El hermoso mestizaje que propone Jordi Savall: El nuevo mundo “folías criollas”

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¡Bendito mestizaje!

Es la primera frase que salió de mi boca tras escuchar el disco “El nuevo mundo: folías criollas” producido por Jordi Savall con sus habituales conjuntos vocales e instrumentales “Hesperion XXI” y “La Capella Reial de Catalunya” y con la novedosa colaboración del grupo de cámara mexicano “Tembembe Ensamble Continuo”.

No se trata de un disco normal sino de una de las manifestaciones más puras y menos exploradas de la globalización: el maridaje musical emanado del encuentro entre españoles y latinoamericanos hace quinientos años. Encuentro que produjo zarabandas, tocatines, zambapalos, canarios, pajarillos, jácaras, corridos, fandangos, morenas, peteneras, villancicos  y chaconas a partir de tres elementos: las formas más poéticas del Siglo de Oro (décimas espinelas, cuartetas octosílabas, romances, octavas reales, seguidillas y hexasílabos),  los sonidos pre hispánicos tan bellos como desconocidos en nuestros tiempos y las cadencias negras que en el Nuevo Mundo eran mucho más que reminiscencias de identidad. A todo ello, como el que pone ajo a la comida o verdura al pollo jamaiquino, las herencias judías y árabes que están a la vista. Todo hace un delicioso manjar de sincretismo que no cabe en palabras. Resulta inefable.

En la caratula, por supuesto, un mural del Diego Rivera. En la portada exterior,  un ángel reconciliando a un santo con su música. En el libreto de más de 170 páginas están escondidas pequeñas pistas de lo que nos vamos a encontrar. Como si nos prepararan a una exploración por algún pueblo mesoamericano que de serlo tanto parecería andaluz. Conviven en el librito códices, mapas y pinturas renacentistas que nos acercan al espíritu del disco y del proyecto del que forma parte: La ruta del nuevo mundo. El disco folías criollas es apenas la segunda parte de “la ruta” y sigue al muy aplaudido y lamentablemente poco conocido en nuestro país  Villancicos y Danzas Criollas: de la Iberia antigua al Nuevo Mundo (2004).

El mérito del disco y del proyecto en sí, es doble. Más allá de la belleza que impregna cada espacio en donde suenan estas músicas, de lo que se trata es de recuperar y reconstruir a partir de un fuerte trabajo de investigación aquella etapa que parece agujero en la historia de México (y en general en América Latina): la colonia. Agrego un verbo más a “recuperar” y “reconstruir”: dignificar. ¿Por qué? Porque después de escuchar las veinte canciones del disco sabremos con certeza que nuestro barroco no es mala copia del Español sino producto de la existencia humana que no puede ser menos humana que la de cualquier europeo. A Juana De Asbaje y Agustín de Salazar y Torres hay que agregar los sonidos y letras que recupera Savall y cuya recopilación reconstruye intereseccionalmente la historia de lo que somos y de lo que, en todo caso, no fuimos. Aquí, entonces, la música es al mismo tiempo documento y actualidad, teoría y práctica, hagiografía y rigor, fuente primaria y vanguardia, códice y reivindicación. Y después, sólo después de eso, es instrumento de divertimento, de onirismo y representación.

Son en total 20 canciones pero podrían tocarse una y otra vez hilando la historia de nuestro mestizaje como si fueran una sola Algunas pocas las hemos escuchado en cantos populares y tradicionales. Ahí están El Bajalú, María Chuchena, Cielito Lindo y El Jarabe loco. En otras, como en la música de Mahler, encontramos sonidos de infancia que sospechamos conocer pero que se antojan indescifrables. Ahí están la Cachua a dúo y a cuatro: niño il mijor y la exquisita combinación entre Xicochi Conetzintle y Xochiplitzahuatl. Curioso caso la de esta última obra que, compuesta por un autor peninsular y en náhuatl, no sabremos nunca si está dedicada al cristo de la metrópoli o a alguna deidad infantil mesoamericana. Como entremeses aparecen pequeñas jácaras, seguidillas, fandangos y jotas que de gachupín nada tienen y que de criollo lo tienen todo. ¿Algo más? Pues sí.

Las últimas dos canciones del disco son un regalo especial. Se trata de un jarocho tradicional y de una guaracha. El jarocho “los chiles verdes” está cantado a modo de copla y está acompañado por violín y guitarras cuya sola existencia haría envidiar  al propio Luis de Góngora (“La vida tiene sazón/si hay chile en la tortilla/Se despierta la pasión/ con el fuego en la semilla/y dulce en el corazón”). El inicio de la guaracha (Ay que me abrazo) tiene tantos elementos sinfónicos que uno cree estar ante Moncayo. Sin embargo, conforme avanzan las notas y las maracas y zapateados empiezan a escupir sus sonidos, se va recreando lo que en realidad es: son caribeño que años después se convertiría en lo que hoy conocemos como salsa. Una delicia, pues. Una delicia que rebate cualquier división entre lo popular y lo clásico, entre lo bueno y lo malo y entre Europa y el Nuevo Mundo.

Todo eso es lo que concentra “El nuevo mundo: folías criollas”. Pero, más que eso y más importante, la certeza de que no importando la fuente de donde nacen esas músicas, poseen todas el mismo espíritu. ¡Bendito mestizaje!

C.

PS: Las primeras frases (las únicas del primer zapateado que nadan al lado de un violín resplandeciente y del prodigio que es la viola de gamba acariciada por Jordi Savall) dicen así: “ahora sí ya están unidos el nuevo y el viejo mundo/y sólo están divididos por un viejo mar profundo”. Que así sea.

@perezricart

cperezricart@gmail.com

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