Creatividad Asesina

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Hay pocas cosas con las que no se pueda matar a una persona. Una azada, un bate de béisbol, una almohada, una media, unas tijeras, un rosario… con algo de imaginación todos estos objetos, por inofensivos que resulten en su origen, pueden convertirse en armas del crimen, ya sea por contusión, desangramiento o asfixia. Lo mismo ocurre con las palabras. Las palabras están ahí, al alcance de cualquiera, y nada impide que, por ignorancia o por perversidad, se las desvíe de su función primera y se las utilice para fines muy distintos de los originales. “Pureza”, “civilización”, “igualdad”… Cada uno de estos términos está ensangrentado con millones de víctimas. De poco sirve decirse que en sí mismos son inocentes; la función acaba por afectar a la esencia y, del mismo modo que, después de ver La naranja mecánica,  resulta imposible ver un bate de béisbol sin estremecerse,  tampoco es fácil escuchar discursos sobre la “democracia” o el “heroísmo” sin pensar en la guerra de Irak o los gulags estalinistas.

En el caso de las palabras, pervertirlas lleva su tiempo. Un marido celoso puede plantar unas tijeras en el cuello de su mujer en cuestión de segundos; en cambio, convertir una palabra noble en un arma de destrucción masiva es un proceso lento que implica dosis recurrentes de manipulación. Ello no significa que evitar esta última sea más fácil que impedir un asesinato. Los cambios en el lenguaje son sutiles y su sentido no siempre está claro. Por seguir con el símil criminal: uno ve que un hombre estira una media: ¿pretende calibrar su resistencia en un alarde de solidaridad de género o utilizarla como medio de estrangulamiento? Quizás, a la hora de salir de dudas, sea ya tarde. Una de las funciones de los escritores e intelectuales (suponiendo que todos los escritores supieran pensar y todos los intelectuales, escribir) debería ser precisamente la de ser los detectives del lenguaje.  “Detectives” no en el sentido de los académicos de la lengua y su “limpia, fija y da esplendor” (en este sentido más valdría hablar de “embalsamadores”), sino en el de investigar y denunciar las falsificaciones y distorsiones que tienen lugar dentro del más estricto respeto de la gramática.

                En los últimos años una de las palabras que ha sufrido un cambio más profundo es la de “creatividad”. “Crear” es un bonito verbo: viene del vocablo latino “creare”, que significa “crear, tener hijos, engendrar, nombrar para un cargo”. En las lenguas romances se utilizó por primera vez en un contexto religioso y es que la creación por excelencia es, lógicamente, la de Dios– en el Génesis, como es sabido, Yahvé no sólo crea el firmamento, la tierra, los mares, los animales y el hombre, sino también la semana de seis días. Desde el Renacimiento en adelante este modelo creador empieza a aplicarse a los artistas – dioses frustrados que, al ver que alguien se les ha adelantado en la creación el mundo, deciden recrearlo en sus obras. Y de ahí, con creciente intensidad a lo largo del siglo XX, el verbo, derivado a menudo en el adjetivo “creativo”, se extiende a todo tipo de contextos más o menos artísticos: “cocina creativa”, “jardinería creativa”, “escritura creativa”… En plena crisis económica de 2008 muchos descubrimos con estupor que también los bancos se habían apuntado a la moda y practicado la llamada “contabilidad creativa”.

                Entre los escombros de la Gran Recesión, el culto a la creatividad ha resurgido con más fuerza que nunca. La creatividad se nos presenta casi como la esencia misma (y mística) del universo: “La creatividad es como la corriente. Sin corriente no hay luz y sin creatividad no hay movimiento, no pasa nada, todo se queda como está” (El País, Colombia).  Frente a polvorientas virtudes como la “honestidad”, la “hospitalidad” o la “generosidad”, la creatividad aparece hoy como la única cualidad capaz de sacar a nuestras sociedades de la crisis: “La crisis económica se ha convertido en un revulsivo y ha despertado esa faceta que nos hace ser más creativos, porque la creatividad a veces surge de la necesidad, y en este caso, la crisis está alentando tanto la creatividad como la innovación…” (El Mundo, España). Uno casi se siente tentado de agradecer el tsunami económico que se ha abatido sobre el mundo occidental: andábamos todos idiotizados, sumidos en la rutina, con trabajos estables, casa en propiedad, tres comidas al día… Y entonces llegó la bendita crisis, destruyó todo eso y nos obligó a innovar para encontrar un empleo o pagar la hipoteca. Gracias a la crisis miles de aburridos asalariados se convirtieron en “creativos”, la nueva categoría de hombres (y mujeres, por supuesto), llamada a salvar nuestras maltrechas sociedades: “la clave del éxito de la forma de pensar de los buenos creativos digitales está en que no ponen barreras a su pensamiento y por eso es mucho más abierta” (Universidad de Navarra); “Todos somos unos creativos, lo que pasa es que con el tiempo cada vez nos cuesta más asumir riesgos, tenemos miedo al fracaso, a lo que los demás puedan pensar de nosotros, a ser juzgados y por ello vamos perdiendo nuestra capacidad creativa…” (Club asturiano de innovación)

                Lo primero que llama la atención es el cambio de categoría gramatical: el adjetivo (creativo) se ha convertido en nombre común (un creativo). Este detalle por sí mismo debería intrigarnos, del mismo modo que alguien que sacara un martillo del garaje y lo metiera en un cajón del dormitorio. Se plantea además otra pregunta: ¿por qué usar “creativo” en lugar de “creador”? En “creador” todavía se perciben ecos religiosos, y “un creativo” no tiene otro dios que el libre mercado ni otra actividad espiritual que los cursos de yoga. “Creador”, además, tiene connotaciones inaceptablemente elitistas, parece reservado a Leonardo, Miguel Ángel y la mafia de los genios, mientras que todos, absolutamente todos, somos “creativos” en potencia. ¿Quiere esto decir que “los creativos” son simples trabajadores o empresarios? En absoluto. Del “creador” el “creativo” conserva el talante imaginativo, inconformista, iconoclasta. A un “creativo” nunca se le ocurrirá llevar corbata, ni fichar todos los días de nueve a seis; en lugar de vivir recluido en un despacho, prefiere romper viejos esquemas en un loft a medio remodelar, donde se vean las tuberías – y si no se ven, se verá obligado a derribar las paredes para que se vean. Allí donde el empleado del montón se somete a todas las reglas y servidumbres de las instituciones, el creativo trabaja por libre delante de su ordenador – de preferencia un Mac –, sin importarle trasnochar en compañía de un sándwich 100% orgánico.

                ¿Qué tiene esto de inquietante? ¿Qué peligro hay en que se valore la imaginación o en que un puñado de hípsters invente aplicaciones informáticas para componer pizzas con las sobras en el refrigerador o para compartir carreolas de bebé entre vecinos? En su libro La lógica del capitalismo tardío Jameson demuestra cómo, a partir de los años sesenta, la producción industrial adopta cada vez más códigos del ámbito de la estética – de ahí, por ejemplo, la importancia creciente del marketing y de la publicidad. En la nueva fase que se abre a partir de la crisis de 2008 ya no son sólo los productos del capitalismo sino sus propios productores los que buscan identificarse con el mundo artístico. Después de la debacle, era necesario lavar la cara del capitalismo o incluso hacer creer que el viejo capitalismo había muerto. Los adustos tiburones de antaño, tipo Rockefeller o Warren Buffet, no escondían su intención de ganar dinero, sin otra concesión al altruismo que la beneficencia. En cambio, “los creativos” (piénsese en Marc Zuckenberg), tan casual como el último enfant terrible de la escena artística neoyorkina, reactualizan el viejo eslogan del arte por el arte y actúan como si su única preocupación fuera poner a disposición de los usuarios atractivos productos gratuitos y no enriquecerse mediante la publicidad encubierta y el tráfico de datos.

Pero hay más: en un contexto en que, de forma sumamente hábil, el entramado financiero ha transferido la responsabilidad de la crisis a los estados y sus deudas, el modelo que se quiere imponer pasa por menos servicios públicos y más desregulación. “Los creativos”, bajo su apariencia cool, encarnan a la perfección este programa. Aislados en su garaje de Syllicon Valley (¡ay, si todos los garajes pudieran ser como los de esa nueva tierra prometida!), parecen no necesitar ni escuelas, ni hospitales, ni leyes, sólo su cerebro privilegiado y una buena conexión a internet. ¿Cuántos elogios de los médicos, enfermeras, profesores y jueces por parte de los poderes públicos han leído ustedes en los últimos años? A la gente que cura enfermedades, que se ocupa de los niños, que lava a los ancianos, que trata de hacer justicia o de reducir la ignorancia se la presenta como “cargas” para las cuentas del estado. El futuro, en cambio, pertenece a los que son capaces de convencernos de que necesitamos un GPS para localizar los mejores restaurantes vegetarianos de la ciudad.

                Ya lo habrán entendido: todos somos potencialmente creativos, pero… ¡ay de aquellos que se empeñen en no serlo! ¿Ha quebrado su empresa? Toda crisis es una oportunidad: arriésguese, emprenda, cree su propia start-up. ¿Los bancos no le prestan para alquilar un local? Se puede innovar en cualquier parte, móntese un open space en el salón de la abuela. ¿Van a desahuciarle la casa a la abuela? Hay interesantes posibilidades de coworking bajo los puentes. Poco a poco, de la mano de periodistas, economistas y autores de manuales de autoayuda, va calando la idea de que lo único necesario para triunfar, sin importar condicionantes sociales, contactos y recursos, es una dosis de creatividad y de espíritu emprendedor. All you need is love? ¡No, creativity! Pronto se expenderán certificados de creatividad como antes de buena conducta y, en lugar de cárceles o manicomios, se crearán centros de “reeducación en creatividad” que intenten recuperar a los elementos no innovadores de la sociedad. Si no quieren verse marginados entre los parias del nuevo capitalismo, vayan ejercitando la mente para crear abridores de envases “abre fácil” o programas para calcular el tiempo de espera en la cola de los supermercados… ¿Paranoico? Es muy posible. A veces, cuando se intuye un crimen, hay que elegir entre el ridículo de la paranoia o la ignominia de la complicidad.

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