Fui al concierto de la banda riqueña Cultura Profética el 6 de noviembre pasado. Le tenía un poco de rencor a la propia agrupación y a la fecha, para serte franco. Intenté meter a mis muchachos a tocar ahí y recibí una amable pero contundente y reiterada negativa. El rumor de que los boletos para el Polyforum se habían agotado me tomó sin sorpresa y sin mucho interés. Casi de inmediato contagié a los demás de esa indiferencia –fingida o no- pero, llegado el sábado, me dio por levantarme, ir al lugar e intentar estar en el concierto o comprobar que en verdad se había vendido todo. Estar. Para mi fortuna –o, gracias a poner en duda el rumor- todavía había boletos. De hecho, habían muchos. Un par de llamadas y tenía en la mano tres boletos y un plan para la noche. Llegamos un poco tarde, pero no demasiado. Ya te conté que tenemos –últimamente- esta costumbre de perseguir conciertos en ciudades no muy lejanas y de llegar especialmente tarde a los mismos. Esta vez aún no comenzaba, pero costó trabajo hacernos de un lugar cercano al escenario. No me preguntes por qué pero yo llevaba un traje claro con camisa oscura y corbata blanca. En el World Trade Center habría pasado como un ciudadano más pero en el foro lleno de jóvenes ávidos por escuchar el nuevo y sólo el nuevo disco de Cultura Profética, me sentí hasta un poco discriminado. En vez de que hubiese un grupo de fumadores de habanos ataviados con sus mejores camisas señalando a un tranquilo paseante con dreadlocks y camiseta de Bob Marley, había un montón de no-tan-tranquilos paseantes con dreadlocks con una cara entre “vengo a los conciertos y soy alivianado y cool-y- ¿qué carajo hace éste con su trajecito de primera comunión acá?”. Pasé por alto todas esas miradas y cuchicheos y me predispuse a escuchar un buen concierto. Este pequeñito ejercicio pretende ser todo menos una reseña del evento. Así, en términos breves, la banda reitera que está conformada por grandes músicos pero –al menos a mí- me quedó a deber. Una ausencia un poco extensa y venir a tocar casi todo y casi sólo el disco nuevo (aunque era lo que casi todo el público quería) se me hizo un poco desobligado. Sentí, incluso (y aunque te sorprenda), que no disfrutaron ellos tanto el concierto ni el foro, que, por lo demás, es un escenario increíble para cualquier manifestación sonora/visual. Fue casi un concierto de trámite, y que me disculpen quienes opinen distinto. No voy a profundizar en eso porque no tengo mucho apetito. Lo que sí pretendo es rescatar un momento del concierto, que, pensado más concienzudamente, puede ser de cualquier banda en cualquier día y cualquier foro. Creo que hay un problema que trasciende géneros, tipos de personas y espectáculos. Desde el momento en que comenzó el concierto, frente a mí se alzaron -al menos- una veintena de celulares y cámaras de todos colores y formas, con un ojo cristalino dispuesto a capturar –tan diestra o torpemente como les era posible- cada detalle de los gestos de la banda, de los muros del lugar y de ellos mismos estando en el lugar. Había quienes hacían tomas de trescientos sesenta grados, intentando adueñarse la atmósfera completa. Otros tomaban una foto y otra más. Ninguno de ellos miraba directamente al escenario; todos estaban pendientes de sus diminutos documentales. ¿Se regodearía Sartori de leer esto? ¿Somos así de brutalmente visuales que, incluso teniendo el fenómeno real frente a nosotros, nos vence la costumbre de la pantalla? No lo creo. Me gusta, o me disgusta menos, pensar que es por otras razones más fuertes que la costumbre televisiva (o de monitor, para el mismo efecto). Resulta molesto esquivar con los ojos cámaras y teléfonos que reproducen –casi siempre con calidad perfectible- lo que en verdad uno va a presenciar. Pero ¿trabajan todos y cada uno de estos fotógrafos y camarógrafos en revistas y sitios de reseñas por internet? ¿Su generosidad los empuja a registrar tanto como les sea posible y, con un fin plenamente desinteresado lo distribuyen con aquéllos menos afortunados que no pudieron estar ahí? No, y no. Es un hecho, a mi entender, de auto afirmación. De identidad, pues. Fui muy gratamente invitado a colaborar en este esfuerzo colectivo de discusión y opinión y, como otras veces, me cuesta trabajo hacerle honor a la categoría en la que fui inscrito u obedecer a lo que se espera de la misma. Quizá lo que relato es menos filosófico en realidad de lo que a mí se me antoja, pero lo considero grave y válido para ser contado. El punto central de esto no es si se logra hacer un documental bueno de todas las grabaciones en el foro, ni la calidad del concierto o de los músicos de la banda. Ya ni siquiera se trata de estar. ¿Qué le pasó a nuestros tiempos posmodernos, o pos-laptop que pasamos de estar y ser en un momento a demostrar que estamos en un momento? Porque la intención de grabar y grabarse en un evento así es salir corriendo y mostrarle a tantos como sea posible que ahí estuvimos, que somos más amigables o más agradables o más inteligentes o más desobligados o más divertidos porque estuvimos. Y si no nos creen, hay un video donde salimos mostrando la lengua sosteniendo nuestro celular. Lo mismo pasa con redes de inmediatez social, como twitter y facebook. Tienen cientos de bondades pero, como se lee en algunas críticas, son medios ideales para acercarnos con quienes están lejos y alejarnos con quienes están irremediable y físicamente cerca. Parece que lo único que importa es postear (tuitear, o equivalentes): “estoy en el concierto de (ponga aquí su artista) y la estoy pasando increíble (ponga otro adjetivo que le sea más familiar”. Yo lo leo, y créeme, queridita, sin una gota de envidia y más con un vaso lleno de tristeza pienso: “ah, muy bien, ¿estás ahí? ¿Está bueno el concierto? Pues entonces estate ahí, permanece ahí, de cuerpo y de mente y de manos. Qué importa si nadie te cree que fuiste al evento. ¿Fuiste porque querías ir o porque querías que supieran que fuiste? Qué ganas de quitarle lo sublime a la música en vivo. Si quisiéramos reproducir algo, ponemos un disco en el reproductor de video o de sonido. Dejemos que los momentos sean irrepetibles. Si se piensa bien, es un regocijo libre de toda maldad saberse parte de algo que sucede en ese instante y que, por mucho que esté ensayado, no puede repetirse (ni capturarse sin arruinarlo). Son acordes y sudor y luces y sangre bombeando en un mismo recinto a un volumen adecuado. Es demasiado ingenuo –y por demás molesto- pretender capturar esa magia como si fuese una cajita de ectoplasma de los Cazafantasmas. ¿Cómo era antes de que los teléfonos tuvieran cámara? ¿Qué sentía un artista de tocar para manos vacías alzadas y ojos hambrientos de arte puro y sin intermediarios? ¿Dónde quedaron los momentos irrepetibles que, por más que se cuenten, nadie podría entender sin haber estado ahí? No sé, pero me habría encantado que estuvieses ahí conmigo para mirarte unos segundos mirando el escenario y yo hacer lo mismo sabiéndote ahí. También me gustaría que, al menos en una canción en un foro de algún lugar en cualquier momento, nos preocupáramos únicamente por estar y disfrutar, más que por reproducir, capturar y demostrarle a quienes conocemos que pretendemos estar, disfrutar y legitimar nuestra estancia en el mundo.