Yo no conocía a Pearl Jam. Hoy tampoco lo conozco. Me jacto de no conocerlos y de saberme ignorante en la materia ahora que, con su visita, súbitamente muchos son aficionados de hace tiempo de la banda. Tampoco es intención –al menos en este documento brevísimo- criticar a quienes asisten a conciertos por un llamado de identidad y no por un llamado sonoro.
Apenas recuerdo unas cuatro o cinco canciones. No me pregunten cuáles son mis cincuenta favoritas. No cargo la estafeta del Grunge ni me rasgo las vestiduras discutiendo quién es el sacerdote supremo del género. Les puse atención verdadera hace apenas dos años, con esa inquietud pura de la curiosidad musical, de tratar de descubrir la canción que te faltaba, de llenar lagunas mentales de sonidos. No he comprado, sin embargo, ni uno de sus discos ni los he descargado de internet.
Será significativo, sin embargo, siempre para mí por su canción Come back. Acaso haya mejores logradas, o con mejores videos, o tal vez sí es una de las más populares y los más presuntuosos juzgarán que hay treinta mejores letras. No me importa. La escuché de unas bocinas pequeñas y mal logradas de computadora portátil en un estudio donde viví muy poco y donde me sentía muy a gusto al interior de esas cortinas anaranjadas.
Lo importante es la apropiación del sonido. Creo que lo mejor que le puede pasar a una canción o a la música es volverse atemporal; despedazar todas las categorías cronológicas y temáticas. Yo no le rindo tributo a una banda que ni siquiera conozco. No me sé la biografía ni el nombre correcto del vocalista de la banda. La canción que mencioné me llena de nostalgia, de la que es ligeramente feliz pero siempre triste. Desgarra una letra muy simple en un llamado directo y sin confusiones: vuelve. Me destrozan las mañanas heladas cuando me despierto en piloto automático y, de pronto, me viene como una flecha la noción de que no estás más en el sentido estricto.
Así, entiendo bien lo que quiero entender de los acordes y los gritos y palabras. No necesito comprarme camisetas ni litografías. No me da fiebre contando los días que faltan para su concierto. Aunque nunca nos vea, ni al aficionado que se tatuó su nombre en el pecho ni a mí, que sólo sonrío y muevo la cabeza en un livianísimo agradecimiento por su composición y por entender semejantes huecos, creo que estará más satisfecho consigo mismo con mi entendimiento.
Imagen de Pearl Jam