Hoy toca hablar de música. Porque hablar de música es hablar del mundo en el que vivimos. Y a veces en el que morimos. Decir que vivimos en tiempos difíciles no tiene nada de novedoso; es un lugar común y sin embargo nunca es suficiente repetirlo. Queda únicamente encontrar lo sublime de la muerte y de la vida. Es nuestra elección si lo buscamos o no. I. Un caso. Un bailarín acusado de pedofilia y sin ninguna idea “de lo musical” muere el año pasado y su vida/muerte es recordada por todo el mundo. En nuestro país se organiza un homenaje a su obra y diez mil mexicanos bailan a ritmos desenfrenados hasta la convulsión. La televisión dedica por semanas su programación a su caído cacho de nariz y a un año de su muerte los mexicanos le dedicamos nuestros altarcitos de muertos. (No es broma: lo vi en Ciudad Universitaria) II. El caso opuesto. Un compositor polaco llamado Henryk Górecki escribe su tercera sinfonía. El primer movimiento (sostenuto tranquillo) seduce con sus contrabajos en desorden y nos cuenta su historia, el segundo (lento e largo- tranquilissimo) combina las voces de ángeles cantando –pero también aullando, hablando, gritando, silbando– al compás de un piano que suena a órgano. El tercer movimiento (lento – cantabile semplice) cala los huesos y al final empapa los ojos. La sinfonía compuesta apenas hace veinte años habla –grita, gime, denuncia– la desgracia del Holocausto. Repite obsesivamente los mensajes escritos en las paredes de campos de concentración polacos y los hace sonar tan solemnes que parecen declaraciones de amor. Al final, cuando las notas terminan de deslizarse en el pentagrama y los marfiles dejan de vibrar, una larga acumulación de silencios llena la cabeza del afortunado escucha, quien tiene la certeza –después, sólo después del último de los silencios– que sí se puede ser feliz. Que tras escuchar esa música nada puede ser nunca igual. Sus otras opus detienen las ciudades de los años noventa. Las orquestas europeas comienzan a interpretar las nuevas obras y los músicos lloran con los espectadores en perfecta comunión. El compositor desconocido sigue escribiendo obras y nadie se sorprende cuando sus cuartetos de cuerdas son tocados en pequeños bares irlandeses y al mismo tiempo en festivales en el Congo, Arequipa y New York. Su música verdaderamente universal exorciza los fantasmas del siglo XX y reivindica los valores que nos hacen ser más humanos. Por un momento el mundo parece perfecto. Sin apenas notarlo, la armonía matemática de su música se convierte en la grabación clásica más vendida de la historia. Aquel polaco magnífico muere en la capital de su país el año pasado. La televisión internacional omite por completo el hecho. En Polonia se inmortaliza al compositor en una urna plateada y apenas unos cientos salen a despedirlo. En México una nota en el periódico anuncia con dos semanas de retraso su muerte terrenal antes de pasar a la siguiente nota: tal vez sobre el asesino del pedófilo bailarín o sobre las nalgas de la Guzmán. Dos mundos. Vida y muerte de la música.