se volvió a dormir pero de nuevo un gesto en su cola la despertó. - Hasta ahora he sido bueno. Pero se acabó. Y la encaró pero ella dio un salto y lo esquivó, salió corriendo y se encerró en el baño. Unos segundos de silencios, cayeron algunas gotas en el lavamanos. En la puerta de madera se insinuó un pico blanco-transparente y fue creciendo hasta que apareció el inodoro completo. -Ah esta sala me trae tantos recuerdos! Su voz se había hecho transparente también. Hueca, fantasma de una voz. Carolina dio un salto, abrió la puerta y atravesó el pasillo con el inodoro pegado detrás de ella. Salto al palier y corrió por las escaleras. Desde una cabina al frente de su edificio llamó a los cazafantasmas. La atendieron enseguida y con fondo de twist, le pidieron la dirección y dijeron que esperara afuera. En unos minutos llegó la camioneta blanca, como una heladera con ruedas. Bajaron los cuatro héroes, con su traje de artistas espaciales. Traían una caja metálica conectada a una manguera que terminaba en un embudo, todo blanco. Carolina subió las escaleras con ellos, que iban dictándose indicaciones “máximo nivel de absorción” “aumenta la presión” Uno manipulaba un pequeño panel luminoso, otro hacia anotaciones... Abrieron la puerta y fueron directo al living, donde encontraron, sobre el sillón, al inodoro. Los desafió: Fue como un choque de luces. El inodoro se agrandó ante los rayos, Carolina recordó el tiro de bazuca, el ruido otra vez volvía a meterse por todas partes. Enfocaron el embudo hacia el inodoro y la masa se fue yendo por ahí, de a poco, con contorsiones e insultos, y con un “adiós” final hacia Carolina. Después un silencio absoluto, las cosas habían dejado de moverse. Ella les pagó y prometieron deshacerse del fantasma esa misma noche. Cuando cerró la puerta, Carolina fue al baño y se sentó en silencio.

Colaborador: 
Guillermo Bravo
 
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