Me haces falta cuando no estás cerca, ciudad. Alrededor, bajo los pies, en todas partes, pues. Y no es una de ésas necesidades fingidas que cortan el aliento; es más una nostalgia que se teje de a poco y pasa de explotar para detonarse dentro de sí como los acordes suaves de un bossa. Tampoco es que quiera volver en cuanto pongo un pie en otro lado, no vayas a pensar mal.
Si me pongo a hacer el ejercicio concienzudo de por qué me haces falta, encuentro una pelota de estambre con un montón de explicaciones. Las más técnicas –que, evidentemente, son las que desconozco ampliamente- van desde los metros que rebasas el nivel del mar hasta el índice metropolitano y polvoso de calidad del aire. Acaso sea la ignorancia de sus vaivenes o lo imperceptible que, por costumbre, es para mi nariz y presión tu altura y aliento, pero no es lo que más hace falta de ti en otras partes.
Tampoco es el tránsito. No defendamos lo indefendible; no estamos locos, vaya. Es muy cansado y atroz pasar buena parte del día rodeado de otros conductores con otras caras de frustración, otros problemas comunes, otras facturas de gasolina, otros hábitos alimentarios, otra necesidad de llegar pronto a casa y otra música en el radio. Pasa lo mismo en el metro o ruta colectiva del uso cotidiano de cada quien pero en la escala de los audífonos. No es el tumulto ni el tránsito lo que se echa de menos de ti, ciudad, sino lo que pasa cuando esto sucede (sic).
Extraño eso, el síntoma y no el virus de la multitud. El ruido incontenible como cataratas babeando decibeles por todas partes, casi todo el tiempo. Echo de menos lo que nos hace cómplices a todos de apalear tus orejas –y las nuestras de paso. Más allá de nuestros barrios, monumentos, plazas y avenidas, lo que se lleva la gente que viene esporádicamente a ti, ciudad, en sus maletas, es puro y duro ruido.
Eres un almanaque de cláxones, vendedores de lo que se te ocurra en la temporada que quieras, de insultos por quienes no permiten que el espectáculo selvático de conducir se lleve a cabo en tres carriles y de insultos más sordos que no traspasan la barrera de la ventanilla. Pero haces la ensalada agridulce cuando lo mezclas con el sonido medianamente quieto de tus poquitos parques, de los árboles que han aprendido con muchos golpes a hacerse urbanos y pálidos. De los organilleros y de monedas. Monedas por acá y por allá. Roce suavísimo de billetes pero sobre todo monedas de denominaciones bajitas. Ruidos de a peso. Chasquidos que se convierten en refrescos o en limpiadas de vidrios o en limpias con perejil o en mazapanes de tres por cinco.
Finalmente, en un arrebato magno de despilfarro de ondas sonoras, encendemos nuestros reproductores de coches y portátiles hasta el umbral de sus capacidades. Nos procuramos un arsenal de bocinas que haga temblar –y algún día desintegrarse- la rutina de las luces rojas. Auriculares y bafles suenan con canciones y voces con tantos ritmos y tantas palabras que ya no te molestas en intentar descifrar nada. Nos miras gritar como lunáticos hasta que cae la tarde y, una vez de noche, gritar de otras maneras con televisiones y discusiones de merienda. Hacemos de ti un monumento al ruido que gritamos incluso cuando dormimos y cuando sólo la almohada es repetidora de nuestras frecuencias. Yo sé que tienes un montón de cosas interesantes y que pueden pulirse otras tantas ante el ojo del visitante, pero lo que echo de menos es tu concierto de caos, porque tampoco lo diriges tú, ciudad, ni nadie. Tu voz de motores y de prisa hace que cualquier paisaje tiemble solitario y silente, mientras tú hablas cuando hablamos y no nos dejas hablar.