El efecto Suazilandia : una reflexión poco diplomática sobre las relaciones mexicano-albanesas

suazilandia

En un cuento de Pirandello un hombre utiliza la geografía para escapar al infierno de su vida conyugal: los nombres de los países lejanos que ve en el mapamundi alivian con su exotismo el tedio y la mediocridad que lo devoran. Antes incluso de leer ese cuento (y antes, por supuesto de casarme) yo ya había puesto en práctica la técnica descrita por el autor italiano. En los momentos de aburrimiento o depresión en que me viene a la cabeza el verso de Baudelaire –¡Qué pequeño es el mundo a la luz de las lámparas!– abro un atlas y me pongo a recorrer continentes. Mis sedentarias aventuras me han deparado interesantes descubrimientos: una región judía autónoma en plena Siberia; una ciudad llamada Madrid en Filipinas; una nación cerca de Sudáfrica con el improbable nombre de Suazilandia. Éste último país se ha convertido en mi reserva personal de misterio: me he propuesto no saber nunca nada acerca de él y hay que decir que, de momento, los medios de comunicación me han ayudado bastante en mi empeño. Me resulta reconfortante pensar que, en algún rincón de este planeta cada vez más homogéneo, existe un lugar real con nombre de ficción en el que puedo concentrar sin sobresaltos (y sin temor a ser tachado de ignorante) todas mis ensueños eurocéntricos de evasión. Por supuesto intuyo que, como en todos los países africanos, probablemente habrá graves problemas económicos y sociales. Ese “probablemente” lo cambia todo: no lo sé, no puedo estar seguro. ¿Y si Suazilandia compartiera con Suiza algo más que las dos primeras letras? ¿Y si fuera el primer país en una hipotética lista de “Felicidad Interior Bruta”? Mi deliberada ignorancia convierte ese pequeño país en un modesto agujero negro que absorbe algo del exceso de realidad que nos rodea.

Al lector mexicano que se sienta tentado por mi “método Suazilandia”, pero que sea más sensible al poder de evocación de Europa que al de África o Asia, quizás le interese el lugar donde estoy pasando mis vacaciones: Albania. Este país comparte con Suazilandia algunas importantes ventajas: un tamaño reducido,  un nombre sugestivo, la lejanía con respecto a América y la falta de interés que despierta en los medios de comunicación internacionales. Recuerdo que en el primer pasaporte que tuve, con ocho años, figuraba la siguiente advertencia: “válido en todos los países del mundo, salvo Albania, Corea del Norte y Mongolia”. Puede que ello tuviera alguna influencia en el hecho de que la primera albanesa que conocí acabase convirtiéndose en mi mujer. Anticipándome al cuento de Pirandello intuí que el mejor remedio contra las crisis conyugales era la geografía. El amor nos hace viajar allí donde no llegan los pasaportes.

La cursilería de esta última frase me acerca al auténtico tema de este artículo. Haciendo un gran esfuerzo para preservar el “efecto Suazilandia” (espero que el lector mexicano me quede agradecido), no diré nada sobre la historia o la sociedad albanesas, por más que resulten apasionantes. Sin embargo, estoy obligado a revelar un detalle que explica por qué dicho efecto no será nunca recíproco, es decir, por qué, aunque Albania pueda ser Suazilandia para México, es imposible que México sea Suazilandia para Albania. Siento desengañar a mis amigos mexicanos: la respuesta no está en sus tres millones de kilómetros cuadrados ni en sus más de cien millones de habitantes; tampoco en su riquísimo patrimonio cultural, ni en Teotihuacán ni en los muralistas ni siquiera en Frida Kahlo; y tampoco, como es de suponer, en la proyección internacional de Peñanieto, a pesar de su portada en el Time. La explicación resulta mucho más sencilla: las telenovelas. Durante toda la primera década de los años dos mil, antes de que fueran desbancadas por sus imitaciones turcas, una buena parte de la población albanesa (más exactamente su mitad femenina) consumió varias horas diarias de telenovelas mexicanas en versión original. Todavía recuerdo mi estupor, durante mi primera visita a Albania en 2006, al descubrir a toda la familia viendo Pasión de gavilanes con subtítulos en albanés…

Personalmente le estoy muy agradecido a la industria televisiva mexicana. Gracias a las telenovelas la hermana de mi mujer adquirió unos conocimientos sorprendentes de español que, en vista de mi ignorancia del idioma local, me permitieron aliviar mi aislamiento y saber dónde estaba el baño. No es un caso excepcional: varias veces, al oírme hablar en español, niñas y jóvenes se me han acercado y tras el inevitable “¿Español? Muy bonito” pronuncian una lista de palabras entre las que nunca falta “cariño”. Ni todos los esfuerzos combinados de la diplomacia mexicana (suponiendo que hubiera una embajada en Albania), habrían podido producir resultados tan espectaculares en términos de soft power…

Al mismo tiempo, este éxito conlleva también preguntas perturbadoras. La imagen de México en Albania, a donde no llegan apenas ecos de la lucha contra el narco, debe de ser una de las más positivas que existen en el mundo. Para la mitad de la población albanesa de la que he hablado, México es un país de mansiones, piscinas, galanes y mujeres con cuerpo de top-models donde el único problema es la alta proporción de madrastras pérfidas. ¿Qué relación tiene esta construcción imaginaria con el México real? La respuesta es obvia: ninguna. Y es aquí donde las cosas se complican: ¿cuál de los dos países es más verdadero para el otro? ¿La nada albanesa para México o el espejismo mexicano para Albania? Sócrates, con su célebre “sólo sé que no se nada”, nos diría que un mexicano obligado a reconocer que no tiene ni chingada idea acerca de Albania está más cerca de la verdad que un albanés que cree saber algo de México a través de las artificiosas producciones de Televisa.

Lo inquietante es que eso que es cierto de México con respecto a Albania lo es también de nosotros con respecto a una buena parte del mundo. Miro de nuevo mi atlas: Bielorrusia, Chad, Zambia, Uzbekistán, Papúa Nueva Guinea… ¿Qué sé, o más bien, qué creo saber acerca de esos y otros muchos países más grandes que España? Ecos simplificados de algún conflicto lejano, el nombre de un dictador, un detalle exótico para turistas leído al azar en alguna revista…  Nada que me enseñe ni la décima parte acerca de esos países de lo que Pasión de gavilanes nos enseña sobre el verdadero México. Esos pocos conocimientos dispersos, en lugar de servirme para algo, seguramente me estén dando una imagen distorsionada de la realidad: ¿no es mejor la ignorancia que el error? Vivimos rodeados de ficción sin sospecharlo. Me temo que las consecuencias de ello en las relaciones internacionales no son tan positivas como en las conyugales. La mitad del mundo no es Suazilandia, pero casi sería mejor si lo fuera.

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