Apología del licuado

mamey

Réplica de José Antonio Sánchez Cetina al artículo “La revolución del mamey” de Emilio Lezama, publicado por El Universal el 3 de enero de 2015

Estimado Emilio: celebro la revolución color tezontle que emprendes porque, como tú, comparto la idea de que el mamey debería ser uno de los grandes en ese panteón donde descansan las frutas antes de ser machacadas. Acaso valga la pena recurrir -para hacer un breve alto en el camino- a la frase atribuida a Voltaire –pero en realidad ideada por la biógrafa Evelyn Beatrice Hall, autora de Los amigos de Voltaire- y parafraseada con humildad por mí para este propósito: “estoy en desacuerdo con sacar la leche de la ecuación del mamey, pero defenderé hasta la muerte (o casi) tu derecho a tomarlo con agua”.

Si vamos a comenzar la revolución frutal, no esperarías heroísmos menores para defender tu causa, imagino. Sin embargo, y aprovechando que tenemos tan cerca de nuestro caudillo, conviene preguntar con detalle, ¿a qué sabe nuestra lucha? Y esto no es menor, porque bien puedes tú hacernos ver la resistencia cotidiana al cambio –que muy probablemente no sea marca registrada y exclusiva de la sociedad mexicana- pero todavía no nos haces ver la tierra prometida de mezclar la fruta con agua y nada más.

Dichosos los que creen sin haber visto, o sin haber probado, pero no esperarás que esta grey de Homo videns haga un salto de fe acompañándote en tus escaramuzas tropicales sin haber sentado algunos puntos inciertos. ¿Sabemos si pedías algo más que no fuese remplazar la tradicional leche por agua en tu batido? Tal vez olvidaste mencionar que precisas dos cucharadas de azúcar refinada y de ninguna otra clase en tu bebida, y que probablemente en ello seas irreductible. Puede parecer un asunto menor, pero no está de más, antes de unirse a los rebeldes, saber cuánto nos va a durar nuestro líder. ¿Prefieres endulzar tus batallas con stevia? Nos deja más tranquilos saber que la diabetes no nos dejará la revolución trunca. Tal vez tu gusto sea más sofisticado y cargues contigo un frasco de miel de agave, por si acaso se atraviesa un puesto de jugos en el camino, en cuyo caso el levantamiento de ceja de quien prepara las bebidas sería más esperable.

Se trata de cuestionamientos que, una vez que estemos en la mesa redactando el manifiesto color zapote tendremos que dejar bien planchados, ¿no estarías de acuerdo? Ahora bien, se desviaría mucho de mi propósito inicial que entendieras tú y el respetable que lo que busco es aquietar el avispero para que todo siga igual. Por el contrario, a esta cotidianidad nuestra le vendría bien, a mi parecer, tamaña sacudida en un sinfín de escenarios. Sin embargo, el de la cocina es un terreno complicado porque en él se ha ejercido quizá con más vehemencia que en otros andadores el clásico prueba y error. Acaso más lo primero que lo segundo.

Ello no quiere decir que el pionero que en este momento está concentrado frente a un comal experimentando con tlacoyos de queso camembert deba ser frustrado de sus intentos. Muy por el contrario: hacen falta valientes que salgan de la monotonía del licuado de plátano con huevo y nos lleven a nuevos derroteros del comensal que lleva prisa. Cambiemos, en eso voy contigo, pero vámonos con cuidado, agrego.

Tanto más fácil es mi posición, ciertamente. Más vale malo y lechoso por conocido que ligero y acuoso por conocer. La leche agrega esa parte de tranquilidad a la mezcla. El mamey es un carnaval por sí solo, pero uno no necesariamente se levanta un lunes por la mañana con ánimo de Copacabana. De modo que le agregas esa paz blancuzca a la explosión tropical anaranjada. Acaso sea una reminiscencia infinita de la protección maternal, pero poner leche a un licuado es mucho más que hacer cremosa la bebida, no negarás. ¿Por qué ha reinado tanto tiempo el licuado de mamey lácteo sobre su hermano oculto de agua? Porque el resultado es magnífico.

Detestaría, concluyo, defender el status quo y nada más. Coincido plenamente con el resto de tus planteamientos. Somos una cultura conservadora que no se permite el cambio, la experimentación y, de manera simultánea, la que celebra brincarse ciertas trancas, pasar un semáforo en rojo sin ser sancionado, ejecutar una ruta evasiva de los controles de alcoholemia. El mismo molde de pensamiento contiene la idea de “me gusta el cambio, pero mejor que lo haga otro hasta que tengamos algo seguro”. De ahí que sea tanto mejor que se instauren parquímetros en la acera del vecino, que el metrobús esté cerca de casa pero no en nuestra avenida. Que el cambio nos beneficie sin mover una pestaña.

Aunque parezca contradictorio, entonces, avante con la revuelta del mamey, Emilio. Pide tu mezcla con agua, que aquí habremos varios que no abandonaremos la leche todavía, pero estaremos curiosos de arrojar luz sobre tus experimentos. La única certeza que tenemos es que no habrá revolución más dulce que ésta en un vaso copeteado.

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