Mahler, profeta.

Mahler

“La obra musical más aburrida de nuestro siglo” dijeron de su primera sinfonía; “tres años de cárcel a quien la haya compuesto” escribió un crítico tras el estreno de la tercera. A Benjamin Britten la octava le pareció “execrable”. Bernard Shaw vio en el autor de la quinta a un “caro segundón”. El nazismo fue más allá: calificó el conjunto de su obra como anti moderna y degenerada.

¿Por qué dejaron de ver Bernard Shaw,  Benjamin Britten y los nazis –personajes diferentísimos donde los haya– la genialidad de Gustav Mahler?

Mi respuesta, en torno a la que haré algunos apuntes a continuación, es muy sencilla: Gustav Mahler, nacido hace ciento cincuenta años y fallecido hace cien, fue uno de esos hombres que viven adelantados a su tiempo. Más aún: fue un hombre convencido de ello. El matiz es importante; me explicaré citando, como siempre, a Fernando Pessoa:

 

La locura, lejos de ser una anomalía, es la condición normal humana. No tener conciencia de ella, y que ella no sea grande, es ser hombre normal. No tener conciencia de ella y que ella sea grande, es ser loco. Tener conciencia de ella y que ella sea pequeña es ser desilusionado. Tener conciencia de ella y que ella sea grande es ser genio.

           

Gustav Mahler era, precisamente, un hombre consciente de lo que Pessoa llama locura y que yo llamo vivir “adelantado a su tiempo”. La respuesta que mostró el público de su época al ver dirigir a Mahler es prueba de ello. A veces intento imaginarlos: vieneses, decimonónicos, aristócratas, orgullosos de su falso imperio y enojados con la propuesta musical de aquel judío que hacía sonar, desde el púlpito, los horrores de un lejano siglo XX. En más de un sentido Mahler actuó como profeta y eso molestaba a los vieneses, que llenaban los asientos del Musicverein vienés.  ¿Por qué escuchar esas lamentaciones cuando se tenía la belleza de Mozart?

 

¿Qué cambió entonces para que un músico catalogado como menor se haya vuelto, en un lapso de cien años,  en el músico clásico más interpretado –aun sobre Beethoven– en las salas de conciertos del mundo?

Aquí algunas respuestas: tuvieron que pelearse dos guerras mundiales, explotar dos bombas atómicas en Japón, conocerse los horrores del socialismo real y del colonialismo africano y, claro, sucederse un holocausto que redefiniría por completo la concepción del ser humano. Sí, tenían que vivirse las mayores desgracias nunca vistas: Siberia, Auschwitz, Hiroshima, Vietnam. Sí, pero también tuvo que descubrirse el cine tal y como lo conocemos: con las zoom de cámara, las largas escenas abarcadoras de paisajes eternos y las músicas en compañía de imágenes; Proust tenía que terminar su Búsqueda del tiempo perdido, los legajos de Kafka sobrevivir al fuego, la Escuela de Viena refundarse, El Titanic hundirse, Muerte en Venecia filmarse por Visconti, los valses volverse anacrónicos (Mahler solía decir que sus días llegarían cuando los de otros terminaran), las escenas de Chaplin reproducirse ad infinitum, el cristianismo salirse de los templos y la duda –la duda más simple: la de la vida y la muerte– volverse a instalar en la conciencia de los europeos.

Sólo entonces, la música de Mozart pasó a ser música de salón de té y la de Mahler testimonio de años de confusión, tristeza y miedo. Sólo entonces su música dejó de parecer extraña para convertirse en un espejo de la historia común.  Lo que Mahler había imaginado (profetizado) ya lo había vivido el público de la segunda mitad del siglo XX que de pronto comenzó a descubrir con absoluta perplejidad la vivacidad de la primera sinfonía, la templanza y espiritualidad de la segunda, los cánticos como ángeles en la tercera y cuarta, el adagietto de la quinta, la tragedia de la sexta, la oscuridad de la séptima, la majestuosidad orquestal de la octava y la sombra de muerte que envuelve a la novena sinfonía.

El público moderno sintió -repito– entonces, sólo entonces, la desgracia de ese hombre tres veces apátrida –bohemio en Austria, austriaco en Alemania, judío en el mundo[1]–, hermano de nueve hermanos muertos, padre de una hija muerta y esposo de una mujer fatal: Alma. El público entendió, entonces, sólo entonces, a aquel hombre que necesitó quince obras, sólo quince, para pintar todos los mundos posibles, construir arcas de Noé con unas cuantas notas disponibles y reseñar un siglo XX que apenas nacía pero que ya moría ante un cuaderno pautado.

 

Cajón de sastre: del silencio y los viejos.

En homenaje a su vida, el día en que se cumplieron cien años de su muerte, la Filarmónica de Berlín presentó un programa especial con dos de sus últimas obras escritas: el primer movimiento de la inconclusa décima sinfonía y La canción de la tierra (Das Lied von der Erde). El encargado de dirigirla fue Claudio Abbado, antiguo director principal de la orquesta berlinesa y quien tuvo que dejar la batuta tras un cáncer que parecía terminal. Valga decir que el paso de Abbado por la Filarmónica antes de la enfermedad fue poco memorable; apenas algunas grabaciones a destacar. Tras el triunfo sobre el cáncer, sin embargo, Abbado se ha dedicado casi exclusivamente al estudio y dirección de las obras de Mahler. Quienes saben aseguran que, a pesar de sus casi ochenta años, las interpretaciones que hace de la música de Mahler resultan sobrecogedoras: como si el abismo de la muerte hubiera supuesto una manera distinta de entender la música del compositor austriaco.

Yo fui a ese último concierto el 17 de mayo. Esa noche, cuando las últimas palabras de La Canción de la Tierra se deslizaban por mis oídos (“mi corazón está tranquilo y espera su hora (…) para siempre, para siempre”) logré ver, con ayuda de binoculares, los ojos viejos de Claudio Abbado encharcarse de lágrimas. Seguramente lo vieron también los músicos que hicieron sonar sus voces, cuerdas, metales y maderas con tanta fuerza como fuera posible. También lo vio –o presintió, que en este caso es lo mismo– el público berlinés que, cimbrado en su asiento, no daba crédito a la comunión alcanzada en esa música. Terminado el último compas, Abbado contuvo la respiración y con él lo hicimos todos los asistentes al concierto. Fueron treinta o cuarenta segundos de silencio sepulcral. Treinta o cuarenta segundos en los que pasa toda una vida. Treinta o cuarenta segundos en los que Mahler atravesó cien años de muerte y estuvo de vuelta en Berlín para ser homenajeado con el más profundo e inefable de los silencios. Treinta o cuarenta segundos para volver a profetizar.



[1]Jesús Ruiz Mantilla en El País del 30 de abril de 2011. 

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