Un tren para Satoko

El Crúce

En un vagón de primera clase, sentados uno frente al otro, atravesaban Europa. Hacía dos semanas se habían casado en Tokio. Su noviazgo no sumaba los seis meses, y ambos, lejos de su país, en vez de ser proclives a una timidez de extranjeros sentían el impulso para amarse en la litera de los trenes y en la oscuridad de los parques públicos. Eran una pareja silenciosa, sobre todo Yukio hablaba poco. Incluso sus lentes oscuros lo alejaban de este mundo. En realidad siempre había criticado a los turistas que llevan lentes de sol. Le parecía una moda hipócrita, voyerista, y además ese falso aire, esa vanidad excesiva. Pero ahora, libre de sus prejuicios y especulaciones, no se quitaba sus lentes, ni siquiera en el tren, frente a su esposa. Aquellos lentes eternizaban su silencio. Satoko en cambio intentaba sonreír, iniciaba conversaciones sorprendida por el pájaro que cantaba, las rápidas nubes y la noche que caía. Sin embargo, Yukio también estaba deslumbrado.


Nunca había visto mujeres tan hermosas. Sus ojos perseguían todos los senos que se dejaban entrever, la línea furtiva de una tanga, aquella forma excitante de caminar. Sus lentes le permitían dirigir miradas licenciosas, como si la vista pudiera morder y saborear esas masas y prendas del deseo. Se sentía feliz en el anonimato de su sangre, y cada noche se desbocaba sobre su esposa, recordando las imágenes del día. Satoko a veces sorprendía su juego descarado, sentía la fuerza de sus ojos ocultos, aunque ella también estuviera inquieta con esos cuerpos tan distintos a los orientales raquíticos. Antes de casarse, Satoko quería engendrar un hijo en el tren París-Venecia, o bajo un puente en Praga o incluso en una discoteca madrileña. Ahora, temiendo estar encinta, dudaba si viajaba con el hombre amado. De pronto lo veía con sus lentes de sol, bien afeitado y vestido, las manos impecables, la argolla brillando en el anular: un pobre títere del deseo. Su indiferencia provocaba que Satoko cayera en largos silencios. De repente Satoko hacía algo para llamar su atención, pero él cabeceaba, fatigado, a punto de dormirse con el arrullo del tren. Siguiendo un tic que había nacido en los últimos días, Satoko acariciaba su anillo matrimonial, mientras un paisaje de árboles en flor avanzaba por la ventana. Lentamente se iba acostumbrando al transcurrir estático de los viajes en tren, esa otra dimensión del tiempo. El día de su boda había soñado con grandes viajes. Se había casado de blanco y Yukio de sacoleva. Habían obligado a los hombres a ir de smoking y a las mujeres encomendar sus vestidos a los sastres que tejían para las familias más tradicionales.


La celebración fue lenta y la fiesta contó con la ostentación melancólica de los padres que ven partir a sus hijos hacia una vida nueva. Yukio y Satoko estaban radiantes, predestinados a la felicidad. Esa noche, bajo los techos de su país, nada había fallado. Ni siquiera la impotencia de Yukio en la primera noche había sido un error. Su nerviosismo y ansiedad fueron grandes, y Satoko supo comprenderlo, aunque ella no esperaba fracasar con todas sus artes en el intento de incitarlo al placer. Yukio pretendía convencerla de que se trataba de algo pasajero, los esperarían largas noches de pasión, en otros países, en otros hoteles donde su amor maduraría. “Dame un poco de tiempo” decía con timidez, como sintiéndose culpable de su repentina falta de deseo. Satoko no mostró la menor sombra de frustración, y si se trataba de tiempo, un cuarto de hora bastaría. Incluso llevó la cuenta en su mente, y cuando iba en trece minutos, se deslizó bajo las sábanas hasta alcanzar el sexo dormido de su esposo. Su boca pequeña de piraña apasionada hizo lo posible para evitar que la noche terminara con tantas palabras y promesas a sus espaldas.


 El miembro de Yukio se inflamó, aunque no podía creer que una mujer tan bien educada estuviera dándole esa caricia vertiginosa. La facilidad con que Satoko se entregó puso a Yukio en una difícil situación, pues lentamente su sexo moría entre los labios de su mujer, como un viril nadador que entra al agua y aniquilado por la corriente se deja hundir. Yukio sufría al ver la espesa cabellera revolotear entre sus piernas, ignoraba qué le estaba pasando, una honda vergüenza le oprimía el corazón. Satoko dejó morir las cosas por sí solas, volvió a su almohada y se volteó. Entonces Yukio comenzó otra vez a seducirla con las noches que vendrían, pues en el caso de un hombre había días de fatiga, y ése era uno de esos días a pesar de su entusiasmo espiritual. Satoko, disgustada y conmovida por ese cuerpo desnudo que temblaba a su lado, se dejó convencer hasta que gracias a Dios se durmió. Antes de que amaneciera, Yukio abrió los ojos. En realidad, lo arrancaron del sueño las voces del cuarto contiguo. En el mismo hotel solían pasar la noche de bodas las élites de recién casados. Esos quejidos aceleraron su corazón y fueron suficientes para que despertara a Satoko y consumaran el matrimonio. Ahora, en el tren, Satoko se veía reflejada en los lentes de Yukio. Cuánto daría para que cada noche su esposo volviera a su fálica introspección, pues en el macho cabrío del presente era imposible reconocer la ternura, la infinita culpabilidad, la derrota y el candor de esos ojos rasgados en la suite matrimonial de Tokio.


La marcha del tren le evocaba algunos recuerdos; era difícil concentrarse en la belleza del paisaje. A veces un campanario, una plantación, el vasto poderío de un horizonte la obligaban a fijarse un instante en el presente, pero de nuevo partía. Yukio cabeceaba. Su ronca respiración revelaba un sueño profundo. La vanidad de sus lentes se desmentía por sus labios entreabiertos y la punta de su lengua voraz. Sin embargo, no era el primer hombre que se dormía cuando ella tenía ganas de comentar un viaje, los pueblos que iban devorando, las personas que pasaban por la ventana, detenidas y aferradas a su destino estático, mientras ellos seguían libres y fugaces. Era su primer marido, es cierto, pero no el primer descarado que veía dormir a su lado. Desde hacía años había cultivado un amor a la sombra de su familia. Sólo algunas amigas íntimas estaban al corriente de la existencia de Eguchi, el tema habitual de tantas conversaciones cuando cada una contaba sus pequeñas y grandes hazañas. Al principio a Satoko le gustaba, pues siempre había soñado con un amor incondicional como el que Eguchi ofrecía, aunque desconfiaba de su amor excesivo y el tono desmedido de sus palabras. Para creerle lo desafió. Le puso citas a las que llegaba dos horas tarde, lo obligó a aprender la guitarra para presentarlo en familia, le hizo leer libros, le dio sus trabajos de estudiante para que corrigiera la ortografía y puliera el estilo. Eguchi la esperaba sin reprochar su tardanza, Eguchi aprendió el piano en vez de la guitarra y terminó por hacerle las tareas salpicadas con citas de los clásicos. Satoko era una niña consentida, y Eguchi, de cuna humilde, un hombre inquieto, sensible, incluso refinado a pesar de su escaso contacto con la abundancia y las maneras frívolas. Con el tiempo llegaron a amarse y Satoko terminó aceptando que la pobreza de Eguchi era hermosa y el estoicismo de las pruebas una imagen viviente de la tenacidad de su carácter. Pero Eguchi tenía detrás suyo un pasado doloroso, y en ocasiones, se volvía mezquino.


Veía en Satoko una mujer sin ninguna dimensión de la vida. Se enfurecía y hacía escándalos, no se sentía amado y cuando recordaba su origen modesto le escupía a Satoko sus duros años de resentimiento. Sin embargo, enseguida se arrodillaba, pedía perdón, y como el más dotado de los actores podía pasar una hora llorando. Satoko, una mujer de grandes angustias y dilemas internos, necesitaba un hombre sereno y no alguien que viniera a sumar a su condición nerviosa nuevos motivos de desesperación. El temperamento impulsivo de ambos fue deteriorando la relación hasta que llegó un momento en que sólo la pasión y la ternura los rescataban de su tiránico desacuerdo. Fue en aquel entonces cuando Yukio apareció. Satoko, agradecida, se dejó llevar. Pero incluso un día antes de la boda había recibido la visita de Eguchi. Su ex-novio le prometió que la seguiría esperando, que no le importaba que se casara, que la amaría siempre y que comprendía que ella necesitara nuevos aires para volver a sus brazos. Satoko le hizo prometer que no haría nada para echar a perder el detalle más mínimo de la boda. Eguchi aceptó con la condición de que lo dejara asistir; al fin de cuentas no se dejaría ver, sería un invitado anónimo. Satoko lo permitió, porque además de la pompa y el amor, le excitaba la idea de casarse casi con un desconocido. Ese gesto de desprecio que lanzaba a Eguchi la llenaba de un placer perverso: quería que él estuviera allí. Así sucedió. Eguchi fue con un smoking de segunda mano y presenció la ceremonia. En un instante, Yukio y Eguchi se cruzaron. Yukio sabía que un amor turbulento había sido todo el pasado romántico de su futura esposa. Pero Yukio se equivocaba, Satoko había conocido otros hombres, había visto dormir otros hombres a su lado. Con la mirada, Yukio le preguntó a Satoko por ese extraño invitado. Ella no respondió, aprovechando para mirar unos instantes, acaso los últimos, esos ojos resignados, ese cuerpo, que tan bien conocía, envuelto en su elegancia triste. Más tarde, el smoking de segunda mano desapareció, y Satoko se sintió a salvo, aunque una parte de ella se estremeció al darse cuenta de que tal vez estaba perdiendo lo más valioso que le había ocurrido en la vida. Pero ahora, en el tren, después de ver media Europa, se convencía de que Eguchi no significaba nada y su origen había hecho de él un hombre sesgado y lleno de rencor. Incluso su amor era inmaduro, falto de brillo y esperanza. Quizás Yukio el día de la boda había intuido algo, pues antes de entrar a la suite matrimonial hizo un recuento de los invitados, entre ellos, ese tipo con cara de lunático que no les quitaba los ojos de encima. “Algún muchacho que te amaba en secreto”, dijo Satoko, y ambos se echaron a reír.


Ahora Satoko creía que ni Yukio ni Eguchi podrían algún día llenar el vacío de su vida, a los ojos del mundo, falsamente prometedora. En el tren, todo su pasado comenzó a perder valor, aquellos amaneceres secretos con Eguchi, sus amores de colegio, las noches tempestuosas bajo la furia de Yukio. Se dio cuenta de que carecía de ambiciones, no perseguía el dinero y toda carrera profesional le parecía una simple justificación para olvidar el esfuerzo abismal de existir. Su familia era otro mal necesario, su país, un crisantemo marchitándose al otro lado de la realidad. Se sentía tan lejos atravesando ríos y colinas donde los hombres habían muerto de amor, guerras y aburrimiento, bordeando pequeñas ciudades tristes, dejando atrás castillos de glorias históricas. Yukio dormía. Su cabeza inclinada parecía a punto de venirse abajo. Satoko veía su amplia coronilla, las raíces de sus finos cabellos que anunciaban una calvicie en los años por venir. Esa coronilla en forma de caracol ya la había visto, tres meses atrás, en medio de su noviazgo. Recordaba la escena con la precisión de un cronista. Habían ido a pasar un fin de semana a las afueras de Tokio, en una casa que Yukio tenía para sus aventuras de soltero. Satoko seguía encontrándose furtivamente con Eguchi, y a pesar de estar enamorada de Yukio no se sentía bien entregándole su cuerpo recién gozado por su ex-novio. Por eso, ese fin de semana y durante todo el noviazgo, Satoko se le resistió. Siempre encontraba la manera de aplazar el deseo de Yukio prometiéndole un mañana que nunca llegó hasta el día de la boda. Por lo tanto, Satoko sintió que en su primera noche de casada la flacidez de Yukio respondía a seis meses de rechazo, como si le hubiera llegado a Yukio la hora de la venganza. Satoko seguía rememorando aquel fin de semana a las afueras de Tokio. Había sido su primera noche juntos. Toda la tarde Yukio había reposado su cabeza suplicante sobre el vientre de Satoko, y aferrado a su fina cintura intentaba seducirla. Su coronilla florecía bajo el sol. En cambio, en las últimas dos semanas, el ritual de las súplicas, el tormento y la espera había concluido, y la coronilla de Yukio sólo se hacía visible cuando descendía por el cuerpo de su esposa en busca del placer.


Viendo a Yukio frente a ella, Satoko recordaba que durante el noviazgo nunca se había dormido. Ni siquiera ese fin de semana en su casa de soltero, donde había mantenido una vigilia insoportable. Acostados, Satoko le daba la espalda, y esa especie de negación excitaba a Yukio ya que podía observarla, oler su perfume, soñar con penetrarla por las nalgas. Satoko se dejaba rozar, siempre alerta a las intenciones de Yukio, deteniéndolo si empezaba a sobrepasarse. Tal vez esa noche había cometido un error diciéndole que las mujeres se dejaban engañar con el amor ficticio de los hombres. Esas palabras hirieron a Yukio, su amor rebajado a una ficción, como un cuento o una novela, cuando él lo sentía tan verdadero. Lo único que Yukio encontró para defenderse fue entonces su propuesta de matrimonio. Se levantó, buscó un cofre y lo trajo. Satoko juraba que era una escena repetida en todas sus aventuras de soltero. Pero algo en la voz de Yukio al abrir el cofre, algo en sus ojos anhelantes, en su forma de sacar el anillo y colocarlo sobre el fino anular nipón; acaso la idea de no ver más a su familia, escapar a su destino de niña consentida, algo en la noche quizás, el efecto del sake, la luz taciturna, la caricia íntima de aprobación. Sin embargo, Satoko no capituló. Si era tan real el amor, Yukio podía esperar. Ahora, mientras el tren avanzaba, abolidos esos días de mutua espera, tal vez los fragores del deseo habían dejado ya una semilla en su vientre. Al ver a Yukio, sus lentes de sol y su boca entreabierta, no quería ser la portadora de un drama nuevo. El día de la boda había sido escogido pensando que esa misma noche quedara embarazada. No quería levantarse, ir al baño, mirarse y maldecir, regresar y ver a Yukio y sus lentes de sol, esos lentes que jamás llevaría Eguchi, ese destello de vanidad que Yukio se colocaba para no tener que mirarla.


Tampoco era la primera vez que temía estar encinta. Ahora tenía el pretexto de ser una mujer casada. Pero antes, seis meses atrás, justo antes de conocer a Yukio, el temor de un extraño germinando en su interior le quitó el sueño. Eguchi le prometió no volver a asediarla con sus caricias y ansias si se salvaban. Satoko le hizo jurar que la amaría con ternura, sin esperar nada a cambio, con un amor puro, sin pasiones ni excesos. Eguchi aceptó el encuentro desinteresado de dos almas bajo la condición de que no estuviera embarazada. Y si lo estaba, le contarían a todo el mundo, vivirían bajo el mismo techo y fundarían una familia, y entonces Eguchi comenzaba a desvariar, soñando con un futuro que no le pertenecía. Satoko, por su lado, lloraba todas las noches encerrada en su cuarto, fumaba y no comía creyendo que su cuerpo, si estaba débil, no podría alimentar a un pobre desconocido formado con la savia de sus entrañas. Cada cinco minutos se miraba y volvía a mirarse, estupefacta ante la ausencia de ese jugo marrón que la regresaría a la cordura. En parte por eso se enamoró de Yukio. Podía dominar su carácter, podía soñar con grandes viajes. En cambio Eguchi y su naturaleza explosiva la condenaban a un mañana acaso más intenso pero difícil y anclado en el suelo nipón. Satoko anhelaba la libertad, esa misma que sintió seis meses atrás cuando vio una gota casi invisible sobre su ropa interior, un caudal café y celular atravesando las fibras de seda donde se arrullaba cada tres días el placer de Eguchi y durante meses la espera de Yukio. Ahora, en el tren, esa gota volvería a ser la prueba de que estaba sola, libre de su marido, sus ridículos lentes de sol y su indecente jeta abierta. Recién casada hubiera jurado que era el hombre para llegar a la vejez. Entonces vino el viaje y descubrió todo lo que Yukio no era, descubrió las ciudades góticas y fantasmales, los castillos en ruinas, los museos, los músicos de los Andes, las plazas y las catedrales, los trenes y los vagones donde las horas se detenían. En sus seis meses de noviazgo nunca habían estado tanto tiempo juntos. Ya en el avión la mitad del viaje transcurrió en silencio, un silencio que se volvió desagradable a medida que iban cruzando la vieja Europa. Era cierto que se reían, se tomaban fotos, compartían el hambre y el cansancio. Pero la última noche, mientras Yukio se agitaba en el interior de Satoko, ella había tomado la sábana y le había envuelto la cara. Ese gesto era la señal. Incluso el rostro de Yukio era insoportable en los momentos de placer. Prefería una momia, un hombre anónimo, Eguchi quizás.


Estaba segura de que volvería a repetir ese gesto la próxima vez, seguiría apagando la luz y envolviendo la cabeza de Yukio en la sábana, huyendo de su frenética respiración. Era un amor recorriendo el camino inverso: había nacido como una mariposa y estaba muriendo como un gusano de seda. Después del tercer o cuarto día juntos, Satoko entraba al baño y cerraba la puerta. Pasaba media hora bajo el agua, hasta que el vapor la extenuaba. ¿Cómo serían las cosas cuando regresaran a Tokio? En un comienzo, Yukio hacía sus necesidades en silencio, pero después no le importaba que su esposa se enterara. En cambio Satoko seguía manteniendo la misma delicadeza. Algunas noches Yukio no se bañaba los dientes. Su aliento en las mañanas desorientaba hasta los muertos. Eso no podía ser el amor, ese pueril conjunto de pequeñeces tenía otro nombre. Convencida de su error, Satoko dio un vistazo al itinerario. Dentro de poco se detendrían. Una pausa de algunos segundos. La siguiente parada sería una hora más tarde, en otro lugar. ¿Qué pasaría si al despertar, Yukio se diera cuenta de que su esposa había desaparecido? ¿Acaso, con el letargo del sueño, al no saber si estaba dormido o despierto, enloquecería? Satoko detestaba estas preguntas. Seis meses de noviazgo y quince días de luna de miel. Ya era bastante. Tal vez en el fondo quería a Yukio, no lo quería pero lo había aprendido a querer, como una perrita domesticada que cambia de amo. El tren desaceleró. El tiempo lentamente volvió a su sitio. Algunos pasajeros se levantaron. Yukio continuaba inmóvil, como soñando. El tren estaba a punto de parar. No podía hacerlo. La vida tenía un sentido, volver a Tokio, hacer de Yukio un padre, hacer de ella una madre, durante generaciones mostrar las fotos del viaje de bodas, pensar a veces en Eguchi, recordar en los momentos difíciles ese instante en que el tren se detuvo y los pasajeros comenzaron a bajar, y sabiendo que la próxima parada sería una hora más tarde, Satoko se levantó en silencio, y se bajó del tren sin saber si estaba o no estaba encinta, y caminó a lo largo del andén, respiró el aire fresco, sintió el tren que cerraba sus puertas y lentamente se ponía en marcha, y vio el rostro de Yukio deformado por un despertar violento, ese rostro descompuesto que había perdido sus lentes de sol y buscaba debajo de las sillas, en el pasillo y en el aire, entre la sorpresa y el espanto, intuyendo que su esposa era esa visión fugaz, ese perfil que alcanzó a ver por la ventana antes de que el tren lo borrara para siempre, esa mujer que caminaba feliz del otro lado del mundo.

Colaborador: 
Camilo Bogoya
 
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