La música es una sola y alrededor no hay nada. Un hombre o mujer toma un instrumento de madera, metal o cuerdas y obtiene sonidos que se apartan de lo que existe o ha dejado de existir.
Pero no todo es tan sencillo. Como todo lo que hace en la tierra que nos tocó vivir, el arte producido está inmerso en un contexto histórico, político, social y económico determinado. Algunos filósofos –pienso en George Steiner y sus Gramáticas de la creación– se han cansado de explicar el proceso por el cual una música –o la literatura, o la pintura– son, además de muestras de la máxima conquista de la menta humana, elementos de legitimización de clases.
Así, a la música llamada “culta”, “docta” o “clásica” se le adjudica mágicamente un statu superior al de muchas otras. A veces con argumentos más que justificados (nivel de complejidad, exactitud matemática) y otras con boberías que no vale la pena dignificar con palabras, la música clásica (llamémosla así) fue, por ejemplo, utilizada por la incipiente burguesía para desautorizar muchos de los cánones estéticos de la aristocracia siempre ignorante.
Por varias razones que no vale la pena mencionar ahora (lo haremos, tal vez, en otro escrito), la música clásica se ha contrapuesto a otra formulación sintética de sentido descriptible y diferenciable que es la “música popular”. Sin importar las diferencias reales o similitudes contextuales de ambas expresiones musicales, ha predominado, sobre la belleza objetiva de los sonidos, la necesaria pero menos interesante “representación social” que implica cada uno de ellos. Eso provoca, entre otras cosas, distorsiones horribles: ¿acaso no preferirá cualquier persona con dos dedos de frente el fabuloso sonido de Norwegian Wood al vulgarismo que supone la segunda rapsoda húngara de Liszt? ¿No escucharía un músico cien veces seguidas con gusto el Modern Times de Bob Dylan y no le alcanzarían las noches para olvidar los nefastos e irracionales 24 garigoleos de los capriccios de Paganini? ¿O las misas con palmeras de Verdi? ¿O los sonidos circenses de las orquestaciones de Fausto Rossini?
¿A qué viene todo esto a cuento? Muy simple. Hace poco menos de un año descubrí los colores formados por la música del grupo mexicano Mono Blanco que hacen palidecer los tonos grises de mucha de la música que el mainstream reconoce como vanguardista (¿?), alternativa (¿¿??) y/o docta (¿¿¿???).
Sumergido como estaba en las representaciones sociales y burguesas, no había reparado en la existencia del conjunto musical que, fundando en 1978, lidera los nuevos horizontes del son jarocho mexicano. Esto es –para el lector extranjero y el todavía enajenado mexicano– la música y danza tradicional del sur del estado de Veracruz.
Mono Blanco no es más –pero tampoco menos– que un quinteto de músicos que al estilo de Buena Vista Social Club se renueva constantemente en cuanto a sus integrantes y a sus interpretaciones. Los más viejos toman el mando del grupo pero en la retaguardia están jóvenes lauderos que acompañan la estructura tonal preestablecida con improvisaciones de alto valor poético. A veces, cuando los escenarios son grandes o el sonido necesita llegar más lejos, a Mono Blanco se le unen otros magos de la belleza: con La Cofradía de San Antonio grabaron el muy caribeño Matanga y con los Stone Lips el genial El Mundo se va a acabar y el muy tradicional y finísimo Fandango.
A Mono Blanco poco parece importarle el desdén de la prensa mexicana. En treinta años ya habrán entendido muy bien las lógicas del mercado y prefieren dedicarse a lo que saben: tocar en pequeños escenarios por todo el país y de vez en cuando salir a Europa donde periódicos, conocedores y críticos musicales se pelean las entradas a sus conciertos. En México llevan años desarrollando talleres de son en todas sus variantes convirtiéndose en semillero de nuevos grupos musicales y nuevas formas de representar la belleza. Televisa los tiene sin cuidado. ¡Y qué gusto que así sea!